[0927-1004]

De vuelta en Saint Llorens de Montgai

Más de dos años sin volver a éste, uno de nuestros santos lugares. Teníamos que mostrarle el camino a la nueva nave, como hicimos en su día con La Cali. La llegada, el domingo por la noche, fue muy emotiva. El olor característico del Segre y el buxo que inunda estas laderas, las siluetas tan familiares de las crestas recortadas sobre el cielo de luna casi llena… y, sobre todo, las luces del pueblo. Todo un recibimiento!

Atracamos y pernoctamos en el aparcamiento de arriba, enfrente a la Cresta Coma de Gelis. Sería el preludio de un viaje por Catalunya lleno de sorpresas. La primera, ya, al día siguiente.

Por la mañana fuimos a escalar a La Formiguera. Hicimos La You, una pequeña vía de tres largos que nos sirvió para poner pies y manos en Montgai. Bajamos de la cumbre caminando, descubriendo un nuevo modo de descender de La Formiguera sin los incómodos rápeles. Habíamos dejado la nave en el pequeño aparcamiento que utilizamos otras veces para montar campamento. Al llegar allí nos encontramos que al lado se había puesto una furgoneta amarilla con el logotipo de 4 Piedras. Enseguida pensamos que se trataba de alguien conocido, o al menos alguien cercano a Dani y/o Mónica. Por la forma y el color, nos parecía la furgo de Saúl. En fin, que allí nos quedamos con la disquisición mientras disfrutábamos de nuestra estrella con patatas, sentados en la mesa de estribor.

Mientras especulamos con que alguna de las cordadas que veíamos en la pared de enfrente podría ser la de Saúl, nos sorprendió de lleno ver aparecer por popa el morro de una Beni. Igualita a la de Lola y Fernando. Y, como no podía ser de otro modo, ellos estaban dentro. Tremenda sorpresa! Curiosa, porque desde que había llegado a Saint Lorens una nostalgia me invadía sin tregua. Todo me recordaba a otro tiempo, a los muy buenos momentos vividos con mis amigos en estas paredes, y sobre todo, en estas campas. Hacía meses que nos nos veíamos a causa de la pandemia y las comunicaciones eran cada vez mas escasas. De hecho, la sorpresa fue exactamente igual para los cuatro. Ni ellos, ni nosotros, sabíamos de la intención de venir a este lugar que tanto compartimos y que tan buenos recuerdos tiene para nosotros: Lola y Fernando, nos lo enseñaron. Casi parecía una traición viajar hasta aquí sin ponernos de acuerdo. Con su llegada se aclaró el misterio de la fugo amarilla en la que habían venido Patricia y Paloma. Los cuatro participaban de una quedada de Granito, a la que se unirían unas horas mas tarde César y Trotoncillo.

En los días que siguieron todo transcurrió de modo muy distinto al que habíamos previsto cuando llegamos. Tuvimos oportunidad de acercarnos a Lola y a Fernando y aclarar un poco la nube de desencuentros que se había interpuesto entre nosotros. Lola, tan cariñosa y comprensiva como siempre, se mostró muy conciliadora y ojalá este tiempo haya servido para recuperar un poco al menos, para el futuro, aquellas risas que nos echábamos juntas en el pasado. Aquellos momentos que, hoy, tanto echo de menos!

Estuvimos juntos hasta el sábado y mas o menos la rutina diaria era la misma, a excepción del viernes que llovió todo el día. Luis y yo hacíamos nuestra cordada aparte, pues nos parecía más correcto mantener la distancia social siguiendo las recomendaciones sanitarias. Al acabar, por la tarde noche, nos juntábamos para el momento cerveza y, después, la comida-merienda-cena del día, con el vino y la tertulia habitual. Bajo el toldo y embutidos en los plumas, como en los «viejos tiempos».

Luis y yo tuvimos oportunidad de intentar por tercera vez Los Diablillos. Bien provista de estribos y con mi amiga la fifi esta vez esta vía no se me resistiría. Y así fue, a pesar de que el esfuerzo fue supino, teniendo en cuenta además la falta de entrenamiento de los últimos meses. Al día siguiente hicimos otra vía pequeña que Luis tenía pendiente, La Catefer. Un diedro y un pequeño espolón que nos hizo pasar un buen rato, divertido. El último día de escalada en Saint Llorenc, volvimos a la Formiguera donde hicimos dos vías de tres largos encadenadas por sus rapeles.

