[199710.26 | domingo] Me despertó una extraña sensación de humedad que recordaba mas a los días de regla que a un séptimo mes de embarazo. Con desconcierto abro los ojos y miro a mi alrededor intentando ubicarme un poco, las sombras no eran las que envuelven mis sueños cada noche, en casa.
Estábamos en Laguardia, en la de Anabel y Alberto, lo cual no era extraño pues con cierta asiduidad tomábamos la carretera de Burgos y luego Pancorbo para pasar el finde con ellos. Desde que se habían venido a atender la bodega Luis Alegre nuestros viajes se había hecho casi habituales. Son muy buenos amigos y nos unían en aquel tiempo muchas cosas.
Me levanté y me acerqué al baño procurando no hacer mucho ruido para no despertar a nadie en la casa. Una vez dentro, encendí la luz y me senté en la taza del inodoro. Fue entonces, en ese momento, cuando mi tranquilidad se desmorona y un sudor helado me recorre el cuerpo. Estaba toda manchada de sangre, como si acabara de recibir «la visita». Corrí a la habitación a decírselo a Luis e, inmediatamente, todo un torbellino de movimientos recorrió la casa. Lo que vino a continuación no lo recuerdo exactamente. La siguiente imagen que me viene a la cabeza es la de la carretera, a toda velocidad, en la noche. Un asfalto estrecho sin pintar, entre viñedos. Las luces mostraban el recorrido en un interminable zigzag de curvas. Luis iba de copiloto, al lado de Anabel. Recuerdo que le pedía que no corriese tanto, pero ella insistía en que se conocía muy bien ese trazado de 19 kilómetros que separan Laguardia de Logroño. Yo iba un poco muerta de miedo. No tenía ni idea de lo que podía pasar. No sangraba tanto como para pensar en que no llegaríamos a tiempo al Hospital, pero temía que pudiese haber muchas complicaciones ese día. Temía por mí hija y por mí. Temía, temía, temía… entre curva y curva… Anabel, un cielo, atenta a la carretera no paraba de decirme palabras de cariño y aliento. Ella capitaneaba la situación, estaba en su pueblo. Nos llevaba en volandas. Yo estaba asustada, supongo que Luis también.
Cuando llegamos a la entrada de urgencias del Hospital de Logroño, me sentaron inmediatamente en una silla y me llevaron al interior. Luis me acompañaba. A partir de ahí comenzaron los interrogatorios, las pruebas, los análisis… los pasillos de aquel hospital, en aquella madrugada de domingo estaban muy tranquilos. Las luces apagadas, sólo con los puntos imprescindibles, evocaban un ambiente de misterio pero también ayudaban a tranquilizar mi ánimo. El personal sanitario se mostró muy cariñoso con nosotros en todo momento. Una enfermera nos dijo que si nuestra hija nacía allí, tendríamos que llamarle Valvanera, que es la virgen patrona de La Rioja. Y es que los médicos barajaban entonces la posibilidad casi segura de que posiblemente habría que hacer una cesárea prematura. Lo que, afortunadamente, al final no sucedió. El reposo y los buenos cuidados que me dispensaron en aquel hospital fueron definitivos.
