[20210521 | lunes] Poco después de la once de la mañana salimos de Puerto Juande con las coordenadas de San Esteban de Gormaz en el navegador. Ése sería el primer destino para aterrizar en una provincia que tanto nos iba a ofrecer. En este pueblo finalizamos nuestra última aventura fuera de la Comunidad de Madrid, en octubre, antes del estado de alarma. Así que nos pareció el lugar oportuno para comenzar de nuevo y no nos equivocamos. Es una villa muy bonita y tranquila, paseamos por sus calles antes de comer y visitamos las iglesias de La Virgen del Rivero y San Miguel. Esta última nos gustó más no sólo por sus originales muros sino también por el rincón en el que estaba instalada, en lo alto de una calle toda florida, con olor a rosas. Al pie de las ruinas del castillo de San Esteban pudimos ver el amplio mosaico de bodegas que albergan seguro ricos caldos de la Ribera del Duero. Ya en la furgo nos tomamos un pequeño refrigerio de salmón ahumado, queso do Cebreiro y tomate.

Continuamos ruta hacia el Parque del Cañón del Río Lobo, habíamos oído hablar muchas veces de este lugar y nos quedaba de camino a la Laguna Negra de Urbión, otro de los destinos que teníamos previsto visitar en este viaje. Aparcamos en la Casa del Parque del Cañón (cerrada por supuesto) donde comienza una pequeña senda que sube al Mirador de Las Gullurias y vuelve hasta el aparcamiento por la parte baja, siguiendo el cauce del lecho del río.

Hicimos noche en el área municipal de Hontoria del Pinar, muy buena por cierto, al lado del río. Después de cenar nos dimos un paseo por las calles tranquilas, no vimos a nadie.

 

[20210522 | martes] Después de desayunar aseamos la nave. No es que lo necesitara mucho pero aprovechamos el área para vaciar grises y semi-negras, y llenar de agua potable las botellas. Antes de abandonar el pueblo fuimos a ver el antiguo puente romano sobre el río Lobos por el que pasaba la calzada que nía las ciudades de Clunia y Uxama. También tratamos de comprar, sin éxito, un bote de pisto que Luis necesitaba para preparar las lentejas.

Llegamos a Vinuesa poco antes del mediodía. En este pueblo hay un aparcamiento bastante bueno para pernoctar al lado del río. Lo utilizaríamos por la tarde y ahora, para visitar y tomar contacto con este bello pueblo. Paseamos un ratillo por sus calles y aprovechamos para comprar mantequilla en una pequeña tienda que hay subiendo por la Calle Reina Sofía, cerca de la plaza del ayuntamiento. En ésta, trabamos de tomarnos unos torreznos en la terraza del bar El Pescador, pues al parecer tienen fama de muy buenos. Pero nos quedamos sin constatarlo. La tabernera nos dijo que sólo fríen los fines de semana, de viernes a domingo.

Volvimos a la nave y salimos rumbo a la Laguna Negra. Es todo un lujo disfrutar de estos lugares casi en soledad. Prácticamente no había nadie en el aparcamiento de arriba, al que se puede acceder sin restricciones en esta época del año un día como hoy de diario. Allí comimos un poco de jamón y tomamos un café antes de recorrer los escasos 200 metros que nos acercarían por una senda de piedra bien pavimentada hasta la orilla de la laguna. Nada más llegar a la pasarela de madera que la recorre por el lado sur nos impresionó, como no podía ser de otro modo, la estampa de aquel impresionante «charco» verde (no negro) bajo el paredón de caliza que lo corona por la cara norte, La enorme composición glaciar de este paisaje emociona y se comprende mejor subiendo por la senda que te acerca hacia la cubre del Urbión. No íbamos a llegar a la cima esa tarde, ni mucho menos. No nos lo planteamos porque la pierna de Luis no está para excesos. Bastante que subimos hasta la llanura  por encima de la brecha y desde allí divisamos la cumbre del pico que corona esta sierra. Allí lo dejamos con sus neveros para otra ocasión, con idea de hacer el recorrido completo algún día próximo.

Bajamos de nuevo a Vinuesa y allí Luis preparó unas riquísimas lentejas. Estaba atardeciendo y la estampa aparcados al lado del río, con las casas y el pueblo tan cerca, nos inundó de paz. Tras la cena, pasemos un poco pero hacía mucho frío y nos volvimos enseguida a la nave.

