Bitácora del Tiempo

Cuando yo comenzaba a recorrer mi vida, Pontedeume era un pueblo tranquilo y manejable, muy familiar. Las calles que rodeaban mi casa eran también mi «hogar». Las tiendas, los talleres de trabajo, los almacenes, los portales de otras casas y, como no, las casas de mis amigas… Desde muy pequeñita me gustaba entrar y salir, andar por todas partes. Leopoldo, Casilda, Gerardo, Pepe… cuánta paciencia habrán tenido conmigo! Muchas historias, ambientes, momentos, que puedo recordar y revivir. Determinados olores, sonidos, luces, sombras… conformaron aquel recreo, mi primera bitácora para descubrir, para sentir, para explorar… para empezar a vivir!

 

La librería

Desde el portal de casa accedo a la librería, por detrás del mostrador. La abuela Pilar está sentada como siempre en su sillón gobernando la cajonera con los dineros, justo al lado del escaparate por dentro del mostrador, a la derecha de la puerta de la calle. Vigila las entradas y salidas. Cuenta siempre que desde esa posición dominante, se encaró un día al mismísimo Fraga Iribarne que se personó en el local exigiendo inmediatamente un trato de favor por ser quien era, aun cuando no había sido nombrado ministro todavía, supongo que en sus tiempos de embajador del Régimen, un joven ambicioso, con arrojos.

Y es que a “Doña Pilar” pocos le tosen. Ni la “hermanísima” del «salvapatrias» de Ferrol, que a la par es su tocaya, le impide pestañear a su antojo cuando le cobra el lote de revistas que La Franco suele comprar para entretener sus tardes de veraneo en El Arenal de Cabanas.

Así es mi abuela… genio y figura, “del caño al coro y del coro al caño”. Siempre dando órdenes. Pocas veces pasas a su lado y te libras de hacer algún recado o tarea. Hay una que me gusta más y que incluso a veces la busco yo misma. Es la de los miércoles de vacaciones por la mañana: ir a Correos a recoger los paquetes de tebeos y revistas.

Al llegar a la oficina postal, el operario me abre la puerta de acceso a la parte trasera del despacho y allí recojo los paquetes, atados con cuerdas, en la repisa de la gran ventana que comunica el local con la escalera de la calle, la que salva el desnivel entre la Avenida de Rajoy y la Corredera de las Virtudes. Los fardos pesan un poco y generalmente tengo que hacer dos viajes. Los llevo agarrados por las cuerdas de cáñamo, lo que supone un gran sufrimiento para mis dedos. Tengo que parar de vez en cuando, apoyarlos en el suelo y darles un descanso a mis manos.

Ya en la librería y tras el recuento de ejemplares, retiro los números viejos del expositor de la pared y coloco en su lugar los nuevos que acabo de traer. Y lo bueno viene después: el premio consiste en poder sentarme en una de las dos sillas verdes de sky y pasarme un buen rato leyendo tebeos. También me hago un lote con los ejemplares más deseados (Tiovivo, TBO, DDT, La Pequeña Lulú…) y lo subo a mi habitación, para entretener las noches pre-sueño en la cama. Que gozada!

Mariluz es la única empleada. Una joven de Esteiro muy dispuesta y organizada. En una pequeña mesa que hay al final del mostrador ocupa parte de su tiempo, cuando no hay clientes o trabajo de reposición de estanterías, con alguna tarea que le traen de la imprenta: clasificar hojas de talonarios, plegar folletos… etc

 

La merecería de Gerardo

Salgo de la librería y subo bajo los soportales por la calle. La casa contigua es la de la bisabuela Manola, en ella viven la tía Natalia y el tío Pepe y tienen alquilado el bajo a una mercería. Un local oscuro con un largo mostrador de madera pintado del mismo color verde-gris de la puerta y la contraventana del escaparate. Este tinte tenue contrasta poco con la oscuridad del fondo. La escasa luz que entra a través de la ventana del escaparate, ilumina con dificultad el interior de la tienda.

Gerardo el tendero, es de Andrade, baja todas las mañanas en su Vespa (también gris) y la deja aparcada delante de los soportales, al lado de una de las columnas. Es joven, delgado y alto, de pelo negro, viste siempre un traje chaqueta gris claro: arreglado de época, sencillo. Durante las horas de trabajo se quita la chaqueta y la cambia por un guardapolvos de color similar. Toda la escena está grabada en blanco y negro en mi memoria, como si la película en color todavía no hubiese llegado.

