ALBUM DE FOTOS: Anayet | 23

Algo o «alguien» me despertó a las cuatro de la mañana. Había dormido profundamente, de un tirón desde las once de la noche. Una idea fija se instaló en mi cabeza y ya no pude seguir durmiendo. Nos habíamos resignado a pasar el día en la zona del balneario escalando alguna vía no muy larga en un lugar fresco para evitar el calor. Pero la tormenta de la noche había bajado las temperaturas y así lo constaté al mirar de nuevo la predicción, empujada por ese impulso que me había despertado y que me decía: «¿por qué no acometer el proyecto, tanto tiempo soñado y que nos había llevado hasta allí?…» Subir a la cumbre del Anayet estaba en nuestras mentes desde la primera vez, ocho años atrás, que vimos a lo lejos desde El Portalet aquel pico emblemático. En 2019, Luis pudo escalarla con Lola y Fer, mientras yo me quedaba en el campo base por un problema con mi oído.
Pero algo en mi interior me decía que hoy era el día adecuado, y revisaba la meteo una y otra vez… A las 5, cuando Luis se levantó al baño, se lo dije. Y no hizo falta cruzar ni una palabra más, inmediatamente, como un resorte, comenzamos a prepararlo todo: nos íbamos al Anayet.

Poco antes de las 8 atracamos la nave en el parking de la estación del Portalet. El cielo estaba muy encapotado todavía, con las últimas nubes de la tormenta nocturna. Aún así, esperábamos -por los datos de la AEMET- que la borrasca iría desapareciendo y que prevalecería finalmente el sol. No llovía a nuestro alrededor, pero veíamos las cortinas de agua a lo lejos, hacia el oeste. Con fe ciega y muchas ganas comenzamos el ascenso por las pistas siguiendo la línea de cables hacia la estación alta del telesilla mientras mirábamos como evolucionaban los cambios en el cielo. Poco después de comenzar la senda pedrera que gira hacia el oeste nos cruzamos con dos escaladores que bajaban de los ibones y que habían decidido darse la vuelta ante la amenaza de lluvia que crujía en lo alto. Y es que el ruido de los truenos no dejaba de oírse a lo lejos. Pero, tras intercambiar sensaciones, seguimos con cierto optimismo iluminados por el extraño claro oscuro del ambiente. Ya habíamos rebasado la línea vertical con el refugio de La Glera y ascendíamos por la senda alta de la ladera del barranco de las Culivillas cuando, poco antes de interceptar la senda que sube desde el parking del Anayet, comenzaron a caer unas gotas de lluvia. Nos pusimos los chubasqueros y continuamos trepando un poco mas hasta que finalmente nos detuvimos. Enfrente, hacia el oeste, se oía la tormenta, muy cerca, muy gris… con cortina de agua incluida. Nos lo pensamos un poco y… decidimos entonces dar la vuelta. Retrocedimos mas de 200 metros des-trepando el mismo camino que habíamos hecho. De pronto, dejó de llover y aparecieron hacia el este los claros de sol. Nos invadió la duda. De nuevo, nos detuvimos. Nos sentamos sobre unas piedras dispuestos a esperar unos minutos a ver cómo evolucionaba aquel caos de cielo. El viento del este comenzó a soplar en lo alto, trayendo hacia nosotros un panorama cada vez más amigable, con más claros que nubes. Y fue con esta visión que retornamos al optimismo y decidimos volver a emprender el camino hacia arriba, de nuevo el Anayet nos llamaba con fuerza.

Los mejores regalos de la montaña son estampas que se fijan eternamente en la retina. Aparecen siempre ante nuestros ojos como si un telón se abriera ante ellos o el diafragma de una cámara dejase pasar de pronto la luz. Así, sin avisar… Entonces se hace el milagro y todos los elementos de la escena se componen en exclusiva para ti, para ese momento, porque no hay dos tus ni dos instantes iguales en la inmensidad del universo. Pero, si además esa emoción la rubrica contigo tu compañero de vida, sabes que estás ante algo grande, lo sientes.
Creo que fueron cuatro o cinco pasos los que necesitamos para rebasar la línea del camino que guardaba ese momento. Todo apareció de repente ante nosotros. La pradera verde, los ibones, las vacas y… aquel espectáculo pétreo de formas y colores, rumores lejanos del viejo volcán deshecho. Bordeamos el ibón grande por la derecha buscando la senda que nos acercaba lo más posible al pie de la vía sur clásica, la que había hecho Luis con Lola y Fer para subir a la cumbre, aquel fatídico día en el que yo me tuve que quedar en en el campamento de Panticosa. Había ido a nadar la tarde anterior y me entró agua en mi oído derecho y de nuevo el tímpano me jugaba una mala pasada. Precisamente aquella fue la última vez que me sumergí en el agua, la última sesión de natación de mi vida.
Esta mañana no teníamos pensado escalar, pero Luis quería mostrarme cómo era el trazado de la vía por la que subieron. Al mismo tiempo bordeamos la montaña hasta cruzarnos de nuevo con el camino principal que utilizan los senderistas. Atravesamos un pequeño caos de enormes conglomerados negros grandes formas casi geométricas, después el camino asciende en zigzag por la parte mas rota de la ladera de escoria roja hasta llegar a un pequeño collado en el que soplaba fuertemente el viento. Desde allí la subida hasta la cumbre es muy entretenida, no solo por la belleza del paisaje, también por la originalidad del suelo que vas pisando y, finalmente, por la trepada con cadena incluida en la que nos pusimos el arnés para mayor seguridad. Cuando llegamos a la cima, había un grupo pequeño de franceses sentados en el centro. Esperamos unos minutos a que se fueran y, enseguida, disfrutamos de un buen rato solos. Ahora sí que comprendía la importancia de llegar hasta allí, a aquel mirador circular -a 2.574 metros- que abarcaba decenas de kilómetros en todas direcciones. Al borde del país galo que acababa de acogernos una vez más y del que nos estábamos despidiendo temporalmente. La Canal Roya a nuestros pies elevaba todavía más nuestra emoción.

Tardamos un buen rato en bajar, nos tomamos una manzana y pusimos un poco de música en el altavocito, con baile incluido. Cuando iniciamos el descenso nos cruzamos con un montañero habitual que llegaba a cumbre con la rutina y la prisa del que está acostumbrado a hacerlo casi a diario (nos comentó que pensaba llegar a ver el final de la etapa del tour aquella tarde). Hasta el final del zigzag rojo todo el camino de bajada lo hicimos sin cambios, pero al llegar a la pradera seguimos un track de vuelta que nos metió en un pequeño lío y nos hizo retroceder a través de la hierba encharcada, hasta poder retomar la senda mas usada. En este tramo el camino se ve que de forma anárquica cada uno se mete por donde quiere o por donde puede. De nuevo en la senda ancha y principal, cerca del hito pirámide que hay al inicio de la pradera, comenzamos el retorno «oficial» dejando atrás aquel paraíso increíble de alta montaña. Bajamos por donde vinimos y llegamos danzando, quizá movidos por toda la adrenalina acumulada, al son de las canciones que emitía el altavocito. Eran cerca de las cinco de la tarde cuando llegamos a la nave. Aquí dejo el track grabado del total de este bello recorrido.ALBUM DE FOTOS: Anayet | 23