[0907 | lunes]

Salimos de Puerto Juande a las 11,15 de la mañana con destino Riaño. Nuestra idea: trazar un viaje por la montaña leonesa, desde este valle ahora embalsado hasta Ancares, cruzando al lado gallego de esta sierra. La meteorología inmejorable. Nos acompaña toda la ilusión de vivir nuestra primera verdadera experiencia con la IPAR.

A las 13 horas llegamos a Cuellar, aparcamos en el área municipal de autocaravanas, al lado del castillo. Bajamos a comprar pan (Panadería Pablo Iglesias) y aprovechamos el mediodía para recorrer las calles de este pueblo, sobre todo la judería que es lo más antiguo. En la plaza Mayor nos llaman la atención en una esquina dos casas medievales de ladrillo blanco con vigas atravesadas de madera. Al volver a la nave, tomamos un pequeño refrigerio (chorizo, pan y cerveza) de pie, sobre la encimera de la cocina.

A media tarde entramos en el valle de Riaño por la carretera de Guardo. A nuestra derecha, vimos impresionante el Espigüete, la mas bella de las montañas palentinas. Estaba imponente, reflejando con orgullo el sol en su cara suroeste. Su silueta, de una u otra forma, y ya desde la lejanía, nos acompañaría incluso en nuestros paseos por el valle de Burón.

A las 18,30 detuvimos la nave en el Parking que hay en el nuevo Riaño, al lado del embarcadero. Allí pasamos la primera noche. Pero, antes, nos dimos un paseo al borde del embalse, con el Gilbo hacia poniente. Subimos hasta la ermita y después recorrimos las calles del pueblo.

 

[0908 | martes]

Tras desayunar, una vez levantada la niebla del lago que nos envolvió de buena mañana, nos dirigimos a la Casa del Parque de Valdeburón. en Lario (abre a las 11 h). Allí nos atendió Marta, una joven muy simpática y atenta que nos contó el cuento de La Vieja del Monte, una historia de leyenda que se transmite de padres a hijos y que a ella le contaban de niña, la de una misteriosa anciana que le daba comida a los pastores para que se la llevaran de merienda a sus hijos. También nos mostró sobre el mapa del parque los puntos más interesantes del valle. Como no le funcionaba la impresora, nos envió por correo una copia en PDF,

Con los datos en al mano decidimos seguir recorriendo el valle hasta el fondo, para conocerlo un poco mejor y, enseguida, casi sin darnos cuenta, llegamos a Maraña. Este pequeño pueblo, en el que muere la estrecha carretera que te trae a él, es el único del valle que tiene servicios para autocaravanas (es de pago y el espacio de aparcamiento muy pequeño).

​Aquí se encuentra una de las dos escuelas de escalada del valle. Así que aprovechamos las horas del mediodía para probar la caliza de estos lares. Tuvimos la oportunidad de conocer, aunque él no nos lo dijo entonces (sólo le dió a Luis algún que otro consejo), al equipador de las tres vías que hicimos (estaba al lado, rondándolas, como suele ser habitual entre los creativos de lo vertical). El ambiente de Maraña es agradable y la escalada (deportiva) interesante. Nos gustó!

Ya en la IPAR, que ha quedado muy cerca de las vías de escalada, nos tomamos un pequeño refrigerio.

Por la tarde, volvimos a Lario y dejamos la nave en le parking de la Casa del Parque. Desde allí comenzamos la ruta circular PR-LE 31 Monte Ranedo, subiendo hacia Polvoredo por la carretera. Al llegar a esta pequeña aldea tuvimos mucha dificultad para encontrar la senda. Nos situamos al lado del mapa de información del PR, donde se supone que comienza la ruta. Pero está muy mal indicado. Finalmente decidimos subir por un camino empedrado que hay a unos 30-40 metros a la derecha del panel informativo, y acertamos!. Enseguida encontramos las primeras balizas con las marcas de la senda.

Tras dejar el «banco más bonito» de Polvoredo a nuestra izquierda seguimos subiendo e, inmediatamente, apareció ante nosotros el primero de los valles que alegraron nuestra vista, reconfortando la caminata. La excursión es preciosa. Tras una pequeña pero intensa subida llegamos al Prao las Cortinas que se extiende desde la ladera del Monte Ranedo y la Cuerda del Fraile, una larga cresta caliza que según llegas se muestra al frente y que vamos dejando a nuestra izquierda a medida que atravesamos la braña. En el llano nos tropezamos con la Fuente del Pastor, un enorme abrevadero de piedra del ano 1962 (como es lógico, la fecha llamó nuestra atención).

Una vez ya en la collada, realmente no sabíamos hacia dónde mirar… Atrás, al oeste y hacia abajo, dejamos dos valles preciosos de un verde exultante y sin rastro de urbanidad. Al frente, hacia el este, reconocemos a lo lejos el inconfundible Espigüete. Mirando al sur, se recortaba la silueta del Burín. Decidimos darnos una pausa, sentarnos, y disfrutar unos minutos de tan bello paraje.

El camino continúa después adentrándose en el hayedo que reviste las laderas de Ranedo. Bajo la sombra de estos bellos ejemplares, algunos centenarios, bajamos de nuevo hacia el valle. Sin prisas. La luz de la tarde se filtra cálida entre las ramas de los árboles. En un claro del bosque apareció ante nosotros un antiguo abrigo de pastores, hoy reconstruído como los de antaño, con su corral para el ganado.

Ya casi llegando a Lario, nos adelantó por la pista pendiente de tierra un cuad de un apicultor (dato interesante: cerca habría colmenas). La vista de Valdeburón desde el final de esta ruta, al atardecer, nos pareció muy bella y entrañable. Regalaba paz!