En la tienda no hay nadie, como casi siempre. Al pasar por delante de la puerta me paro y miro hacia el interior. Una mujer se acerca y me pregunta… ¿sabes dónde está?. Yo pienso: «…pues al otro lado de la Praza do Pan» («de los voluntarios», que se llamaba entonces, rebautizada así por el régimen). Desde el mostrador que hay al fondo en la tienda de comestibles de las hermanas Fraga vigila su negocio. Allí, chato de vino en mano, pasa las horas. Miro hacia aquel lugar e inmediatamente lo veo aparecer con paso ligero. Se acerca, saluda a la señora, y entra en el local dando la vuelta al mostrador y colocándose en el lado que le corresponde. A última hora del día no responde con tanta celeridad. En más de una ocasión, no solo yo, alguien más ha tenido que ir a buscarle. A media tarde cierra la tienda, y en ocasiones ni siquiera abre después de la hora de comer.

 

La relojería de Casilda

Salgo de la librería y subo bajo los soportales por la calle. Paso por delante de la mercería de Gerardo y de la tienda de recambios de automóvil de Salorio después, para llegar inmediatamente a la relojería de Casilda. Allí paso muy buenos ratos. Es uno de mis lugares favoritos. ¿Sabíais que todas las piezas, tuercas y tornillos de reloj tienen un olor peculiar y único? Huele a los aceites y grasas que se utilizan para lubricar los diminutos engranajes. El olfato suele dejar registros impresos en la memoria y éste es uno de ellos.

A diferencia de la mercería de Gerardo, la relojería de Casilda está llena de luz. Cristal y madera de roble conforman las vitrinas iluminadas y el mostrador. Los brillos de los relojes y las joyas expuestos amplifican la claridad. Nada mas entrar, a mi derecha, está el cubículo de trabajo de la relojera. Está unido al mostrador y pegado a la pared del escaparate. Una sólida mesa de madera con los tres paneles de cristal que se elevan sobre ella a media altura, para recoger el área de trabajo y separarla del mostrador. Allí se amontonan pequeñas cajas de repuestos y diminutas herramientas de precisión.

Veo a Casilda a través de ese cristal, siempre está ahí con su monóculo puesto, me saluda y sonríe… Me hace un gesto que invita a pasar. Camino hacia la esquina en la que se unen en ángulo recto los mostradores al fondo del pasillo de clientes. Como si de un pasadizo secreto lleno de magia se tratase, el ángulo se abre gracias a las ruedas del mostrador, franqueando mi paso al interior de la tienda. Empujo, entro por el hueco, y cierro de nuevo. Entro en una dimensión distinta. Me acerco hasta la pequeña mesa-taller, cojo el taburete-escalera que utilizan para alcanzar los objetos de las estanterías altas, lo abro y me siento a su lado. Allí encaramada mirando con los ojos e una aprendiza novata, rodeada de relojes desmenuzados, me olvido del tiempo (qué paradoja!). El pequeño flexo sobre la mesa ilumina el espacio de trabajo «apagando» de algún modo el resto del local, dejándolo en un segundo plano. Bajo la lámpara, todo aquí es pequeño, está minimizado.

Absorta y entretenida por la destreza de la relojera, ayudando un poquito a veces en lo que puedo, me olvido del resto. De pronto, un golpe en el techo al fondo del local llama mi atención, se abre la trampilla  y se estira la escalera de madera barnizada por la que desciende Pepe, el marido de Casilda. Es el punto de acceso a la casa: primero aparecen sus pies, después las piernas y el resto del cuerpo. Un ejemplo más de que todo aquí es pequeño, pero funciona con la precisión de un reloj.

 

 

La farmacia de Leopoldo

Salgo de la librería y subo bajo los soportales por la calle y en la esquina con la plaza está la farmacia. Un establecimiento antiguo con estanterías blancas de madera, «ribeteadas» en verde oscuro, una decoración modernista de principios de siglo XX. En la parte alta, adorna el último estante una hilera de albarelos blancos decorados con dorados, y con dibujos y letras, verdes y azules. Dentro, en la rebotica, hay más.

Puerta de acceso a la rebotica

Puerta de acceso
a la rebotica

El local tiene dos entradas para clientes: una en la calle Real (bajo los soportales) y la otra, inmediatamente tras la esquina, para acceder desde la plaza del ayuntamiento. Corta el espacio en dos, un estrecho mostrador en forma de arco, de madera pintada al igual que el resto del mobiliario, con una encimera de mármol blanco. Los mancebos y el farmacéutico atienden del otro lado, por la parte cóncava, mientras el público espera ordenadamente a que le llegue su turno. Se pasa de un lado y otro a través de una pequeña puerta integrada, con la misma altura, a la izquierda del mostrador. En el otro extremo está la báscula, por la parte de la clientela, y un pequeñito estante con papel impreso recortado (lo prepara mi padre en la imprenta) para envolver los medicamentos.

