[20221122 | martes] Pasaban apenas cinco minutos del mediodía cuando despegamos de PuertoJuande aproando hacia el sur, previa parada en el Aldi de Cerceda para aprovisionarnos de algunas cosas que nos faltaban en la despensa. Atravesar Madrid por la M30 siempre es tedioso, incluso a esta hora del mediodía. Abandonamos la comunidad por la A4, después de pelear durante casi dos horas con un tráfico lento que sólo comenzó a despejarse mas allá de la altura de Aranjuez. “Libertonia” es así de espesa e infumable. Ya por tierras manchegas la cosa cambia. Paramos a comer en Valdepeñas, en el parking de Decathlon, pues queríamos aprovechar para comprar un plumas para Luis que se había dejado el suyo en casa. Allí me compré unas zapatillas nuevas. Después seguimos ruta atravesando Despeñaperros y adentrándonos así en tierras andaluzas. Cerca de las nueve de la noche llegamos y atracamos la nave en el ferial de Jaen, un lugar excelente (tranquilo, amplio y seguro) para pasar la noche.
[20221123 | miércoles ] Tras el desayuno subimos dando un paseo al centro de la ciudad. Las calles estaban llenas de obras: nuevo pavimento, rehabilitación de edificios, instalación de adornos navideños…. Había mucho ruido por todas partes. Llegamos hasta la catedral y en la plaza hicimos una foto para enviársela a Olga. Jaén es una ciudad con algunos vestigios de su pasado (cristiano, musulmán y judío) maltratados por el. Subimos hasta la parte alta del casco antiguo y bajamos por las estrechas calles de la judería.
De nuevo en la nave, ascendimos en ella hasta el pié de las murallas del castillo de Santa Catalina (parador nacional). Atracamos en un pequeño parking al lado del merendero que hay antes de llegar al parador. De allí sala una pequeña senda que bordea la ladera, todo a lo largo de la muralla a a cuyo pié se extiende un sector de escalada que queríamos reconocer. Primero fuimos hasta allí sin material y después, tras un pequeño refrigerio en la nave, volvimos con los cachiperres de escalada. Hicimos un par de vías: Nos gusto el sitio y decidimos que volveríamos al día siguiente. Estaba atardeciendo y había ya poca luz.
Bajamos y, antes de volver al ferial para pasar la noche, nos acercamos al Decatlhon para cambiar la chaqueta que se había comprado Luis el día anterior en Valdepeñas por un plumas fino, verde, que sustituirá al viejo (eso espero).
[20221124 | jueves] Pasamos de nuevo una noche muy tranquila, creo que solos en tan amplio recinto, pero de mañana, mientras desayunábamos comenzó a llenarse aquello de coches. Después descubrimos que era día de mercadillo. Lo vimos al bordear por la parte de abajo el recinto mientras ascendíamos de nuevo a las vías de escalada de santa Catalina. Allí estuvimos disfrutando de la pared y el ambiente hasta primeras horas de la tarde. Después, tomamos un refrigerio en el merendero y programamos la partida. Saldríamos a continuación con rumbo a Guadix, donde haríamos noche en el área municipal de caravanas. Las calles mas antiguas de esta bella ciudad del agua sin agua nos sorprendieron gratamente. Edificios bellos de color. Tras el paseo de última hora de la tarde por ellas nos tomamos unas birras de bodega de Estrella en un bar próximo al puente al lado del área donde teníamos atracada la nave,
[20221125 | viernes] Nos despertamos y salimos a buscar inmediatamente unos churros para desayunar. La noche anterior habíamos localizado la churrería, un quiosco muy cerca de donde dormimos. Después del desayuno, aseamos la ave y partimos cara los desiertos y finalmente la costa almeriense. Cerca de la una del mediodía llegamos al primer punto de información del Parque Natural de Cabo de Gata: el centro de visitantes Las Amoladeras, cerca de la playa del mismo nombre. Allí tomamos contacto con la realidad de un entorno natural, reino de rocas y arenales, vegetación y fauna costera características. Y el complejo minero de Rodalquilar. Comenzamos aquí nuestro particular recorrido por el contorno de aquella costa espectacular.