Hicimos noche en el área recreativa de Burón. Se encuentra poco antes de llegar al pueblo, desde Lario, a mano izquierda. Tiene cuatro plazas de aparcamiento, un pequeño merendero de madera algo abandonado y una fuente. Estuvimos solos.

 

[0909 | miércoles]

Habíamos venido a Riaño a hacer el Gilbo [ver galería]. Así que decidimos que hoy era el día propicio para subir al pico, sin más demora. La meteorología seguía regalándonos buenos presagios y no teníamos disculpa. Volvimos a Riaño, compramos pan en la panadería del pueblo. Recargamos de agua las botellas en la fuente de la ermita mientras el Gilbo nos desafiaba con su elegante presencia, bien iluminada hoy por el sol de la mañana.

Atravesamos el puente y aparcamos en la margen derecha de la carretera, en uno de los dos aparcamientos habilitados, de tierra. Desde aquí salen, además de la senda que sube al pico, algunas rutas pequeñas que bordean el embalse.

Es curioso porque a pesar de ser una de las excursiones más emblemáticas del lugar, la subida al Gilbo está muy mal señalizada. Ni siquiera aparece en el mapa que nos dieron en la Casa del Parque. Cada uno parece apañarse como puede, si bien una vez encuentras los trazados marcados por miles de pisadas, te vas orientando sin mucha dificultad. Nosotros llevamos un track que nos ayudó bastante. Tras recorrer unos 700 metros por la pista que sale desde el aparcamiento y que bordea el embalse, a mano izquierda sube un camino (marcado con hitos) un poco escondido si no lo vas buscando. Lo tomamos y comenzamos la subida que enseguida nos adentra en un pequeño hayedo, cuya sombra es de gran ayuda para acometer la pendiente.

Nada más salir del bosque aparecen ya las primeras vistas del embalse con Riaño al fondo. Enfrente y hacia arriba la cresta que lleva al pico Gilbo. Hay que atravesar una pradera, por diferentes rastros de senda que buscan el paso entre matorrales hasta llegar a la pared. Se acomete la subida final al pico por la cara norooeste, en sombra. Algún pequeño paso de trepada y con cuidado de no despistar el paso dejándose llevar por la belleza del paisaje.

Arriba, en la pequeña cumbre, la panorámica circular nos envuelve. La mañana era preciosa. Una vez más el Espigüete hacia el este a lo lejos. Más cerca el nuevo Riaño y su anegado valle. A nuestros pies la aldea de Horcadas, rodeada de verdes praderas. El resto del horizonte, lo presiden interminables hileras de montañas: de Babia y Luna (hacia el oeste) o de Picos de Europa (hacia al norte). Mientras estuvimos en cumbre pudimos estudiar la vía de escalada que sube hasta la cresta y alcanza después la cima en la que estábamos, a unos 50 metros. Decidimos que es viable para nosotros, volveremos un día a hacerla!

De bajada recorrimos el camino de subida, sin más, aunque hay otras opciones, pero nos pareció más rápido y sobre todo oportuno por disfrutar de nuevo de la sombra del hayedo.

Al llegar a la nave elegimos como destino inmediato Horcadas, a un merendero que hay cerca de la carretera donde tomarnos nuestro merecido refrigerio. Resultó ser un lugar tranquilo, pequeño y con bonitas vistas al cresterío que rodea ese extremo del embalse.

Retomando la tarde, necesitábamos encontrar un punto de vaciado de aguas y primero probamos en Acevedo, porque allí nos dijo Marta (la informadora del parque) habían abierto un área nueva este mismo año. La encontramos cerrada, no había nadie, y además, a diferencia de lo que nos indicó Marta también es de pago. Continuamos entonces hasta Maraña y allí nos hicimos los «suecos». Al final del pueblo hay una plataforma de vaciado de grises y un grifo con manguera. No tiene cartel ni nada que indique que se trate de un servicio de pago así que dimos por supuesto que era de utilidad pública. Pero al parecer, pertenece al área de caravanas de pago que hay enfrente. Pero, bueno, como no había información pues nos convencimos (al menos yo) de que se trataba de un servicio municipal gratuito. Allí lo vaciamos todo y llenamos de agua el depósito. Después, aprovechamos para ir a escalar un poco a la pared en la que habíamos estado la mañana anterior.

Ese día hicimos noche en el aparcamiento de la Casa del Parque de Lario. Nos lo habían recomendado Ángel y Paloma. Es bastante llano, sobre todo la plaza que está al lado de las de discapacitados. El lugar es muy tranquilo.

 

[0910 | jueves]

Hoy nos planteamos tener una jornada un más descansada, de poca actividad física. Con idea de hacer turismo por Sajambre, Panderueda y Valdeón nos levantamos con calma y disfrutamos como siempre de un desayuno tranquilo. A las once, como nos había informado Marta, oímos la bocina de la furgoneta del pan que aparcó a nuestro lado. Compramos una hogaza (pan de Cistierna).

Poco después salimos con destino a Oseja y Soto de Sajambre. No pudimos llegar a este último porque la carretera se estrechaba demasiado y no quisimos complicarnos. Temíamos cruzarnos con algún vehículo y sufrir una maniobra delicada e incómoda. Hicimos bien porque, al poco de parar en el Mirador de Vistalegre, pasaron hacia abajo tres Land Rober llenos de turistas. Estuvimos un rato allí disfrutando el paisaje encañonado de Los Bellos.

A la vuelta paramos, ahora sí, en el Puerto del Pontón.