Los días de Valvanera
Pasé unos días que, aunque pocos, construyeron su original rutina. Mi cama, de la que no me dejaban apearme ni para ir al baño, estaba alojada en una amplia sala con otras siete mas. El lugar, los boxes de prenatal, parecía el escenario de una película italiana de los años 60. Sólo desentonaba el aparataje médico que en ocasiones introducían las enfermeras. Las camas se disponían en dos filas enfrentadas, muy alejada una de la otra, con los cabezales contra la pared. De mi lado «aparcábamos» unas 5, bien separadas, el espacio no era escaso ni mucho menos. Enfrente, donde estaba también el baño, se colocaban las otras 3. El lateral de la derecha era un amplio ventanal que iba de esquina a esquina, iluminando con profusión la estancia. Por debajo de toda la línea de ventanas, había una fila ininterrumpida de sillones en los que se iban sentando los familiares de visita. A la sala se accedía por una puerta grande, en la pared a mi izquierda. Era un tránsito casi continuo de camas las que entraban y salían por ella, no paraba ni de noche. Unas a toda prisa hacia el paritorio, otras llegaban con calma ingresando a la parturienta inquieta, a veces rodeada de parientes «expertos». Las compañeras de habitación cambiaban a menudo, en ocasiones, apenas permanecían allí unas horas. Las que éramos de «larga estancia» por decirlo de algún modo, solo salíamos dos veces al día con destino a sala de «correas»…
La verdad es que no te aburrías. Ni con todo lo que pasaba en esa sala, ni con el resto de la vida de aquel hospital. Dos veces al día, mañana y tarde, desaparcaban mi cama y me llevaban «de paseo» en ella a «los caballitos». Así se llama en la jerga materna a la monitorización que sirve para escuchar el latido del corazón del feto. El sonido que emiten los pequeños altavoces recuerdan eso. Las enfermeras dicen «correas», por las cintas que envuelven tu tripa durante el proceso. El recorrido hasta las sala de «correas» resultaba en ocasiones ameno y divertido. Acostada en mi cama, tapadita, me llevaban por los pasillos, viendo la vida hospitalaria. Una vez me he cruzado con una enfermera que ya me conocía y me preguntó cómo iba todo. Es un hospital pequeño y familiar. Ella parecía empatizar mucho con mi situación: estábamos pasando un finde tranquilo con amigos que se vio truncado de ese modo. Durante los días que permanecí ingresada conocí a un par de madres que engendraban mellizos. Al parecer hay un gen dominante en la sierra de la Demanda y este tema se convirtió mas de un día en motivo de charla en la gran habitación, en la que se contaban anécdotas o historias curiosas.
Entretenía también mis horas con la pequeña Aiwa-mono que Luis me había comprado, adosando su pequeño auricular a mi oído. La radio me acompañaba mucho y me permitía aislarme, aquellas veces en las que me apetecía relajarme un poco y dormitar.
[199710.29 | miércoles] La buena noticia llegó a media mañana cuando me comunicaron el alta. El día siguiente era el cumpleaños de Lucas. Desde que había ingresado no había vuelto a ver a mi hijo. No sé si muy preocupado, él se entretenía en la finca de Los Alegre, con sus amigos Carmen y Luis. Vinieron todos a buscarnos a las puertas del hospital: los tres niños con Anabel y Alberto.
Entonces nos fuimos a dar un pequeño paseo por Logroño. Con idea de comprarle el regalo de cumpleaños a Lucas nos acercamos a una tienda de Juguetes. Allí eligió su propio regalo y yo, de algún modo, el mío. Me habían dicho que hasta el final del embarazo debía guardar mucho reposo y compré mi primer1000 piezas. Fue el inicio de una afición que llenó muchos huecos (jajaja, nunca mejor dicho) llegando incluso a «alfombrar» la reciente pandemia. Aquel 30 de octubre fue muy especial!
Aventuras de hospital
De vuelta en casa, la vida tendría que ser mas tranquila. Los médicos me recomendaron reposo. Pero, ésta es una palabra tan ambigua… ¿Reposo? ¿Cuánto? ¿Cómo? ¿Qué entiende cada uno por reposo?… Tratamos de mantener un orden activo muy por debajo de nuestros hábitos. Aún así, algo les pasaba a los domingos. Salíamos a dar pequeños paseos al mediodía y, al llegar la noche comenzaba a manchar. Cierto que la primera vez sucedió cuando dimos un paseo dominguero por la Cuerda de las Cabrillas (ya he dicho que es difícil saber que entiende cada uno por «reposo»). Siempre sucedía más o menos del mismo modo. Comenzaba a manchar e inmediatamente salíamos los tres de casa. A Lucas lo dejábamos con los Matamala, jugando con su amiguito Álvaro, que entonces tenían un piso en La Coma. Luis y yo seguíamos hacia la maternidad de La Paz. Allí, después de testearme un poco, siempre quedaba ingresada por tres o cuatro días.
