[202111.07 | domingo] Salimos de PuertoJuande rumbo al país catalá poco después del mediodía. Teníamos intención de llegar a dormir, por lo menos a Berga. Sabíamos que el viaje se haría un poco pesado ya que anochece pronto en estos días de otoño. Cerca de las tres de la tarde paramos a hacernos un bocadillo en ruta, sin salir de la autopista. No queríamos perder horas de luz y tiempo, nos íbamos turnando sin bajar de la nave. De camino, como ya va siendo habitual, paramos en Arcos de Jalón a reponer combustible. Llegamos a la capital de La Patúm alrededor de las 21:00 h. Atracamos en el parking municipal que ya habíamos utilizado otras veces, al fondo, cerca de la zona de tierra. Descanso, cena y a dormir.

[202111.08 | lunes] Una pena porque no fue hasta la mañana siguiente que, buscando un área para poner a punto la nave antes de subir a nuestro paraíso en las montañas, no nos enteremos que la noche anterior habíamos pasado cerca de una muy buena, en Gironella. Hasta ella retrocedimos 10 kilómetros esa misma mañana, nada más levantarnos. Después subimos a Malanyeu.  La mañana estaba preciosa, ni una nube manchaba el cielo. Atracamos al lado de la escuela, como la otra vez, con vistas a Pedraforca y allí disfrutamos de un buen desayuno, haciendo planes para el día. La Pared del Devesó nos esperaba, iluminada ya con la luz solar mientras nosotros todavía permanecíamos en sombra.

Cargados ya con los cachiperres, bajamos por el camino bordeando la iglesia.  Eran las 11:45 h. Lo cierto es que hasta entonces el sol no calentaba lo suficiente como para animarnos a comenzar nuestra actividad. Después, la temperatura pasó de agradable a llegar incluso a incomodar en algún momento cuando ya estábamos trepando por la pared. Para calentar ese día el ambiente berguedano elegimos la vía Doraimon, que el año pasado habíamos dejado por sencilla y hoy nos pareció, sobre todo a Luis, la más indicada para probarme yo, pues era la primera vez que, tras la última lesión, me disponía a abordar una vía clásica. Se nos dio bien y resultó bastante entretenida a pesar de todo. Cuando llegamos a la cumbre nos encontramos con que la instalación de rappel estaba desequipada. No nos extrañó mucho ya que el último largo estaba bastante roto, con muchas piedras sueltas y supusimos que lo habían desmontado para evitar que la gente bajase por allí,

Estábamos dispuestos a bajar por el camino que comienza en la cresta, aunque nunca lo habíamos hecho y no sabíamos si lo íbamos a encontrar fácilmente. Nos daba un poco de pereza porque, además, teníamos que retornar al píe de vía a buscar mis zapatos y mi chaquea. Nos pareció que se estaba haciendo tarde, temíamos quedarnos sin luz solar. Encontramos el inicio del rappel de la vía que está al lado, la Epirimountains, y lo utilizamos para llegar al pie. Finalmente, a pesar de lo laborioso de los tres tramos de descenso, lo conseguimos a tiempo y llegamos a la nave con las últimas luces naturales, cuando ya las farolas de la aldea se habían encendido. Todo había ido muy bien y así nos sentíamos. Disfrutando de la paz de aquel paraje, envolvente y familiar, que tanto nos gusta. Al recordarlo ahora me invade enormemente la morriña.