Desde Las Amoladeras nos acercamos hasta la punta del faro y atracamos la nave donde finaliza la carretera. De allí parte hacia el noreste el sendero de Vela Blanca, una pista muy rota que recorrimos con las lanzaderas, parándonos a contemplar los primeros detalles geológicos. Llegamos hasta el centro de comunicaciones y allí franqueamos una puerta que cerraba el paso de la Senda de Vela Blanca, del camino pedregoso que hubimos de seguir durante unos cientos de metros más, hasta la curva que nos permitía divisar a lo lejos la playa de Monsul. Allí dimos la vuelta y retornamos al faro, subimos a la nave, y descendimos hasta el aparcamiento de La Fabriquilla, al pie de playa: preciosa puesta de sol y preciosa noche, aunque por momentos algo ventisca.
[20221126 | sábado] Para seguir nuestro recorrido por la costa del Cabo de Gata tuvimos que retroceder un poco hacia el interior, dejando atrás las salinas y girando después hacia la derecha, trazando en la deriva una especie de semicírculo que nos permitía salvar el pico de La Rellana y el cerro de San Miguel. Nos acercamos de nuevo a la costa por la carretera que lleva y finaliza en San José. Un pueblo de ambiente turístico, semi-desierto en estos meses de invierno, en el que esa mañana se celebraba un bodorrio. Los asistentes, luciendo sus mejores galas, alborotaban las calles vacías. Paramos en un amplio aparcamiento (no compatible con la pernocta, como muchos de por aquí) al lado de un pequeño supermercado en el que tratamos de encontrar algo fresco comestible, sin mucho éxito. Después continuamos ruta por la pista que lleva primero hasta la playa de los Genoveses, donde atracamos la nave. El recorrido por las dunas fósiles comenzó a despertar nuestra inquietud, al darnos cuenta de que región de extraordinaria belleza geológica estábamos comenzando a recorrer. Subimos hasta el Mirador del Morrón, en el extremo sur de la playa, desde donde alcanzamos una amplia vista del litoral, desde el faro del Cabo que visitamos la tarde anterior hasta la punta de Loma Pelada, por donde pasaríamos al día siguiente. Todo a nuestro alrededor, el entorno que cobija esta preciosa playa es un paraje virgen sin edificios, sin tendidos eléctricos, sin chiringuitos, sin carreteras…
Tomamos un refrigerio en la nave y cogimos las lanzaderas para acercarnos por la pista de tierra desde la playa de Los Genoveses hasta la de Monsul, recorriendo ese paisaje aislado entre laderas de roca y vegetación, y el mar. Al llegar a este arenal singular nos cruzamos a la entrada con un bloquero que portaba su craspad, y que nos indicó donde estaban las paredes de las que venía. El tramado gris de aquellas fantásticas formaciones fósiles armonizaba un entorno muy singular, sorprendente. La huella volcánica que se adivina en el macizo de La Peineta, que preside el arenal cortando la playa en dos, o la enorme duna que ya la tarde anterior habíamos divisado desde la pista de la Vela Blanca. A su lado, las paredes de roca cierran la ensenada y flanquean el paso a las calas Palmito y Barronal. En este arenal se rodó la famosa escena de Indiana Jones y la Última Cruzada en la que Sean Conery espanta con su paraguas a una bandada de gaviotas para lanzarlas contra una avioneta nazi que les perseguía.
Después de recorrer la playa retornamos con las lanzaderas a la pista y continuamos su recorrido hacia el sur, hacia el cabo, tratando de unir el hilo del camino en el punto en el que lo habíamos dejado la tarde anterior. Y lo conseguimos, a pesar de que esta pista está muy rota para ser recorrida por las pequeñas ruedas que llevamos. Tuvimos que hacer algunos tramos caminando.