Comimos en el Puerto de Panderrueda. Tiene agua, merendero y preciosas vistas a Picos de Europa.

Por la tarde bajamos a Valdeón. Desde allí caminamos unos Kilómetros por la carretera que baja a Caín y llegamos hasta el Mirador del Tombo.

En Posada de Valdeón compramos queso.

Para dormir nos acercamos primero a Liegos, pues como al día siguiente queríamos subir al Burín, buscábamos un sitio donde pernoctar cerca del inicio del camino de subida al monte. Al mismo tiempo, queríamos investigar la zona para saber, en todo caso, dónde podríamos dejar aparcada la nave al día siguiente.

Finalmente, nos volvimos a Lario a pasar la noche, ya que el único aparcamiento amplio para la IPAR que encontramos en Liegos no era muy llano y preferimos la comodidad del de la noche anterior.

 

[0911 | viernes]

Hoy madrugamos, nos levantamos a las 7,30 con idea de desayunar bien, añadiendo el consabido huevo a la plancha a la dieta habitual. Nos espera una buena caminata: subir al Burín o Yordas [ver galería], 21 kilómetros y 900 metros de desnivel. Además, temíamos a las horas de calor, por eso decidimos ponernos en marcha lo antes posible. [MAPA DE RUTA]

A las 8,45 abandonamos la nave al inicio del camino, en el lugar que habíamos determinado el día anterior, a la salida de Liegos. Caminamos con calma, esperando a que se levante la niebla del valle. Aún así, nos acompaña un rato, primero a lo lejos y, después, envolviendo nuestra marcha. A ambos lados del camino las praderas están preciosas. Los caballos y los potrillos degustan su desayuno, con parsimonia, de hierba fresca y rocío de la mañana. El Burín se impone majestuoso delante de nosotros. Pero la ruta hasta la cima no se acomete de frente, nos aleja primero de esta visión, hacia el fondo del valle, donde el acceso a su ladera mas amable hace el camino más suave y cómodo.

Tras recorrer unos cinco kilómetros aproximadamente de la pista de tierra que comunica Liegos con Lois, encontramos a nuestra izquierda, poco después de un refugio de ganado, el camino que se adentra en el hayedo. La subida se hace entonces más pronunciada, el bosque que nos rodea es precioso, la niebla se ha levantado definitivamente y los rayos de sol, que se filtran entre las hayas, enamoran. El escenario es de ensueño. El camino, ahora más pedregoso, continua siendo ancho y cómodo. Sube en zigzag avanzando por la ladera. A pocos metros, tras superar la fuente, encontramos en una curva la senda, ahora ya estrecha, por la que continuamos nuestra ruta dejando a un lado la pista ancha. La pendiente se suaviza un poco y enseguida alcanzamos ya las primeras paredes de caliza que presiden toda la cuerda del Burín. Un grupo de rebecos se asusta al oírnos y huye hacia abajo por una pedrera, parapetándose entre los árboles del bosque. Desde aquí, el camino es más abierto, atraviesa pequeñas praderas de basta hierba, piornos y alguna que otra retama. A veces alguna gayuba.

Comenzamos a disfrutar de las primeras panorámicas al tiempo que vamos ascendiendo, ahora ya por una senda de piedras, dibujada por hitos que nos llevan hacia la cumbre, allí arriba, todavía lejos. Pronto reconocemos a nuestra derecha la inconfundible silueta del Gilbo, al fondo hacia el este no puede faltar el Espigüete. Desde la última collada, en la que nos detenemos para reponer fuerzas (agua y una barrita) ya alucinamos mucho con los bloques montañosos, las sierras, que se van mostrando por todas partes. Esta visión, de por sí, ya es un regalo. Pero todavía nos esperaba el plato fuerte… y lo pudimos disfrutar enseguida, en la cumbre. Allí, incomodados por un enjambre de mosquitos insoportables que nos rodeban, hacíamos lo posible por disfrutar de la visión de aquellos 360 grados de lujo. Uno a uno tenía mucho que mostrarnos: Picos de Europa al norte, las cumbres de Babia, Arbás y Vegacervera al oeste, la cresta del Gilbo aquí cerca a nuestros pies y la montaña palentina hacia el este. Abajo, Riaño y su anegado valle…

Levantamos el DRONLALA un momento para rubricar la cima con una imagen postal. No pudimos hacer mucho más, el viento y los rabiosos mosquitos nos echaron de allí enseguida e impidieron que pudiésemos hacer un vídeo. Una pena, la cumbre merecía una buena parada.

La vuelta la hicimos por el mismo camino de subida, aun cuando existe otra posibilidad de bajada por la cara este, frente a Riaño. Pero el camino parece muy escarpado y al no conocerlo no quisimos aventurarnos. Preferimos lo seguro, aunque el recorrido fuese así más largo. Y tuvimos nuestra recompensa. Ya en la pista de tierra que desde el hayedo lleva hasta el pueblo, encontramos un endrinar enorme, cargadito de frutos. La principal cosecha que utilizaremos para el pacharán de este año. Fue todo un descubrimiento. Nos detuvimos un buen rato, a pesar del enorme calor de las tres de la tarde, pare recolectar un buen puñado. Y menos mal que lo hemos hecho puesto que en el embalse de Luna este año apenas había endrinas, o alguien se las había llevado o la cosecha allí no había sido buena.