Después de la primera experiencia no volvimos a pasear por la sierra. Nos quedábamos quietecitos en casa o en los parques cercanos. Aún así, hasta dos veces más volveríamos por La Paz, con la nocturnidad habitual del domingo. Quedarme allí cada vez me resultaba más aburrido y triste, a pesar de vivir momentos como aquella noche que pasé con una enfermera obsesiva-compulsiva. Yo estaba sola en mi habitación en vela, como solía ser habitual la primera noche, una tenue luz iluminaba la cabecera de mi cama. Y la mujer no paraba de entrar y salir con su bandejita… clinc-clinc-clinc… traía sus cahiperres de «tortura». Trataba de cogerme una vía en la mano y… válgame el cielo, lo qué le costó. Tras varios intentos logró introducir la aguja y dejar puesta la primera toma. Digo «primera» porque al poco tiempo, no sé cuánto había pasado, volvió a ver cómo estaba y decidió que tenía que cambiarla. De nuevo, pincha que pincha, coloca otra por segunda vez. Y, no sé si perdí la cuenta, debió ser a la tercera o cuarta cuando lo consiguió. Mientras tanto y para entretenerme me hablaba del verano en Ares y en Pontedeume. Porque sí, porque aquella mujer mayor (debía de estar a punto de jubilarse ya) era de Ares. La verdad es que fue muy cariñosa conmigo toda la noche. La recordé durante mucho tiempo… jajajaja, sobre todo los primeros días ya en casa en que me miraba la mano y la veía toda amoratada. Me había dejado múltiples hematomas.
Momento Scrubs. También tengo la fotografía mental de una mañana cualquiera, seguro que hubo más de una a lo largo de todos mis ingresos, en que veo enfrente de mí a un grupo numerosos de chicos y chicas, con sus batas azules de internos rodeando los pies de mi cama y siguiendo atentamente las explicaciones del doctor que a mi derecha les pone al día de mi situación. Yo, como no podía ser de otro modo, destapada con el camisón levando y las piernas flexionadas y abiertas en V. De esas pocas veces en las que una deja de sentirse un ser humano, con inteligencia y personalidad.
Similar fue también aquella noche en la que a la una de la madrugada, aproximadamente, me sacan de mi tranquilo sueño para transportarme a una sala en la que 3 o 4 médicas-médicos de guardia hablaban de mi mientras me monitorizaban con las correas primero y una ecografía después. Hablaban entre ellos y me miraban. Cielos, ¿es que puede haber un momento de mayor incertidumbre y desasosiego? Algo, me pareció entender, le debía estar pasando al cordón umbilical. Pero a mí no me dijeron nada.
Mas «graciosa» fue aquella mañana en la que a mi me habían llevado a «correas», tras haber dejado atrás una habitación en la que mi compañera se despertaba con la preocupación de que ese día iban a operarla. Pero estaba sola. No así cuando vuelvo tras la prueba. El celador que transportaba mi cama tuvo dificultad para abrir la puerta y pedir paso a un montón de gente que allí se había congregado. Por lo menos 30 personas… y no es que la habitación fuese muy grande. El pobre tuvo que conducir mi cama a mi rincón, abriéndose paso como pudo entre aquella muchedumbre. Cuando me dejó instalada y se marchó, mi perplejidad comenzó a inflarse. No daba crédito… madre mía! No sólo mi compañera de habitación estaba totalmente rodeada, al fin y al cabo era su familia que venía arroparla, pero es que el grupo rebosaba hasta el lado de mi cama, envolviéndome también a mi. Hasta uno de ellos llegó a sentarse a mis pies.
Mamá ven!
Todavía estaba en La Paz, en la que era ya mi tercera aventura, cuando pensé en que tenía que pedir ayuda, y al llegar a casa llamé a mi madre. Ella acudió enseguida. A los pocos días ya estaba con nosotros, para quedarse, con idea de esperar a que Marta estuviese sana y salva en casa. El acontecimiento podría producirse en cualquier momento o incluso tardar un mes. Estábamos todavía a principios de diciembre…
Pasaron unas semanas de tranquilidad. Los mimos de mi madre y de Luis, que no me dejaban hacer absolutamente nada, me mantuvieron por fin quietecita y no volvió a producirse otra situación de riesgo. En aquellos días conocí y me aficioné a «Saber y ganar» y a las rosquillas de canela que mamá compraba en la panadería que hay al lado de la parroquia de San Victor, a la que acudía todos los días a misa. Después de comer, nos sentábamos juntas en el sillón de «búfalo de agua» y veíamos el concurso mientras tomábamos el café con la galleta. Un recuerdo muy tierno que quedó impregnado para siempre en mi memoria. En la mesa de madera que estaba al pie de la ventana de la sala reposaba el puzle en construcción, al que dedicaba intermitentes momentos al día. El juego conseguía mantenerme abstraída largos períodos de tiempo, el efecto de «reposo» deseado. La abuela se encargaba de todo en la casa, incluido Lucas. Y así, con esa rutina, conseguimos salvar los últimos días de gestación.