Por este lado las paredes están forradas de abajo arriba de vitrinas de madera y cristal, donde se exponen y guardan bajo llave cremas y lociones de parafarmacia. En la pared que da a los soportales hay un escaparate poco profundo pero grande, con algunos objetos de botica de adorno: un mortero dorado y una báscula.

«No edificio nº 4 da praza principal da vila é reinstalado o novo despacho farmacéutico de Antonio Díaz Z., onde comunica o baixo (a botica e a rebotica) coas escaleiras de entrada ao edificio. Sobre o lintel do marco da porta de madeira que o separa das escaleiras son colocados uns números metálicos conmemorando o ano deste feito. A estructura da oficina de farmacia é semicircular, con oito columnas de madeira traballadas semellando unha mestura de arte grego-romano que terminan cun adorno de follas, termando dunha balaustrada superior moi rechamante e finalizada nunha especie de cogomelos ou buxainas en toda a longura dela. Áchase pintada de brancacrema, con esvaecidos ou patinados verdes, e este local posúe dous escaparates comunicados coa
praza Real e a rúa Real e dúas portas de entrada así como un banco de madeira formando ángulo recto dentro do recinto de despacho ao público e unha báscula de pesar.
O semicírculo que describe a botica, separado do público por un mostrador de mármore, está atravesado polo medio por unha entrada de arco que comunica coa rebotica, e conformado con portas sobre as que van asentados caixóns, con rótulos en porcelana branca con nomes de productos da botica (flor de sauco, f. de azufre, f. de malva, sulfato de cobre, colofonia, f. de tila, etc.). Entre as portas e caixóns aproximan a súa altura á dunha mesa un pouco alta (noventa centímetros) estando cubertos con longas franxas de mármore branco igual ás do mostrador.»  [Xosé Paz. APUNTAMENTOS DA SANIDADE EUMESA. A BOTICA DE ZAMORANO (1874?-2004). Revista Cátedra, nº11]

Alguna que otra vez, Leopoldo, el farmacéutico, me deja pasar con él a la rebotica. Muy amigo de mi padre (de hecho fue su padrino de bodas) es un personaje de mi infancia, muy entrañable para mí y siempre muy cariñoso. Su peculiar voz de pito todavía resuena en mi memoria. Con su bata blanca, su figura alta y estilizada, y sus gafas de «culo de botella», trabaja en su pequeño laboratorio haciendo preparados «magistrales» que luego envuelve en papelinas o enfrasca en pequeños tarros, según se trate de una mistura de polvos o de líquidos farmacéuticos. Me habla, me enseña una medida, vuelca el contenido en el matraz, lo remueve y enciende el mechero de alcohol. Los sonidos, los olores, me evocan sensaciones de tranquilidad. Sus movimientos son lentos y sus palabras, bien escogidas y adaptadas, tratan de hacerme partícipe de su sabiduría. Entonces me siento importante. La luz de la tarde se filtra por la ventana que da a la plaza Real. El fino visillo blanco con el escudo de farmacia grabado en el centro no permite ver lo que pasa en la calle.

 

La barbería del tío Antonio «el Cojo»

Salgo de la librería y justo bajo los soportales de enfrente, atravesando la calle, está la barbería de «El Cojo». Oigo el Titulí-lu-liru, entrañable saludo trancho que resuena varias veces al día por los soportales de la calle. El local es pequeño, al entrar a la izquierda hay dos sillones de barbero al lado de la ventana que da a la rúa Real. Al la derecha, bajo la ventana que da a la plaza, una hilera de sillas de madera para quienes esperan o simplemente están de paso y tertulia. En la repisa de esta ventana hay un lote de periódicos del día y una pequeña máquina de juego. Funciona con una peseta. Echas la moneda y tienes que llevar a través de un grueso alambre retorcido una anilla guiada con un mango, sin que esta toque el alambre. Si entra en contacto con él, pierdes y se acaba el juego.

Al fondo de la sala hay una pequeña mesa y un taburete. En este pequeño «despacho» el tío Antonio atiende sus papeles, guarda los caramelos con los que obsequia a los niños que se acercan y organiza la venta de lotería entre los parroquianos. A su lado una puerta conduce a un pequeño cuartucho en el que guarda jabones, lociones, toallas… Pepe es su ayudante y con él paso buenos momentos.

 

La ferretería de Charito

Salgo de la librería y bajo los soportales hacia el puente. El comercio que hay inmediatamente después es uno de mis favoritos. Muchas horas paso aquí dentro. Me gusta estar al otro lado del mostrador con Charito y la cadiña (su empleada). El local está repleto de cachivaches y desborda mercancía a la calle. Las estanterías tan llenas que resulta laborioso alcanzar alguna caja o pieza no quede delante o encima. En el suelo apenas queda espacio para los clientes, y el pasillo y las escaleras que dan acceso a la casa están abarrotados de cosas y cajas, algunas todavía sin abrir.