[202111.09 | martes] El paisaje esta precioso, salpicado de ocres otoñales. Desayunamos con calma. Entre las montañas, los primeros rayos de sol se hacen de rogar. La nave permanece en la sombra hasta bien entrada la mañana. Aun así, hoy salimos mas temprano que ayer, media hora antes. El tiempo suficiente para llenar las horas de luz natural de una actividad trepidante y entretenida. El objetivo de hoy era acometer la Stoc de Coc, la vía que tratamos de conquistar el pasado año, sin éxito, pues siempre había alguna cordada en ella. En esta ocasión, en  los dos días que estuvimos en Malanyeu, apenas tuvimos vecinos de escalada. Solo el lunes vino una cordada de tres que, como no, estaban en la tan solicitada vía. La meteorología además iba a cambiar rotundamente, la borrasca se adelantaba y hoy iba a ser la última oportunidad del año para nosotros de subir. Y hacia allá nos fuimos, con la idea de hacer el primer largo juntos y después, Luis continuar el segundo y descender. Es un tramo largo de 55 metros muy mantenido y yo pensaba que no iba a poder. Me sentía esos días muy torpe y floja, sin apenas fuerza en mis brazos y con ecos de dolor en el codo y las manos. Pero las cosas se iban a resolver de un modo muy distinto a como lo habíamos planificado.

Finalmente hicimos la vía completa. Yo había llegado a la primera reunión un poco desanimada. El primer largo, el más sencillo de los tres de la vía, me había hecho sufrir un  poco. Además sentía que escalar así, con un poco de dolor y sin fuerza, sin poder disfrutar de esa caliza tan deliciosa, no merecía la pena. Habíamos pensado que sería así, al planificar el día, y así sería. Pero Luis me animó, después de llegar él a la segunda reunión, y me convenció. Tiré para arriba, alegrándome a cada paso de que hubiese insistido pues finalmente, despacito, fui subiendo, disfrutando más de lo que pensaba y dándome cuenta de que hubiera sido una pena perderme el recorrido de aquel trazado vertical. La caliza de Malanyeu es, en cierto modo, cómoda ya que ofrece muchos recursos y te permite elegir el modo de dar los pasos, y este largo laborioso era en sí un claro ejemplo. Con satisfacción nos reunimos los dos al lado del árbol que nos aseguraba en aquella amplia repisa. Era un buen momento para celebrarlo y descansar un poco. Oportunamente sonó el teléfono y era Lluís que, sin quererlo, se unió así a nuestra particular celebración. Sólo quería ver cómo estábamos y cuáles eran nuestros planes para los días siguientes. Quedamos con él en que nos reuniríamos el viernes por la tarde en su casa.

Nos quedaba el tercer largo y pensamos que ya la cosa estaba casi hecha. Pero… qué lejos estaban nuestras expectativas de la realidad. Lo comprobamos inmediatamente al revisar el croquis y ver que el tercero sólo tenía 10 metros menos que el anterior. Esto es, nos encontrábamos ante una pared de 45 metros que además resultó, y esto lo supimos de inmediato, todavía más complicada de hacer. Pero ahí, Luis se comportó como un campeón. Se lo aplaudí enormemente al llegar a cumbre. Había hecho el largo más duro de toda la vía, encadenado prácticamente al anterior. Cien metros intensos y casi continuados, el solito, de forma impecable. Yo, sin embargo, no tuve mas remedio que acerrarme muchas veces, porque mis debilitadas fuerzas ya estaban al límite.

Bajamos andando, buscando el camino por la cresta hasta llegar a la masía en la que habíamos estado el año pasado. Desde allí ya el sendero es conocido para nosotros. Entre carballos, alerces y vacas descendimos la depresión del torrente y después subimos un pequeño repecho hasta la pista de tierra que nos llevaría cómodamente a la aldea de Sant Sadurní de Malanyeu, donde tenemos atracada la nave [Wikiloc]. De nuevo, nos envolvió la oscuridad de la noche temprana de otoño y nos refugiamos dentro, con los vapores de la cena y el vino.