Llegando a Liesgos, en la última recta del camino, nos detuvimos a disfrutar de la preciosa estampa de las praderas y los caballos. Hicimos un vídeo pues queríamos mostrárselo a los chicos. Lo enviamos por Whatssapp. Después, ya casi entrando en el pueblo, la nave nos esperaba «relinchando» ella también pero sin moverse. Allí mismo nos tomamos la cerve a la sombra, en el banco de piedra que hay frente a la primera casa, la que tiene un precioso reloj de sol en la fachada. Marcaba las dos de la tarde, hora solar. Eran las 4 en la hora oficial.

Después, nuestra intención era ir a degustar el entrecot del que tanto nos habían hablado Ángel y Paloma, y que preparan en el bar de Burón. Pero no pudo ser. La cocina estaba cerrada y, además, nos han dicho que incluso la próxima vez hemos de saber que hay que reservar con antelación.

Decidimos entonces subir a Panderrueda otra vez y comer allí, con idea de pasar la tarde, descansando con aquellas vistas y tal vez quedarnos dormir (un lugar que hemos añadido a nuestra lista: «como en casa»). Preparamos para comer fabadiña y disfrutamos de una larga sobremesa.

Y como sucede en ocasiones y nuestro modo de viaje nos permite, decidimos cambiar de tercio esa misma tarde. Salimos de allí casi anocheciendo y nos fuimos a pasar la noche en Boñar, haciendo ya el camino de Babia y Luna, nuestro siguiente objetivo. Queríamos aprovechar el sábado para resetearnos: la furgo, la despensa y nuestro aseo personal, esto último en el embalse de Luna.

 

[0912 | sábado]

El área municipal de autocaravanas de Boñar está muy bien. Ya la conocíamos, habíamos pernoctado allí con la cali el año pasado, antes de hacer la ruta del Curueño. Sin embargo, en esta ocasión, decidimos pasar la noche en la calle principal del pueblo a donde llegamos bastante tarde. Recordábamos que el año anterior el sitio nos pareció un poco inhóspito, aunque muy bueno, y un tanto molesto por el ajetreo nocturno de algunas pandillas con coches y botellón.

Igualmente, al despertar fuimos hasta allí a desayunar y a hacerle después el aseo a la nave. La rosca del grifo para cargar agua limpia era más grande que la que teníamos. Así que nos acercamos al pueblo a comprarla en una ferretería. Allí conseguimos el primer acople nuevo de manguera de este viaje. No sería el único. También aprovechamos para comprar pan.

Camino de Luna paramos en La Robla a hacer una pequeña compra. Necesitábamos sobre todo fruta. El supermercado Lupa a las afueras del pueblo, al lado de la carretera, resultó muy cómodo y completo.

Ya al mediodía llegamos al Embalse de Luna (otro de nuestros «como en casa»). Allí aprovechamos para recomponernos. Una buena merienda de mediodía y lavado de cabeza con la ducha exterior al sol. Abrimos el toldo de la nave por primera vez y volamos el DRONLALA para sellar el momento (aunque fue después, cuando ya lo habíamos recogido). Cogimos algunas endrinas, muy pocas, y reorganizamos toda la cosecha, juntándolas con las de Burón. Las limpiamos bien y las metimos en el vodka.

A las 7 de la tarde recogimos campamento y rodamos hacia la zona de Babia, aterrizando directamente en pocos minutos en RioLago. Precioso pueblo. Tiene un enorme aparcamiento, muy bien acondicionado al lado del cementerio, con el suelo muy liso, mesas y una fuente en la pequeña ladera que hay al fondo. Allí pernoctaríamos tres noches.

Al llegar, nos dimos un paseo por las calles y ver el Palacio de los Quiñones, que alberga la casa del parque. Delante, en lo que parece ser la pequeña placita del pueblo, de forma triangular, estaban sentados de charla los lugareños en los bancos de madera y/o piedra a cada lado, en una especie de hábito que parece ser habitual en las tardes de verano. Estaban muy organizados…, las mujeres en el que está hacia el este, los más ancianos en el lateral al lado de los carteles informativos, y el resto del los hombres en el que queda de espalda a la calle por las que entramos. Cruzamos aquella plaza singular, entramos en los jardines del palacio y después, nos acercamos hasta la panadería, al final del pueblo, donde compramos pastas de mantequilla.

 

[0913 | domingo]

Es domingo y madrugamos un poquillo, una de las vacas de la pradera que hay al lado del aparcamiento nos vino a buscar a la ventana de la litera. Tras el desayuno, nos pusimos andar con la luz de un sol ya un poco avanzado camino el Lago Chao [ver galería] («El Chao», para los lugareños, puesto que «chao» significa «lago» en el habla de por aquí). La RUTA comienza en el propio pueblo, que hemos tenido que atravesar, y se adentra en un valle cerrado por el que vamos ganando altura hasta llegar a La Braña. Aquí hay un refugio restaurado y un abrigo de animales. Vemos los primeros caballos.

A partir de aquí el camino va empinándose cada vez más y subiendo de forma mantenida, en zetas por una senda de tierra, barro y piedras. Pasamos al lado de la Cascada de San Bartolo. Suponemos que en primavera, con el deshielo debe ser espectacular. A medida que subimos el horizonte se va modificando y enseguida nos percatamos que, a nuestra espalda, a lo lejos se recortan dos siluetas impresionantes y reconocibles: el macizo de Las Ubiñas.

Cuando llegamos al llano donde se recogen las aguas de este lago glaciar el entorno se vuelve mas verde y húmedo, sobre todo cerca de su orilla. Tras bordearlo un poco, seguimos subiendo por una maltrecha senda que se dibuja en la pequeña ladera que hay hacia el sur con idea de llegar a otra pequeña lagunilla que dicen está seca, como finalmente pudimos comprobar. Allí finalizaríamos nuestra ascensión por lo que el lugar nos pareció muy oportuno para tomarnos el pequeño refrigerio. Una manzana y un puñado de cacahuetes. La vista desde aquel punto es impresionante. Captamos lo que pudimos en el DRONLALA que sobrevoló un ratillo la zona, entre ráfaga y ráfaga de viento.