El sábado nos fuimos todos hasta la pared de la ermita Santa Ana, en la Noguera Ribagorzana. Un lugar que nos había recomendado Lluis y que resultó ser muy bonito. Nosotros llegamos mas tarde que ellos, no teníamos intención de escalar y nos dedicamos con calma al desayuno. Además, paramos a comprar pan en Alfarrás [panadería: Forn Marqués], una hogaza con olivas muy rica. Cuando llegamos, ellos ya estaban en la pared y nos entretuvimos haciéndoles fotos [entrada en el blog de Ferando]. Subimos hasta la cumbre por el camino de bajada que es, precisamente, una escalera muy cómoda que da acceso al poblado de la central del embalse que hay al lado de la ermita. Un lugar muy curioso, hoy abandonado pero que debió tener cierto esplendor no hace mucho tiempo.

Ellos decidieron regresar a Madrid poco después de bajar de la vía. Nosotros, nos quedamos en la zona para intentar escalarla al día siguiente. Y así lo hicimos. Subimos hasta aquella cresta que finalmente no resultó ser tan vertiginosa como nos pareció el día anterior.

Por la tarde, tras un pequeño refrigerio, decidimos marchar hacia Malanyeu. De camino, por carreteras de segunda y con toda la calma, pudimos conocer Solsona. La ciudad de los gigantes. La noche la pasamos en Berga, en un furgoperfecto muy tranquilo ubicado en el centro.

 

[1005-1008]

Descubriendo Malanyeu

Utilizamos la mañana del lunes para aprovisionarnos y conocer el pueblo de La Patum [Berga], aunque hasta ese día no sabíamos de qué se trataba y lo bonitas que eran sus calles mas antiguas. Compramos dos hogazas de pan y un surtido de magdalenas en Forn artesá l’Espurna. El pan, hecho con harina de tritordeo, resultó ser un rico descubrimiento, pero las magdalenas nos decepcionaron un poco.

Por la tarde subimos a Malanyeu e inmediatamente comenzó nuestro asombro. Lluis nos había recomendado hace ya unos años este lugar de escalada, como uno de los mas bellos que conoce, y como siempre su sugerencia no nos defraudó.

Llegamos a primera hora de la tarde y aparcamos en el lugar donde el estrecho asfalto termina y comienza la pista de tierra bien conservada, de un ancho similar. Estábamos en la parroquia de San Sadurni, cuya iglesia rodean tres casas y un viejo cementerio de hierro y piedra. Al fondo, tras esta bucólica estampa vemos la pared vertical de granito, recortando la verde panorámica.

Difícil describir todo lo que nos rodeaba, y más difícil si cabe narrar las sensaciones que vivimos nada mas llegar. Un sentimiento nuevo de reseteo y paz, de belleza y tranquilidad. Habíamos aterrizado sin saberlo en un pequeño paraíso, que nos aguardaba desde siempre para apartarnos de todo y acercarnos más a nosotros mismos. Así lo he comprendido, porque así me he sentido durante los cuatro días siguientes.

Tuvimos que buscar una fuente, transportar agua en baldes y botellas desde un manantial muy escondido que descubrimos hurgando en mapas. No habíamos previsto el aislamiento y el depósito de la nave no estaba muy lleno. Hacíamos el trasiego al atardecer, después de escalar, con la última luz del día, apoyados en una ocasión con los frontales. La sensación de estar solos en el mundo nos envolvía cada noche. Lo de menos era ya lo divertido de la escalada o los innumerables rápeles encadenados. Los paseos por el bosque, las aproximaciones, el paisaje de alta montaña, aquellas laderas llenas de pinos y abetos enormes, avellanos, buxos…

Aprovechamos los días de muy buen tiempo hasta el último momento. El jueves por la tarde bajamos porque se acercaba la tormenta. Amenazaban ya las nubes por encima de Pena Forcada al noroeste. El pronóstico no era nada bueno para los días siguientes. Además, la nave ya estaba a límite. No habíamos previsto el aislamiento y allí no había forma de hacerle el aseo pertinente.

 

 

[1008-1010]

De regreso a casa

Habíamos quedado con los hijos que estaríamos de vuelta el sábado por la tarde ya que ellos tenían pensado pasar el fin de semana fuera y había que hacerse cargo de los perros. Algo tan prosaico como esto nos hizo volver con cierta prisa. Pero el camino habría de ser interesante y también divertido. Con pena nos fuimos alejando de Malanyeu, pero nos consolaba el que los días siguientes en aquel lugar se esperaba un tiempo muy desapacible, no así en el recorrido que teníamos pensado hacer durante las siguientes 48 horas.