[202111.10 | miércoles] La borrasca prevista para la tarde madrugó demasiado, incluso antes de que amaneciera ya estaba lloviendo. Mientras desayunábamos pensamos en lo que íbamos a hacer. Pasar la mañana paseando por la Nou y bajar por la tarde rumbo Montserrat fue nuestra primera elección, pero no nos gustaba mucho la idea de que en la bajada desde la aldea nos sorprendiera una fuerte tormenta. Bajar la estrecha y sinuosa carretera con mucha agua y viento, tal y como anunciaban los pronósticos para la tarde, nos desanimaba bastante. Tomamos entonces la decisión de descender ya y darnos un paseo por el valle del Cadi-Moixeró, acercándonos al Pedraforca para conocerlo de cerca. Tras subir un poco hacia el norte tomamos enseguida la B-400 y la recorrimos despacio hasta el Coll de Josa, en Gósol, donde nos dimos la vuelta. Por el camino, bajo una lluvia persistente, disfrutamos del paisaje de la Sierra del Cadí presidido por la curiosa forma de la montaña más emblemática para los excursionistas catalanes.

El Pedraforca se nos mostró de formas muy diferentes a medida que nos acercábamos y lo íbamos rodeando. Finalmente, volviendo ya de Gósol, subimos desde Saldes al Mirador de Gresolet, donde termina la carretera y comienza la pista de tierra que lleva al Refugio Lluis Estasen. Llovía demasiado y el ambiente no estaba muy apetecible para seguir caminando. Nos quedamos un rato allí, tomando algo en la nave y estudiando sobre el terreno las posibilidades de volver con intención de escalar la cumbre («quizá algún día…») o, al menos llegar a ella caminando.

Enfilando ya el camino hacia la segunda parte de nuestro periplo catalán decidimos detenernos de nuevo en el AC de Gironella, para asearnos y asear la nave. No paraba de llover y tuvimos que hacer esto último aprisa, protegiéndonos del agua. Finalizados los procesos de limpieza, nos acercamos al Bonpreu del pueblo a comprar algo de futa y pan (allí descubrimos las aceitunas). También aprovechamos para ir al cajero y adquirir ibuprofeno en la farmacia, ya que se nos había acabado en el botiquín. Pensábamos continuar viaje pero como el tiempo estaba desagradable y había anochecido, decidimos tras la compra volver al área de caravanas a pasar la noche. No nos apetecía mucho llegar a Montserrat y, a oscuras, encontrar un buen lugar de atraque para la pernocta. Además, así yo disponía de un par de horas para dedicarlas a mi trabajo (estaba editando unos libros para AETAPI).

[202111.11 | jueves] Despertamos con el día nublado y la lluvia persistente. Al parecer la tormenta Blas, instalada en Baleares, estaba salpicando con ganas la parte más oriental de Cataluña. El resto de España, según las noticias, permanecía con un tiempo casi veraniego. No estábamos en el lugar adecuado, no había duda. Aún así, decidimos continuar con el plan. Nos habíamos propuesto conocer un poco mejor Montserrat y, aunque fuese bajo la lluvia, estábamos decididos a ello. Además, Lluis ya nos esperaba en la Mogoda y nosotros teníamos también muchas ganas de pasar un par de días con él. Somos galegos …«e si chove… qué chova!».

A primera hora de la tarde enfilábamos la carretera que sube desde Monistrol a la abadía y al collado de Ca Maçana. Nos acercamos primero al parking del monasterio de Santa Cecilia, para ver si era una buena opción de atraque. Pero enseguida desistimos y entramos en el parking de la abadía, lo cual resultó ser una muy buena elección. Nos tiraba un poco para atrás el precio (15€ fugonetas/día). Pero la sorpresa nos la llevamos cuando al ir a pagar al día siguiente y entregar el carnet de la FEDME nos cobraron sólo 6€.