Después bajamos por el mismo camino por el que subimos. Al llegar a la nave, nos tomamos un refrigerio a su sombra, con la mesita baja.

Aprovechamos el resto de la tarde para visitar la casa del parque. Teníamos que pagar dos euros para ver la exposición y no disponíamos de efectivo. El día anterior teníamos idea de parar en La Robla para reponer cuartos en algún cajero y se nos olvidó. Nos quedaban unos euros para el pan y poco más. Por la zona, al parecer, no hay cajeros. La chicha del centro de información, muy amable, nos dejo pasar igualmente cuando la pusimos al tanto de nuestra precariedad. Y la verdad es que mereció la pena la visita. La muestra hace un recorrido por los diferentes aspectos del parque, de forma muy visual e interactiva (aunque no nos estaba permitido pulsar botones).

Aquella noche cenamos en una de las mesas de madera que hay en la ladera del aparcamiento. Estaba atardeciendo y la vista del valle irradiaba una preciosa luz que auguraba días de disfrute en aquellas montañas.

 

[0914 | lunes]

Hoy no va a hacer buen día. El pronóstico anuncia lluvias a partir del mediodía, con posibilidad incluso de alguna tormenta. Decidimos pues aprovechar las horas de la mañana escalando un poco en las Rabanal, antes de que cayeran las primeras gotas, y hacia allí nos dirigimos pero no pudimos siquiera bajar del coche. Empezó a llover. Primero tímidamente, así que decidimos hacer un poco de tiempo preparándonos una infusión, a ver si la lluvia no iba a más. Pero nuestro gozo calló a ese pozo de agua que nos inundó y nos hizo cambiar de planes.

Decidimos pues subir hasta San Emiliano, población que ostenta la capitalidad del municipio y en la que esperábamos encontrar un cajero. Aparcamos a poco de entrar en el pueblo con idea de buscar andando el aparcamiento para autocaravanas (sin servicios) que vimos en Park4night. Lo divisamos al subirnos a un roca que hay entre las casas, en medio del pueblo, una especie de mirador pequeño con barandilla de madera. Además, paseando por las carreteras (que no calles) del pueblo encontramos un cartel-croquis anunciando una ruta que une andando este pueblo y La Majúa. De esta población nos había dicho la chica de la casa del parque que merecía la pena ser visitada. Así que, tras aparcar la nave en el área de autocaravanas, nos pusimos en marcha con todo el ánimo y toda la protección anti-agua de la que disponíamos (chubasqueros y paraguas).

Pero… qué fiasco!… las indicaciones en el recorrido de la ruta no aparecían por ningún lado. Llegamos a La Majúa sí, pero simplemente por la carretera asfaltada que une ambos pueblos. La vuelta tratamos de retomarla por las indicaciones que en aquella aldea aparecían claras y nos metimos por unos caminos «infumables», sin señalizar, en un muchos casos sin trazar. Como si nunca se hubieran recorrido. Además, el pueblo, al igual que San Emiliano, no tenía nada de especial. Lo mas bonito el paisaje, el entorno… a los pies de las ubiñas.

Cuando llegamos de nuevo a la nave, la encontramos bien custodiada por dos enormes mastines que dormían al calor de sus ruedas. El caso es que tan bien colocados estaban, de forma tan oportuna, que no podíamos mover el vehículo sin atropellar a uno de ellos. Finalmente, un vecino furgonetero les ofreció algo de comer y allá que se fueron. Nuestra intención era buscar un buen lugar en aquella campa para quedarnos a pasar la tarde de tormenta y la noche, nivelando correctamente el suelo. Y lo conseguimos pero, cuando quisimos instalarnos en el exterior a tomar un refrigerio, de nuevo los mastines, nos tomaron la delantera. En fin, que resultaban majos y poco molestos, pero lo que no queríamos era supeditar nuestra comodidad a la suya. Así que decidimos bajar a RioLago a instalar de nuevo allí nuestro campamento.

Llegamos y aparcamos con el tiempo justo de instalarnos antes de la tormenta. Mientras arreciaba, preparamos un guisote de callos con garbanzos que, de seguro, nos sabrían a gloria en aquel escenario tan otoñal.

 

[0915 | martes]

El plan para hoy es subir a Las Verdes [ver galería], a 1750 m de altura. Así se llama el paraje que envuelve la laguna glaciar que lleva ese bien merecido nombre. La RUTA comienza en Torre de Babia y hacia allí dirigimos nuestro empeño, previa parada en el área de autocaravanas que hay en Huergas. Es una pequeña parcela al lado de la carretera CL-626, de pago y muy mal acondicionada, tanto para acampar allí como para utilizar los servicios de limpieza de la nave. Nosotros sólo queríamos hacer uso de lo segundo, pues no quedaba otro remedio, ya que estábamos al límite y es el único «vaciado» de Babia. Tuvimos que pagar 3 € por soltar aguas en una rejilla atascada y llenar los depósitos con una manguera rota y agujereada. Con cierto enojo apoquiné la abusiva cuota en un bar que hay al lado. Demencial!