Ya con las últimas luces de la tarde abandonamos San José y pusimos rumbo a La Isleta del Moro donde teníamos pensado pasar la noche en el aparcamiento que hay en la parte alta del pueblo, al lado del mirador. Pero, cuando llegamos, estaba ya completo. Aun así, nos quedamos en el pueblo, atracando la nave en una de las calles principales al lado de la plaza. Teníamos mucha ilusión por conocer La Isleta, de tanto que habíamos oído hablar a La Cuiñas de él. Desde hace años viene todos los septiembres como mínimo por aquí. Tiene muchos amigos y su pasión por este lugar ha arrastrado a muchos de nosotros a conocerla. Subimos hasta el mirador, la noche estaba clara y la vista de la pequeña ensenada era preciosa desde allí. Llamamos en ese momento a Isabel que se emocionó toda y trato de ponernos al tanto de los pormenores del pueblo. Cenamos en La Ola, el restaurante del que tanto nos había hablado, debíamos probar la Lecha, pescado típico de aquí que se hace a la plancha. Pero nos pareció un poco insulsa, sobre todo el pescado en sí y después la preparación. A la espalda, pero sin condimento, resultaba un poco aburrido.
[20221127 | domingo] La Isleta del Moro es quizá el único pueblo de Cabo de Gata que ha sabido conservar su sabor tradicional y marinero. De hecho, es el único que hemos visto con cierta vida local, a pesar de que se notaba el vacío de gente y el cierre invernal de algunos locales. Tiene un pequeño puerto con embarcaciones de pesca. Este lugar se convertiría en los días siguientes en nuestro campamento base. Nada mas despertarnos, y antes de desayunar, subimos hasta el mirador a ver la salida del sol, ya que la noche anterior Isabel nos había dicho que en este lugar siempre disfrutaba enormemente de los amaneceres.
La mañana del domingo la aprovechamos para movernos hasta la playa de Los Escullos, donde atracamos la nave y contemplamos la enorme y bella duna fósil que hay en su lado sur, al lado del complejo hotelero. Desde allí, de nuevo con las lanzaderas, recorrimos gran parte del sendero de Loma Pelada la pista de tierra que une este lugar con San José. Ese día se celebraba una carrera ciclista por cerrando en círculo ese recorrido, rodeando con amplitud todo el macizo de Los Frailes. Gran parte del recorrido hubimos de hacerlo andando por lo roto del terreno y la debilidad de nuestras ruedas. Llegamos aproximadamente hasta la altura de la cala de Las Hermanitas. Allí, ya divisando la bahía de San José nos dimos la vuelta tratando de rescatar a un perro perdido que se había alejado demasiado del zoquete que lo tutela. Finalmente supusimos, cuando encontramos al macarrilla en su coche por la pista prohibida, que se trataba de una práctica habitual que el tipo realizaba a menudo para zafarse de la prohibición y poder recorrer con su deportivo todoterreno esas pistas. Nos dijo al verlo, cuando le comunicamos que su perro se había perdido, que no nos preocupásemos pues tenía un collar con GPS y que él localizaría enseguida. En fin, cousas veredes…! Nosotros, a lo nuestro, retornamos a la nave y buscamos un sitio para hacerle el aseo. Realmente sólo teníamos la urgencia de vaciar poty, pero es que en todo el parque de Cabo de Gata todos los servicios son de pago. Tuvimos que sucumbir e ir al camping de Los Escullos donde nos cobraron 5 € sólo por depositar nuestras heces. Aprovechamos entonces para darle un fregado exterior a la nave, que falta le hacía. Después nos fuimos corriendo a La Isleta con la idea de hacernos con una buena plaza en el aparcamiento bueno y con vistas. Cuando llegamos estaba lleno de coches, domingueros que habían venido a comer a los restaurantes del pueblo por lo que decidimos esperar un rato y casi al momento nos hicimos con un buen lugar. Aseada y limpia, la nave permanecería allí mismo sin moverse al menos dos días.
[20221128 | lunes] Hacia Rodalquilar, el pueblo de las minas y El Playazo aproamos nuestras lanzaderas la mañana de este lunes soleado. El día estaba precioso, la carretera muy tranquila. La primera parada, obligada, el mirador de La Amatista, antes de la pequeña subida al colladito que separa el valle de Rodalquilar de este lado de la costa. El paisa nos va sorprendiendo en cada avance. La vegetación en las laderas costeras, las formaciones rocosas aquí y allá. Difícil describir las sensaciones. Sólo volviendo a ver las fotos, éstas se renuevan en mi mente. Al llegar al pueblo minero, antes de adentrarnos en él, continuamos por la carretera hasta El Playazo, precioso arenal, un lugar idílico para quedarse y hacer campamento durante unos días. Pero, como siempre por estos lugares estaba expresamente prohibido. Aún así, había algunas caravanas que parecían llevar allí unos días atracadas. Con las lanzaderas subimos un poco por la pista hasta el Castillo de San Ramón. Poco más se podía hacer. Aún así, suficiente recorrido para reconocer la pequeña ensenada.
