La rúa José Antonio Nieves Conde (la avenida de lobarato, como la hemos bautizado hace unos días la familia) está cerca del hospital de Ourense. A diario, sobre todo por la mañana, no es fácil aparcar aquí: hay un colegio y además la proximidad al centro hospitalario, convierten la calle en un lugar muy solicitado para dejar el coche. Otra cosa es ya a última hora de la tarde. Cuando llegamos nosotros, tras pasar el día en Vilarnaz, hay mucho espacio libre.

El ritual se repite todos los días mas o menos de la misma manera. Llegamos poco después de las nueve y, tras pasar por el semáforo, buscamos un punto de atraque en la margen izquierda. En este lado la nave queda mejor nivelada para dormir. La primera noche la pasé al otro lado de la calle, tumbaba de estribor, y resultó un poco incómodo. Por eso todas las noches arrimamos a babor.

Durante las horas de vigilia que paso aquí, como una nautaa en el espacio oscuro, o en el interior de la tierra, vivo un tiempo diferente… Me llegan sonidos de voces en el exterior, de quienes caminan por la acera o se detienen un rato a charlar. La ráfaga del motor de un coche que pasa, después otro, y otro… distantes entre sí pues a estas horas el tráfico disminuye considerablemente. Un poco más lejos, bien entrada la noche, el tren mercancías ruge por la vía que transcurre al lado, paralela a esta calle. Según el punto donde haya anclado la nave el convoy se oye con mayor o menor fuerza. No siempre me entero.

Antes de acostarme, escribo, trabajo un poco o charlo con alguien del exterior, mientras como algo y me tomo una cerve. De fondo escucho un podcast.