Pero esa penosa tarea no nos va a arruinar el día, ni mucho menos. Hoy nos espera una jornada preciosa. Subimos a Torre por una pequeña carretera de montaña, muy bonita, llena de buenos presagios. Aparcamos al lado de la fuente del pueblo, donde hay un panel que indica el recorrido que vamos a realizar. No hay muchas posibilidades de dejar la nave en este pueblo. El camino comienza allí mismo, en una senda que bordea, para inmediatamente cruzarlo, el río Torre que baja desde la laguna de Las Verdes.

Torre de Babia es una aldea muy tranquila. Paseamos entre casas de piedra, algunas muy bien arregladas, las huertas y los árboles que completan este núcleo poblacional y que se extiende subiendo por la ladera hacia el norte. A poco de abandonar las últimas fincas, enseguida llegamos a un colector de agua y, a unos 500-800 metros después, a un cruce de caminos. El que dejamos a nuestra derecha será el que nos traiga a este punto después de realizar el recorrido circular que nos llevará por las praderas de Tremeo, la majada y la laguna de Los Verdes.

La pista sube por el valle empinado. Todo el tiempo vamos disfrutando y sorprendiéndonos de las formas retorcidas de las montañas calizas que vemos al frente. Un modelado glaciar, formado por los reventones que causa el agua al congelarse y descongelarse, al contraerse y dilatarse. Este valle estuvo ocupado por una gran lengua glaciar de más de 7 km de largo y más de 200 m de espesor. Un valle ocupado hoy en día por praderías que alimentan rebaños de ovejas y vacas en verano. La belleza, la tranquilidad, el olor y el sonido de Tremeo… nos enamoran!

Tras recorrer el lado meridional de este valle, llegamos a la majada de Los Verdes, donde hay un pequeño refugio y una fuente. El camino continúa después ya por una senda más estrecha y empinada, haciéndose cada vez más dificultoso. De hecho hay un paso un poco expuesto, de tierra, muy fino que hay que hacer con cierto cuidado para no deslizarse ladera abajo hacia el río. Le sigue una pequeña trepada e inmediatamente comienza a impresionarnos la majestuosidad del Montihuero (2.187 m), el pico que «vigila» la Laguna de Las Verdes. Caminamos un buen rato absortos, impresionados por estas paredes de caliza orientadas que miran al norte.

El viento comienza a soplar con fuerza. El ambiente es muy frío. Pararse allí se hace incómodo, así que enseguida continuamos la subida hasta alcanzar el nivel de la laguna. Nos abrigamos bien y buscamos una piedra orientada al sur, un poco alta, para sentarnos y refugiarnos de la corriente de aire que soplaba un poco gélida para esa época del año y la ropa que llevábamos. Ya más cómodos, caldeados ligeramente por el sol nos tomamos nuestro pequeño refrigerio de manzana y cacahuetes.

La visión en este lugar es increíble y preciosa: el color y el brillo verde de la vegetación de la laguna (de ahí su nombre) y los paredones calizos que la circundan, por los que descienden en picado los rayos del mediodía… Tan a gusto nos encontramos que nos da pereza continuar, cuando comenzamos a andar de nuevo, para tratar de alcanzar el nivel de la pequeña laguna amarilla que está un poco más alta, a pies de la Peña Los Años. Desde aquí tenemos otra panorámica diferente del Montihuero. No creo que las fotos que hemos hecho muestren ni un poco lo que allí se aprecia con todos los sentidos. Hace mucho viento y no podemos elevar el DRONLALA, pero lo utilizamos para hacernos un «selfilis», apoyándolo en el suelo, sustituyendo la cámara ya que el trípode que se había quedado en el coche.

Comenzamos después la bajada y enseguida divisamos el Tremeo desde arriba. Ahora lo recorreríamos por su cara norte, bajo las paredes arrugadas y caprichosas, estudiando la morfología de aquellas formas. Las praderas con el ganado, los cencerros arrulladores, las siluetas de las moles que vamos dejando atrás y se recortan ya en el horizonte, a lo alto. Tras girar el valle y enganchar de nuevo con la senda de la mañana, enseguida comenzamos a ver la vista del pueblo abriéndose paso como preludio del valle de Babia que nos espera. Cruzamos ahora la aldea volviendo por el otro lado del río y pasamos cerca de la vieja torre que le da le nombre al pueblo. Son restos de una antigua fortificación, que durante la Edad Media protegía el tránsito por los puertos de la Cordillera Cantábrica.

Ya en la nave, decidimos bajar y acercarnos hasta el aparcamiento del Lago de Babia a tomarnos allí el refrigerio, con idea de estudiar el sitio ya que nos habían dicho que es muy recomendable para pasar la noche y ver las estrellas. Pero llegamos allí y el lugar no nos gustó mucho. Es posible que después de haber disfrutado de unos parajes tan maravillosos ese día, aquello nos pareciese un poco árido y frío. En general, pequeño. La vista se acorta mucho. Merendamos igualmente, pero dentro de la nave, pues fuera la sombra y el viento no lo hacían muy apetecible, y enseguida bajamos. Hay que decir que el pueblo de Lago de Babia está decorado con pinturas murales del artista leonés Manuel Sierra, emblemático en esta comarca.

Buscando de nuevo un sitio para la pernocta, llegamos a Mena. Un lugar precioso que se convertiría en nuestro campo base durante las siguientes tres noches. Cenamos en las mesas del exterior y charlamos por teléfono con los hijos. Los mastines nos acompañaron.

 

[0916 | miércoles]

Hoy subimos a La Cueta de Babia, otra pequeña aldea de Babia que tiene mucho que ofrecer. Además de un sector de escalada, una senda amplia y preciosa que te acerca a las fuentes del río Sil, a través de majadas y valles de altura, collados y crestas. Llegamos al pueblo a través de una muy estrecha carretera que discurre por el cauce alto del afluente del Miño que aquí es llamado «ladrón de ríos» puesto que le ha robado el agua al Luna [ver galería].