Con la idea de retornar otro día con la nave y pasar allí las horas centrales de sol al menos, abandonamos el lugar y nos acercamos al pueblo, y subimos hasta el complejo minero. Desde allí arriba se divisaba un valle muy peculiar, lleno de formaciones que sólo los geólogos pueden descifrar. Desde las antiguas edificaciones en ruinas continua una pista amplia y terrosa, de explotación, que recorre todo el entorno minero. Continuamos por ella un buen trecho. El lugar lo merecía, en las laderas se veían las marcas de las excavaciones realizadas décadas atrás, Casi se podían oír los ecos de las máquinas, el rugir de los camiones y cintas transportadoras, y el martilleo de los operarios. Ahora, sólo el silencio roto por el traqueteo de nuestras lanzaderas. Llegamos hasta la altura del tunel para pasar al mirador del pueblo minero de San Diego.
Cuando bajamos al pueblo paramos en una tienda a comprar unas botellas de agua, las que podíamos transportar cómodamente en nuestras mochilas, ya que en La Isleta el supermercado de Sara, el único del pueblo estaba cerrado por vacaciones y no había otro modo de conseguir agua potable por aquellos lares. Al llegar a La Isleta probamos de nuevo suerte en La Ola, nos fuimos directamente con las lanzaderas a comer allí, a la terracita con vistas a la pequeña playa que tiene enfrente. Con las últimas horas de la tarde recorrimos la pequeña senda que parte desde el mismo aparcamiento donde tenemos atracada la nave y termina en la playa de Los Escullos. Paisaje con vegetación dunar curioso y un poco árido.
[20221129 | martes] Pasamos la mayor parte del día atracados en El Playazo, discutiendo un poco y disfrutando después del aquel paraje. Recorrimos el sendero de La Molata que parte del arenal hacia Las Negras. De nuevo un paisaje sorprendente y fosilizado. En las lomas mas altas, peladas por la vegetación, se adivinaban formaciones de coral que en un tiempo muy muy lejano debían presidir bellos arrecifes bajo el agua. Con la lupa llegamos a ver en las rocas pequeños organismos fosilizados. En realidad, por todo el camino, Luis iba descubriendo marcas en las piedras que constantemente pisábamos para avanzar. Cuando llegamos al mirador de Las Negras, sobre la cala del Cuervo y el camping La Caleta, nos dimos la vuelta.
A media tarde retomamos nuestra ruta por el parque de Cabo de Gata, de nuevo la carretera nos lleva hacia el interior para después traernos de nuevo a la costa, al pueblo de Agua Amarga donde teníamos pensado recalar, en el aparcamiento privado de caravanas. No había otra. Aún así, tuvimos suerte ya que como estaba en obras, estaba de rebajas y la estancia (finalmente dos noches consecutivas) nos salió barata. El lugar era tranquilo y allí mismo comenzaba la senda que pensábamos acometer al día siguiente.
[20221130 | miércoles] Buena caminata nos dimos hoy. casi 15 kilómetros con un desnivel positivo de 508 metros, para hacer un recorrido precioso entre Agua Amaga y Las Negras. Llegamos a lo alto del barranco de San Pedro, donde comienza la bajada a la playa y caserío bohemio del mismo nombre. Desde allí la vista del litoral alcanzaba todo el arco hasta el faro de Punta Polacra, cerrando así la línea litoral que habíamos empezado a recorrer el viernes por la tarde en el cabo que da nombre a este espectacular parque. La ruta de hoy nos llevó a playas preciosas como Cala de Enmedio o Cala Plomo. Un paisaje de entradas y salidas por la línea litoral. Sorprendente hacia el interior.