 

Matildita, Las Salorias y Carlos el sastre

Salgo de la librería y tras pasar la ferretería doblo la esquina y entro en la rúa de la Inmaculada. Un lugar de juegos habitual. Allí nos juntamos después de merendar un buen grupo de compañeras de clase de Atocha: Matilde (la hija de Matildita), Roser (hija de una de Las Salorias), Teté y su hermana Begoña (hijas de Carlos el sastre), Margarita Tenreiro (que vive en el ático de la casa donde está la tienda de Matildita), Dolores Filgueiras (su padre es electricista) y María José Álvarez (hija de un guardia civil destinado entonces en Pontedeume), que viven en la casa grande de la Praza de España, al inicio de la calle. Después de merendar o durante, jugábamos al brilé, a la mariola, a la escondite, al pañuelo… Los portales y las tiendas de la calle también eran en ocasiones escenario de algún juego.

La tienda de Matildita está en la acera derecha de la segunda manzana según se va desde la Rúa Real. Matilde (Tilde), sus dos hermanos y sus padres tienen la casa en la calle de la iglesia, al lado del atrio. Pero pasan todo el día en el comercio. El local tiene un mostrador enorme de madera, paralelo al pasillo de entrada, que divide la tienda en dos. Al fondo está la puerta de la cocina-comedor, una amplia estancia que tiene una ventana al patio de la casa. Allí su madre prepara la comida y la merienda después, en un ambiente familiar. Entramos muchas tardes a buscar el bocadillo acompañando a Tilde. A veces incluso nos quedamos allí, sobre la vieja mesa de madera, haciendo los deberes, antes de salir a jugar a la calle. 

En el local de al lado, siguiendo la misma acera, está la mercería de Las Salorias: la madre y la tía de Roser, una amiga de infancia muy cercana, que mas tarde sería víctima de la droga y el sida. Lo que más me llama la atención de la trastienda de este pequeño comercio, lleno de cajitas de cartón que clasifican puntillas, botones, broches… y expositores de hilos y telas, es la máquina de forrar botones: curioso, tu pones el trozo de tela elegido por un lado y la estructura metálica del botón por otro, y bajas la palanca que presiona y los une. De esta forma, las costureras disponen de material «tuneado» en exclusiva para sus trajes. En este espacio reservado para el trabajo, alejado de la vista de las clientas, también me llama la atención una caja llena de bolas de medias con nombre, es decir, que llevan el dato de cada una de sus propietarias escrito en un papel. Allí, en el rincón, tienen un bastidor para «coger los puntos» y remendar «carreras». Las cajas con los restos de botones, apilados a destajo, nos sirven para muchos juegos… 

Saliendo, en la acerda de enfrente, está el taller de Carlos «el Sastre», el padre de Teté y Begoña. Delgado y alto, siempre serio y bien vestido, en mangas de camisa pero con corbata, atiende a sus clientes primero en una pequeña ventanilla que hay en el mostrador nada mas entrar. Si continúas por el estrecho pasillo, que a la vez es el portal de la casa en la que se encuentra este pequeño espacio comercial, hay una puerta por la que accedes al lugar de trabajo del padre de mis amigas. Allí está la mesa de cortar patrones, con los metros, la tiza y las tijeras. En las estanterías retales y rollos de tela, para trajes. El olor a tergal, tan de moda esos días, impregna todo el espacio. Poco nos podemos entrener allí, a Carlos «el Sastre» no le gusta mucho que entremos, entretengamos su trabajo o le descoloquemos el espacio tan ordenado. Curiosamente, la familia de Teté y Begoña no viven en esta casa. Su hogar, que siempre me pareció muy curioso está instalado en la parte de atrás de la tienda de Pilar la Cacharrera, en la calle de la pescadería, esto es, subiendo a izquierda desde este mismo punto de la Inmaculada. Muchas veces voy con Teté a buscar su merienda. Entramos en el comercio de la cacharrera que, como muchos de esta época, consiste en un pasillo portal con un mostrador de madera a todo lo largo desde el que se despacha a los clientes. Este tipo de tienda se cierra simplemente poniendo unos tablones de madera en los carriles paralelos del mostrador y el techo. Al final del pasillo está la puerta de entrada a la casa de mis amigas. Es simplemente de madera con cristal. Detrás un pequeño distribuidor da acceso a las dos habitaciones, una pequeña salita, una cocina y el baño. 

 

La carnicería de Albino

En la calle de atrás: despachos de RENFE y TABACALERA

Muebles La Mina

La tienda de mimbres de Tenreiro