Iniciamos nuestra ruta en el pueblo, atravesando las dos o tres calles muy bien empedradas que tiene (la aldea ha sido sometida recientemente a un programa de reconstrucción), enzarzados en una incómoda discusión que presidió el día, rompiendo finalmente nuestros planes… Son cosas que pasan y no sabes por ni para qué, pero… así, sin más, te impiden disfrutar de un bonito día, de un bello recorrido, te impiden incluso llegar a completarlo. En definitiva, entristecen todo el paisaje.

Llegamos tan solo hasta el collado al lado de Pico Cuetalbo, enfrente teníamos el collado de La Cueña (al otro lado estaba la majada de Las Verdes, que recorrimos el día anterior) y a nuestra izquierda veíamos Peña Orniz.

Finalmente, aportando buena voluntad, conseguimos revertir el ánimo y traer de aquellas montañas sabia nueva, fortalecida. La excursión no se hizo completa. al menos en cuanto al recorrido pertinente, pero trepamos y descendimos una vez más por nuestra vida. Un recorrido que también merece -y mucho- la pena.

Bajamos con la última hora de la tarde y con la sensación de despedida de aquellas montañas. Al día siguiente la previsión meteorológica no era muy buena y sabíamos que no podríamos subir en unos días. Como así fue.

Volvimos a Mena, a nuestro campo base. Esa noche preparamos una deliciosa y reconfortante merienda-cena, lo necesitábamos: tortilla, cecina, queso Valdeón, pimientos piquillo y ensalada de cogollos, regado con un prieto picudo rosado

 

[0917 | jueves]

Tal como estaba previsto, amaneció el cielo encapotado. Durante la noche cayeron unas cuantas gotas y así iba a seguir durante toda la mañana. Decidimos entonces hacer una ruta pequeña por el valle, recorriendo parte del PR-BL-SD06, el Camino Real de Prégame, ruta histórica que recorre los pueblos del río Luna. Caminamos desde Mena, nuestro campo base, hasta Riolago de Babia, y en concreto hasta la panadería a comprar pan. A la vuelta nos acompañó un orballo fino poco molesto, sobre todo cuando vas bien preparado. A la hora de comer, estábamos de nuevo en la nave.

Por la tarde nos dimos otro paseo por el valle, había dejado de llover y el ambiente prometía mantenerse seco el resto del día. Subimos caminando hasta Peñalba de los Cilleros y llegamos hasta su iglesia encaramada sobre una loma en la parte alta del pueblo. Desde el atrio se divisa gran parte del valle de Babia. Mena en primer término abajo, Cabrillanes (capital municipal) a continuación, y al fondo algunas de las montañas recorridas en gran parte por nosotros durante estos días, con Las Ubiñas en el horizonte. La aldea muy tranquila está encajonada entre montañas, al lado del arrollo Peñalba, que es afluente del Luna.

 

 

[0918 | viernes]

El tiempo no mejora, más bien al contrario. Una fuerte borrasca está entrando por el noroeste y va  recorrer gran parte de la península. No había muchas posibilidades de escapatoria. Nuestro plan de llegar hasta Ancares y recorrer sus vertientes leonesa y gallega se va diluyendo.

Durante el desayuno decidimos lo que vamos a hacer, tras buscar en Meteoblue cuál era el punto geográfico relativamente cercano en el que podríamos librarnos de la tromba de agua al menos. El mejor tiempo de los próximos días estaría por Zamora y hacía allí dirigimos nuestra mirada en el mapa. La idea de conocer mejor esa ciudad que tantas veces atravesamos de paso, sin paradas, nos ilusionó. En el mismo paquete, con la misma intención, incluimos Benavente. De camino, paramos en el área de autocaravanas de León para resetear la nave. También hicimos una pequeña compra en Carrefour. Hasta la capital provincial llegamos utilizando la CL-626 en vez de la autopista, por Los Barrios de Luna. El recorrido es más lento e incómodo, pero muy bonito. Nos gustan este tipo de carreteras!

Llegamos a Benavente a media tarde. Estudiamos la posibilidad de pernoctar en el parking de Gadis, pues algunas referencias lo indicaban como tranquilo, llano e idóneo para una noche de paso. Pero a nosotros nos pareció demasiado urbano, sobre todo viniendo de donde veníamos, el cemento y el asfalto Seguimos buscando en el Parking4night y descubrimos, cerca de Benavente, en la carretera vieja de Ourense, un lugar que resultó ser un buen fichaje.

Esa noche dormimos en Santa Cristina de la Polvorosa, al lado del Órbigo, en una alameda preparada como zona de verano y playa fluvial, Muy refrescante y tranquila. Con fuente, luz y música ambiente. Todo un descubrimiento!

Antes de que anocheciera del todo, nos dimos un pequeño paseo por las calles del pueblo. Después de la cena estrenamos el juego de CuBirds que habíamos comprado unas semanas antes en JúpiterOurense, nos lo había recomendado -y muy bien- Alba.

 

 

[0919 | sábado]

Por la mañana, tras el desayuno y sin bajar de la nave, salimos rumbo a Benavente. Aparcamos, ahora sí, en el parking de Gadis. Es amplio y desde allí se llega enseguida caminando al centro.

