Portugal
Trás-os-Montes, con Julio Llamazares

La primera jornada, tras dejar atrás Lebuçao, contemplar el castillo de Monforte y darnos a conocer a los personajes más diversos de esa vida detenida entre los montes, concluirá en Chaves, ya muy cerca de Galicia, donde el viajero recalará en un moderno hotel no lejos del río Támega, donde combatirá los calores en su piscina, compartirá la fiesta del pueblo mirando a los borrachos y contando estrellas y dormirá y descansará hasta el día siguiente.
El privilegiado entorno de la ribera del río Támega será el principio del itinerario que el autor de La lluvia amarilla abordará en la segunda jornada, “Del agua al vino, pasando por Vila Real”, tal es el título. A partir de ahí nos aguarda la belleza de un paisaje de fronda, fuentes y alamedas, la villa termal de Vidago, con su aire decadente y sus sueños de un mundo inmutable al que acudían los reyes de Portugal, el lujo todavía no apagado del Hotel Palace, al que llega tras recorrer un paraje de ensueño (“un kilómetro o algo más en medio de enormes árboles y de sombríos jardines entre los que, de cuando en cuando, asoma una vieja iglesia o un chalé de bella estampa, normalmente abandonado”) y donde el viajero tomará un café porque el precio de las habitaciones es inasequible para un modesto escritor. En el lugar “hay agua por todas partes” que llega del Támega y de sus pequeños afluentes. Llamazares nos cuenta que ese hotel fue el “más lujoso y romántico de Europa”. Un hotel de principios de siglo en sintonía con la memoria nobiliaria de la pequeña ciudad en que se encuentra.
Vila Pouca de Aguiar, Samardá, Vila Real, la vega del río Corgo, serán nuevas estaciones. Ante la visión de las calles viejas, de conventos y antiguos caserones de esa ciudad, Llamazares evocará una anécdota procedente de una novela de Castelo Branco: “’¿En qué siglo estamos aquí?’, se preguntaba uno de sus pesonajes. ‘¿En qué siglo? Pues en el mismo que en todas partes: en el XVIII”. Y, cómo no, nos dejaremos cautivar por el gótico casi mágico de su catedral, por la modestia de la Pensión Excelsior, con todo su saber de época, y por el ambiente inimitable del Café del mismo nombre, de una “elegancia demodé” y que según el viajero parece un “museo de sí mismo”. Allí conoceremos a Salvador Pinto, hombre rubio y delgado de mediana edad, propietario del Excelsior y vilarrealense de pro.
Terminará la segunda parte del recorrido en el pueblo de Pêso da Régua, al que el viajero llegará de noche y en cuyos alrededores, según Saramago, “el arte de los bancales alcanza su perfección”. El pueblo recibe, con el Duero (aguas que llegan de España), a una multitud de gentes que buscan el frescor de sus orillas. “Toda la gente del Duero, desde Miranda hasta Oporto, parece estar hoy aquí”, nos dice Llamazares. Y en Régua da fin a su segundo capítulo. Y lo hace sentado junto al Duero, donde “recuerda aquel arroyuelo que él vio nacer una vez entre los pinos de Soria, en España, en las cumbres azuladas y lejanas del Urbión. Cuánta agua y cuánto tiempo y cuántos fuegos artificiales no habrán pasado por él”. Pronto reanudaremos el viaje. Y seguiremos fascinándonos con las tierras y las gentes de este rincón de Portugal.