[20221201 | jueves] Cambio de tiempo, el día amaneció lluvioso y desapacible, nada que ver con los días anteriores. Lo sabíamos y por eso habíamos planificado para hoy acercarnos a Carboneras. Un pueblo del que no teníamos muchas esperanzas ni nada interesante que hacer al aire libre. Sólo queríamos llegar a este punto para finalizar el recorrido por el parque. Aprovecharíamos para hacer acopio de víveres en el Mercadona. Aún así, tras la compra, dimos un paseo por las calles del pueblo. Un ambiente entre turístico-veraniego e industrial. Tomamos un refrigerio en el mismo aparcamiento del surpermercado mientras trazábamos nuevo rumbo. Decidimos volver a La Isleta, ya que era el corazón del espacio mas bonito de todo el parque y pasar allí unos días, disfrutando de la tranquilidad del pueblo. Cuando llegamos, a media tarde, no había sitio para atracar la nave. Pero nos pusimos enfrente con la esperanza de que alguno de los coches pequeños que ocupaban plaza se retirasen en breve. Y así fue, tuvimos suerte y logramos atracar en un buen sitio. Disfrutamos del resto de la tarde paseando por las calles de La Isleta, recorriendo cada rincón. El ambiente estaba un poco fresco.
[20221202 | viernes] Somos volubles y los planes los hacemos y deshacemos con facilidad. Durante el desayuno hablando de lo que haríamos los próximos días decidimos aproar al otro extremo peninsular y poder así acercarnos a los fastos que se estaban organizando en A Orela para celebrar la jubilación de Isa. Yo tenía mucha ilusión por ir, pero sobre todo al principio. A Luis no le apetecía mucho por lo que yo ya había descartado la posibilidad de asistir a la juerga. Pero fue en esta mañana, cuando él me dijo que podíamos ir a Pontedeume, que sabía que yo tenía muchas ganas y que no quería que me lo perdiese. Al mismo tiempo hablamos de que había que cambiar el aceite a la IPAR. Pensamos que estría bien hacerlo cuanto antes para librarnos de esa tarea y buscamos un taller en Almería. Llamamos y el recepcionista no pareció muy dispuesto a atendernos. Así que pensamos que quizá, camino de Galiza, podíamos pararnos en algún taller. Y lo encontramos, estupendo, nos atenderían al día siguiente, sábado por la mañana, en Córdoba. La idea nos pareció muy buena, la Man estaba muy cerca del centro de la ciudad y así podríamos dar un paseo con las lanzaderas mientras los operarios hacían el trabajo. Trazamos pues rumbo al fisterra atlántico, recorriendo toda la costa sur almeriense para empezar. Antes de salir, buscamos un sitio para pasar la noche siguiente, sería a las afueras de Córdoba en un pueblo con un AAC municipal muy bien valorada. Llamamos en ese momento al ayuntamiento de Castro del Río pues en los comentarios indicaban que había que pedir una clave de acceso para el recinto, cerrado con una cancela. Y así, una vez todo preparado, la ruta trazada… abandonamos con cierta pena La Isleta y le dijimos adiós a Cabo de Gata, tras haber pasado una semana en este extremo peninsular que tanto nos ha sorprendido y gustado.
Por la autopista de la costa atravesamos el espectacular mar de plástico de El Ejido, un impresionante paisaje artificial que se confundía en su reflejo de la luz solar con el mar que se intuía muy al fondo, tras la basta extensión de lonas. Kilómetros y kilómetros interminables de recorrido. Paramos en un polígono de la ciudad para echar combustible a la nave. Al dejar atrás aquel espeluznante paraje, comenzamos a adentrarnos en las estibaciones de Sierra Nevada y el paisaje se volvió de pronto muy amigable y bello. A lo lejos las altas cumbes, coronadas de nubarrones grises, mientras nos acercábamos a la bella Ganada. Entramos en la ciudad a comprar los alfajores para la navidad, en la pastelería que Luis tenía ya buscada desde hacía meses. De hecho, su idea era pedirlos en remoto, pero la oportunidad se nos brindaba esta tarde perfecta. Atracamos en una calle muy cerca del establecimiento y mientras esperábamos a que abriese, a las 4,30, tomamos un pequeño refrigerio.
Cuando llegamos al AAC de Castro del Río, donde teníamos planificada la pernocta, era ya noche cerrada. Cansados como estábamos apenas pudimos hacer nada más que prepararnos una rica cena y descansar.