Subimos hasta las calles más antiguas de la ciudad, sorprendiéndonos a cada paso. Casas, plazas y calles con mucha historia, nos hablan de un importante pasado, de una ciudad que todavía continúa siendo un importante centro comarcal. Lo veíamos en sus calles con gran vida comercial, llenas de gente que, en esa mañana de sábado, apuraba sus compras. Nos acercamos a la Panadería Robles Manganeses, en la Cañada Vizana, a comprar pan. Una hogaza que resultó bastante rica.

Recorrimos todo el centro y nos acercamos hasta el parque de La Mota, donde está el parador. Desde allí, en lo alto de la pequeña colina sobre la que se asienta la ciudad, se divisa una bonita vista del valle del Órbigo. Nos sorprendimos con las instalaciones de la piscina municipal que estaba abajo, al otro lado del Caño de los Molinos.

Durante el paseo comenzó a orballar y nos refugiamos en los soportales de la Plaza Mayor. Allí, probamos un corrosquito del pan que habíamos comprado. Nos dimos cuenta entonces de que era el momento de tomar algo más contundente y serio. Bajamos a la nave y preparamos un pequeño refrigerio. Después, antes de irnos, entramos en Gadis a hacer unas compras. Nos sorprendió la instalación, se trataba de un HIPER-GADIS y nunca habíamos estado en uno. Allí encontramos las alfombras antideslizantes que encajaron muy bien en el suelo de la IPAR.

Antes de abandonar Benavente nos acercamos al surtidor del polígono que últimamente nos proporciona el gasoil a muy buen precio. Después tiramos cara Zamora. De camino, nos desviamos para acercamos a ver las lagunas de Villafáfila (muy curiosos los palomares) y el Monasterio de Santa María de Morereuela.

Al llegar a Zamora aparcamos en el área municipal de autocaravanas donde pasamos la noche. Muy cómoda y bien equipada, al lado del Duero y del puente de piedra que nos puso en unos minutos caminando en el centro histórico de la ciudad. Nos dimos un paseo al atardecer, por las calles del casco antiguo y nos sorprendió encontrar tanta gente paseando, en una ciudad entrañable como esta, con muchos aromas del pasado. Era ya de noche y la iluminación amplificaba su encanto.

 

[0920 | domingo]

Matinal de domingo en Zamora [ver galería]. Visitamos las Aceñas de Cabañales en el río, la muralla, la catedral, el castillo y seguimos recorriendo las soleadas calles, ahora más tranquilas. Nos sorprendieron los murales escritos del rincón de la poesía zamorana, en la travesía del Troncoso. Creo que no quedó rincón en el casco antiguo sin ser captado por nuestros ojos. Atravesamos un par de veces por la Plaza Mayor y, antes de bajar (ahora con la luz del día, ayer lo hicimos de noche) la bella calle de Balborraz para volver al río y al coche, nos detuvimos a leer curiosos la placa que está en los soportales del ayuntamiento y que dice: «A D. Agustín Janbrina, D. Manuel Fernández y Sor Perfecta Temiño, párrocos de San Torcuato y San Lázaro y sierva de María, condecorados con la Cruz de Beneficencia de Primera clase, por su extraordinario celo durante la epidemia gripal de 1918. La ciudad agradecida.»  En otra ocasión hubiera pasado desapercibida para nosotros, pero en los días de mascarilla y gel, la cosa cambia!

Comimos algo al llegar al coche y buscamos un lugar para pasar la noche camino ya de Toro, nuestro siguiente destino. Encontramos el campamento perfecto en un área municipal de autocaravanas muy recomendable, tanto que incluso nos animó a desviarnos unos kilómetros. Llegamos a media tarde, bajo la lluvia, y nos quedamos a leer tranquilamente escuchando el concierto de los pájaros de aquella campa enorme. Estábamos en Venialbo. Vino a recibirnos hasta el mismísimo alcalde.

Curioso pueblo! Muy buena pernocta.

 

[202009.21]

Tras el desayuno reseteamos la nave un poco y antes de abandonar el pueblo nos acercamos caminando a la única tienda donde la tarde anterior el alcalde nos dijo que podríamos comprar pan. Está inmediatamente después del puente peatonal que une el área de autocaravanas con el centro del pueblo. Adquirimos una hogaza de candeal, no especialmente buena.

Llegamos a la ciudad de Toro y dedicamos gran parte del día a recorrer sus calles [ver galería]. Lo más bonito, el mirador sobre el Duero. También destaca la colegiata de Santa María la Mayor (donde pudimos ver el pórtico policromado), pero, el resto… una gran decepción!  Aunque es una villa con mucha historia, casas solariegas, iglesias, muchos conventos… todo estaba muy sucio y abandonado, Pero no sólo el casco antiguo, la ciudad entera está muy poco cuidada. Hasta un pequeño Gadis en el que entramos por curiosidad nos catapultó enseguida afuera sin comprar nada. Buscábamos agua pues las fuentes de las calles no funcionaban. Tan decepcionante resultó la visita que, incluso, el único plan preestablecido que teníamos de comer en el restaurante CARPE DIEM de una de las bodegas, situado en la plaza del pueblo, resultó que cerraba los lunes y los martes. Otro chasco!

En fin, que nos fuimos enseguida en dirección a Arévalo donde teníamos pensado pasar la noche a los pies de nuestro viejo y conocido castillo. Queríamos de este modo, poner el broche final a este viaje.

 

[0922 | martes]

Antes de volver a casa decidimos acercarnos a conocer el Gadis de Ávila. Es todo un descubrimiento, ya que se trata del establecimiento más cercano a casa en el que podemos adquirir esas «delicatessen» da terriña.

Llegamos a Puerto Juande a la hora de comer. En casa, nos esperaban los hijos.