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Por tercer año consecutivo venimos a Tarifa en estas fechas cargadas de efemérides para nosotros. El San Blas de nuestras vidas. Porque nacimos juntos en el tiempo aun cuando no en el mismo ámbito geográfico. Los meses de enero y febrero son además uno de los mejores momentos para disfrutar de este lugar. La playa en invierno es una delicia. Escalar con el mar de fondo, otra. Los atardeceres elevan el ánimo y lo trasladan al ensueño primaveral. Y las noches estrelladas de ambiente templado reconfortan.

Así a todo, el aterrizaje el domingo por la noche fue de pena. Realice una pésima maniobra de atraque y arrugue la nave por la banda de estribor, al tropezar con una columna de hierro de la parcela que nos habían adjudicado a toda prisa, la 24.
Inmediatamente el lunes, nada más levantarnos y tras comprobar que los daños no eran muy grandes, nos fuimos a buscar una buena parcela. Nos instalamos en la 15. Inmejorable, o al menos casi, como se puede ver en la foto. Será una de nuestras favoritas a elegir siempre que volvamos al Camping Torre de la Peña.

Tarifa y alrededores es un paraíso para el caravanismo. Así lo demuestran la enorme cantidad de vehículos preparados que se ven por aquí. Muchos pernoctan por libre. Hay un arenal en la recta a la altura de la playa, en la margen izquierda de la carretera en dirección a Tarifa, donde se permite la estancia. Justo enfrente, en la entrada de los caminos de acceso a la playa, unos carteles avisan de la prohibición de pasar la noche en los parkings de la playa. Hay también muchos campings por la zona, algunos cerrados en invierno. Nosotros descubrimos Torre de la Peña la primera vez que vinimos por aquí y no s gusta mucho. La parte alta, la de la montaña está muy bien. Es muy tranquila y los servicios muy bien puestos. Las parcelas se acomodan en terrazas y las vistas del Mar está garantizada en todas ellas. De hecho el océano y las vistas del Estrecho presiden toda la vida de este camping.

Nos gusta bajar todas las mañanas al borde del mar, sin salir del área del camping, a tomarnos una naranja en el barquito azul de El Chozo, antes de desayunar. Un lugar de privilegio para comenzar el día. Arrullados por las olas vemos pasar la vida del Estrecho: los buques cruzando a lo lejos, al fondo África y aquí más cerca, una bandada de cormoranes buscando el desayuno o un grupo de aguerridos germanos en “traje de campaña” dándose el chapuzón matinal. Son las 9 de la mañana. Alguien que baja con su zodiac, la sumerge con sus aperos de pesca y sale alejándose contra las olas. Según esté el mar y el viento, te puedes entretener con algún surfero, con pala, vela o a pelo.

Empezar el día así, despacio, sienta muy bien. Tras el paseo hasta la playa, volvemos a preparar nuestro desayuno con vistas. Este año, son las mejores. Tomamos nuestra Tostada Tarifeña (huevo a la plancha, invertido, sobre una tosta de pan caliente), la fruta y el café. Qué lujo, qué delicia… no se puede pedir más.

La zona de escalada de San Bartolo es nuestro referente todos los días. Subimos hasta Betis todas las mañanas menos una, la de mi cumple, que dedicamos íntegramente la jornada a disfrutar del mar. Este año Luis mantuvo su duelo personal con La Marihuana, en Los Bordillos, y consiguió resolver la forma correcta de escalarla, aún cuando finalmente no se atrevió a hacerla de «prime». En este sector pasamos mucho tiempo. Una tarde subimos hasta El Mosaico. El sábado y el domingo fuimos a El Cancho, pensando que habría poca gente, ya que el fin de semana esto se suele petar. Y no escapamos del todo mal, salvo el domingo que se instaló a nuestro lado un gaditano con «megafonía de serie» instalada, del que tuvimos que huir tras hacer tres vías, pues no callaba, no callaba, no callaba…

El miércoles 29, día del cumple de Luis, el plan también fue distinto. Subimos trepando recorriendo toda la parte alta de Los Bordillos, hasta donde el paso se hizo muy complicado y no quisimos aventurarnos sin cuerda. Los tajos eran allí muy altos y verticales, con mucha vegetación. Un poco arriesgado para seguir, sin conocer bien el terreno (pensando sobretodo en el retorno). Después, nos fuimos a comer pescaito a El Ancla, en el puerto de Tarifa. El postre fue un paseo por la playa, hasta interceptar el cauce del río Jara que la corta en dos e impide continuar el paso sin mojarse.

Desde nuestro camping se puede venir andando hasta la otra orilla. Son unos 4 kilómetros  y medio  que recorrimos precisamente el día de mi cumpleaños, para cerrar el recorrido. En total, hasta el istmo de la isla de Tarifa, la Playa de los Lances, que es como se llama, tiene 7,2 kilómetros de longitud. En la zona rocosa, que es precisamente la que está mas cerca de la zona del camping, se pueden ver con la marea baja formaciones geológicas muy interesantes. Placas de pizarra con grandes vetas de cuarzo y piedras sedimentarias que forman líneas plegadas enfiladas hacia el mar o en curva..