[199712.18 | jueves] De madrugada, todavía sin amanecer, comencé a revolverme en la cama. Tenía fuertes dolores en la pelvis y la zona lumbar, lo que parecían contracciones. Ahora sí que tocaba! Luis avisó a la abuela, quien enseguida debido a su dilatada experiencia, confirmó mi suposición y puso en marcha el mecanismo de «al hospital inmediatamente». Me vestí como pude, algo nerviosa, Luis creo que ya estaba en la puerta. Al salir recuerdo que me pasé por la cocina a coger un puñado de galletas de avena. Recordaba que cuando nació Lucas había pasado mucha hambre. En el hospital no te quieren dar nada antes de lo que tenga que ser, y después, tardan varios días de acercarte tu primera bandeja de comida sólida.
Llegamos a La Paz y me instalaron rápidamente en una sala de preparto. Luis se marchó al trabajo pues la matrona le dijo que todavía faltaba mucho y el quería aprovechar para dejar resueltos unos asuntos. Además, acordamos que yo le avisaría si la cosa se aceleraba. Lo cual no sucedió. De hecho, pasé toda la mañana allí tumbada mientras me monitorizaban y vigilaban de cerca, pero sin avances considerables. Fue a primera hora de la tarde cuando el médico que está analizando mis constantes y las de mi hija me dice que van a llevarme a quirófano a practicarme una cesárea. Esta vez el proceso no se produjo a toda velocidad, no había urgencia como pasó con Lucas, y tuve tiempo de llamar a Luis lo primero. Recuerdo aquella llamada, casi no pude ni hablar. Me emocioné al oír su voz al otro lado. Le dije, con dificultad, que me iban a hacer una cesárea. Lo cierto es que el oírme decirlo, me provocó un estremecimiento que disparó enseguida mis niveles de adrenalina. Nada más colgar, entra una enfermera en la habitación y me entrega un enema para que vaya al baño y me lo aplique. Ya todo lo demás comenzó a sucederse de forma encadenada. A la vuelta del baño, la misma enfermera me prepara en la cama, me limpia y afeita la zona donde se iba a producir la intervención. Después me llevaron a quirófano. La sala la recuerdo oscura, con algunos puntos de luz. Curiosamente, el recuerdo que tengo es el de un habitáculo metálico, de paredes brillantes. Allí me leyeron los papeles de conformidad, incluida la ligadura de trompas que yo misma pedí (era recomendable hacerla después de una segunda cesárea), los firmé e inmediatamente me colocaron los brazos abiertos, en cruz. Poco más recuerdo ya, me fui durmiendo lentamente.
Desperté, todavía en el quirófano, nada mas acabar la intervención, con una angustia terrible. Nos sabía ni quien era yo, ni qué estaba pasando, ni mucho menos dónde estaba… tardé unos segundos que a mi me parecieron minutos en entender lo que sucedía. La anestesia había cumplido su cometido catapultándome a otra dimensión y me estaba costando mucho volver de ella. Después, medio adormilada, me trasladaron a la sala de rehabilitación. Por suerte allí permanecí solo unas horas. A la mañana siguiente me subieron a la habitación y casi inmediatamente trajeron y me presentaron a Marta.
Qué emoción! Era la primera vez que la veía y la abracé hacia mí sobre mi pecho. Qué gusto! La sensación es brutal, muy agradable, sentir su pequeño latir ahora fuera de mi cuerpo. Tocar su pechito con mi mano y notar su corazoncito palpitar, sentirla respirar despacito… Su olor, su cabecita pesando sobre mi. Mi primer abrazo con Marta! El sol entraba por la ventana a mi izquierda iluminando la habitación. Luis estaba a mi lado, feliz. Por momentos como ese merece la pena haber vivido todo lo anterior y pasar todo lo que el futuro nos iba a deparar. Esa misma noche compartimos ambas, en la soledad de la habitación, una pieza de Bach y otras mas que Radio Clásica estaba emitiendo, a través de mi pequeñito Aiwa. Yo la miraba a ella en su cunita, iluminada por la luz de la luna que entraba por la ventana, y pensaba que ese era el primer momento musical que vivíamos juntas. Me emocioné y se lo dije. No sé si me oyó (quizá si!). Era nuestro inicio. El día había transcurrido con mucho ajetreo y visitas. Y allí estábamos, solitas, compartiendo vida independiente por vez primera.