Primera parada: Navarcles, donde realizamos el aseo de la nave en el área municipal de caravanas. Con aguas sucias fuera y aguas limpias dentro, seguimos nuestra ruta por «interminables» autopistas y carreteras. Después de vivir unos días tan apartados en la montaña, tanta urbanidad y vehículo, sobre todo camión, se nos hacía infumable. Queríamos pasar la noche en Riglos y tratar de escalar la Aguja Roja al día siguiente. Llegamos con el atardecer ya muy avanzado, apenas se veían los mallos pues, y esto nos extrañó, además estaban sin la iluminación nocturna habitual.

Por la mañana, al ver la cantidad de gente que estaba por allí, decidimos poner «pies en polovorosa» y dejar la escalada para otro momento. Aprovechamos para acercarnos a Aguero, a conocer sus mallos. En aquel pueblo el ambiente era muy distinto, lo comprobamos nada mas llegar. Prácticamente no había gente, nos cruzamos con algún vecino y un par de senderistas despistados, nada más. Recorrimos las calles para ir desde donde habíamos aparcado, en la parte baja, hasta la senda que sube a las vías de escalada. Las calles y las casas (cada una con su nombre identificativo) estaban muy bien cuidadas. Fuimos hasta la panadería pero la encontramos cerrada. Las vistas del pueblo y desde el pueblo eran preciosas. Nos fuimos con idea de volver en otro momento y aparcar en la pequeña explanada verde que hay al lado de los mallos.

Antes de abandonar Aguero subimos a la ermita de Santiago por una pista que sale a la izquierda saliendo del pueblo y allí aprovechamos para comer algo y descansar.

Por la tarde, cogimos la carretera que sale desde Ayerbe hacia Ejea de los Caballeros rumbo a Soria, pasando por Tudela, Tarazona y Agreda. La conocíamos en gran parte, ésta era la tercera vez que pasábamos por allí. Es tranquila y muestra paisajes bonitos para ir sin prisas.

Llegamos al pueblo de Machado al atardecer, aparcamos al lado del cementerio y, tras pasar al lado del Olmo Viejo recorrimos el casco antiguo sorprendiéndonos con el ambientazo de gente que paseaba por la zona más comercial. Las terrazas de los bares, había muchas, estaban llenas. La foto es delante del Palacio de los Condes de Gómara. Nos distrajimos un rato con la portada de la iglesia de Santo Domingo, románica del siglo 12. También atravesamos los restos de la antigua muralla a la que están adosadas algunas casas y nos acercamos a la puerta de la Alameda de Cervantes.

Antes de abandonar Soria repostamos la nave en el un polígono, en un surtidor apartado (Eureka) un tanto siniestro pero con un precio muy bueno. Después, nos dirigimos a Calatañazor. Allí hay un área de autocaravanas, sin servicios. Esperábamos estar solos pero, cuando llegamos, nos encontramos el espacio casi lleno. Cenamos y a descansar!

Por la mañana recorrimos este curioso pueblo. Sus calles, cargadas de historia, se iban llenando de turistas. Es uno de esos pueblos-escenario, que han pedido su personalidad local y cotidiana. Fue un paseo curioso pero resultó un tanto aburrido. La villa, famosa por acoger a Almanzor y su tambor en su guerra contra el cristianismo, no evoca ni recrea esa historia por mucho que se esfuercen sus tiendas de «souvenirs» y asadores.

Enseguida nos marchamos en dirección a El Burgo de Osma, nuestra nueva parada. Nos esperaba una localidad histórica y monumental, de calles asoportaladas, al igual que su plaza mayor. Con la sobriedad característica de las villas castellanas y con el bullicio típico de la última hora de la mañana de un sábado de octubre. Turisteo, compras y tapeo…  La catedral, las murallas, el puente el castillo… símbolos del poder nobiliario y religioso de esta ciudad. Aparcamos en un área de autocaravanas municipal que está muy cerca del Puente del Burgo y que estaba abarrotada de naves de viajeros que, como nosotros, acudieron a la llamada del imán de esta joya soriana. Nos dimos un paseo sin más. Tampoco disponíamos de mucho tiempo. Antes de abandonar la localidad nos acercamos a un Eroski que había cerca del parking para comprar algo de fruta.

Ya en el último tramo de viaje a casa, a poco de abandonar Osma, paramos en San Esteban de  Gormaz a tomarnos un refrigerio en La Alameda, un área recreativa que hay a orillas del Duero, tras pasar el Puente Medieval de San Esteban. Un buen descanso y un buen café. Después retomamos la ruta por la carretera de Avila, pasando por Riaza, hasta enganchar la A-1 a la altura de Cerezo. Llegamos a Puerto Juande a última hora de la tarde. Sólo el hábitat canino de la casa nos esperaba. Pero, eso sí, nos recibió con mucho cariño!