 

[20210523 | miércoles] La mañana estaba muy luminosa. El cielo impecablemente azul. Desayunamos y mantuvimos una buena charla con Lucas. Después nos dirigimos sin dudarlo a buscar las fuentes del Duero. Recorriendo la carretera río arriba que tanto había estudiado tiempo atrás, trazando la ruta para el proyecto de viaje a lo largo del río. Molinos de Duero, Covaleda y Duruelo de la Sierra, nombres tan familiares… Desde el último sube, antes de entrar ya, sube a la derecha la pista que lleva a través de bosques de pinos a las fuentes. Nuestro plan era acercarnos un poco a reconocer esta zona. No estamos para grandes senderos, pero el día invita a reconocer este paraje. Antes de continuar, tengo que apuntar aquí que éste ha sido uno de los días mas bellos y completos que he tenido en los últimos años. Lo hemos aprovechado al máximo y es que el lugar y la oportunidad nos vino regalada.

Llegamos a Castroviejo y allí detuvimos la nave. Qué lugar tan bello. Hoy, tan solitario. El paraje es increíble. Estaba todo muy verde. El bosque salpicado de enormes formaciones rocosas con formas caprichosas y pasadizos que trazan senda. Fuimos entre todo esto caminando hasta la Cascada de La Chorla. Qué espectáculo. La luz del mediodía, como no podía ser de otro modo, lo iluminaba todo y lo llenaba de tonos y colores. Estábamos solos en el mundo. Permanecimos un buen rato sentados allí, delante de la cascada. Todo el recorrido estudiando las rocas sedentarias, sus colores, sus formas… desde alguna de ellas nos sentamos para disfrutar de la panorámica del valle. Tan verde, tanto bosque. Sólo dos manchar urbanas en tan amplia visión: Covaleda a la izquierda y Duruelo, abajo, a nuestros pies. Todo lo demás, hasta donde llegaba la vista, y era mucho, solo árboles y montañas.

Ya en la nave, preparamos unos huevos a la plancha con judías verdes. Se estaba de cine. Solos, toda la furo abierta y disfrutando del paraje, bajo los rayos del mediodía solar y el sonido recurrente de los pájaros que no se habían ido con el 5G. Nos hicimos un café tranquilos y ya, cuando pensamos que había que moverse para tener tiempo a llegar a nuestro siguiente destino, despejamos la pereza arropada por el bienestar que nos proporcionaba aquel lugar, en aquel momento. Antes de bajar de la zona, nos acercamos a la otra cascada, la de la Cueva de la Serena. Aparcamos el coche al lado del pequeño sendero que acerca al caminante al lugar. Enseguida hicimos la visita pues no mereció mucho la pena. El entorno, mas bien sombrío, no lucía apenas teniendo en cuenta de lo que habíamos visto y vivido horas antes.

Todavía nos quedaba mucha tarde por delante, es lo que tienen estos meses de mayo-junio. Y la siguiente visita nos iba a dejar deslumbrados. Dirigimos nuestro hacia Quinanar de la Sierra con objeto de visitar las Lagunas de Neila. Al atravesar Duruelo vimos que había un área municipal de autocaravanas. Paramos para vela, está genial, y aprovechamos para vaciar aguas.

Lo que vivimos en el paraje de las Lagunas de Neila cuesta un poco describirlo. Todavía resuenan en mi cabeza los sonidos del silencio de aquellas montañas, el tenue sonido del poco viento que soplaba aquella tarde, el croar de ranas y sapos entregados a lo suyo en los humedales, y pájaros, muchos, porque este año están todos en muchas partes cantando su alegría de vivir en un cielo con menos tráfico aéreo. Eran entre las 6 y las 7 de la tarde, cuando disfrutamos de uno de esos momentos inolvidables. Sentados en la pequeña rampa de acceso al refugio Laguna Larga, entre la laguna Negra y la laguna Larga, reposamos nuestras mentes, olvidándonos de todo, y nos mirábamos sorprendidos. No había nada más que todo aquello a nuestro alrededor, que no era poco. Ningún rastro humano que nos alejase de aquella paz. Al fondo y a lo lejos las cubres de la Demanda.

Pero el reloj, implacable, no marcó el límite. Teníamos que volver a boxes aquella misma noche y todavía quedaba un largo camino por recorrer. Volvimos, como es nuestra costumbre, por carreteras de segundo que para nosotros son la «primera» opción. A través de un atardecer de cine panorámico entre llanuras verdes y doradas por el sol. Paramos a cenar al pie del Castillo de San Esteban de Gormáz, viendo la puesta de sol por la ventana de babor. LLegamos a Puerto Juande poco después de las 23 horas.

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