Atracamos la nave en la margen izquierda del aparcamiento, en paralelo con el murete que separa la pendiente ladera. Teníamos una buena panorámica sobre el valle y poca inclinación. El sitio era perfecto. Tras un pequeño refrigerio nos pertrechamos de chubasquero y paraguas, y nos dispusimos a conocer el monasterio, su área de influencia turística y sus alrededores naturales. Para esto último comenzamos a subir por las escaleras que llaman «de los pobres», bordeando el torrente de Santa María, siguiendo la senda marcada hacia Sant Jeroni. Cuando habíamos ascendido todo el tramo de escaleras y el paso de los franceses, comenzó a llover y pudimos refugiarnos bajo un techo de roca cerca del cruce del camino de la ermita de Santa Ana. Desde allí teníamos una excelente vista de Los Gorros. Cuando paró la lluvia, continuamos la senda un buen trecho hasta que de nuevo parecía que iba a llover y además estaba oscureciendo. Decidimos darnos la vuelta y retornar al paraje de la abadía donde aprovecharíamos el resto de la pequeña tarde viendo desde fuera un poco el emporio turístico allí montado. De regreso en la nave Luís preparó una fabadiña mientras yo aproveché un par de horas para continuar mis trabajos de edición.

[202111.12 | viernes] La noche fue tranquila. La mañana amaneció de nuevo con la pertinaz lluvia. No era muy desagradable, no caía tanta como para mantenerte a refugio todo el tiempo. Mientras desayunamos (por cierto, hoy tuvimos que cambiar la bombona de gas) planificamos lo que íbamos a hacer. Luís había estado estudiando la noche anterior una ruta entorno a la zona de Les Agulles [wikiloc], en el otro extremo del parque. Tendríamos que mover la nave y dejarla en el aparcamiento de Can Maçana (gratuito a diario fuera de temporada).

De nuevo, paraguas y chubasqueros nos acompañarían, aunque tuvimos mucha suerte y sólo cayó un poco de agua al principio e la ruta. Después, tuvimos buen tiempo, nublado pero templado y agradable. El paseo fue precioso, primero por la cara sur (la ladera del Bruc), después atravesando por el Coll de la Portella accedimos a la vaguada sobre la que se asienta en lo alto el refugio Vicenç Barbé y, desde allí ascendimos de nuevo hacia el norte para atravesar por el Coll de Port, punto en el cual comienza a mostrarse ya a nuestra la izquierda el espectáculo de agujas de los Frares Encantats. La bajada y recorrido por el pie de estos gigantes de piedra nos iba dejando atónitos… Qué maravilla!!!  Pasamos al pie de la Foradada, sin subir a ella porque el camino estaba muy embarrado por la lluvia. Después, antes de retornar al aparcamiento de Ca Maçana tomamos un pequeño desvío a la ermita de Sant Pau Vell, lugar desde donde pudimos disfrutar de una excelente panorámica de toda la ladera sur de las Agulles y repasar parte del recorrido que habíamos hecho.

Ya en la nave prestaba un buen refrigerio y así lo hicimos. Después pusimos rumbo a La Mogoda, nos esperaba Lluis. Fuimos a saludar a Doña Angustias en su casa, una mujer muy entrañable. Después, nos acercamos al centro de Santa Perpetua a hacer una pequeña compra. Al llegar a la casa conectamos telefónicamente con Lola y Fernando, con quienes hablamos un buen rato mientras nos tomábamos unas cervezas. Para cenar, Lluís nos había preparado un exquisito guiso de carrilleras de cerdo estofadas, que junto con longanizas y butifarras, todo ello regado de buen vino, compuso una deliciosa velada en su acogedora cocina. La nave la atracamos una vez mas en el descampado que hay al final de la calle donde pasamos una noche tranquila.

[202111.13 | sábado] La borrasca nos dio una tregua y la aprovechamos. Bueno, unos más que otros, que todo hay que decirlo. Los Luises, el catalán y el gallego, se irían a cacharrear por los gorros de Montserrat mientras una servidora se quedaba en la nave, atracada en el parking de la abadía, pasando el día trabajando. Yo no estaba todavía en condiciones para meterme en vías de escalada complicadas y, en principio, esa era la idea que tenían estos dos «machacas» y preferí dejarles ir a disfrutar sin hacer de lastre. Además, yo tenía tarea y, la vedad es que me vino bien darle un empujoncito, que fue bastante buen  por cierto. Cuando los chicos llegaron cerca de las cinco de la tarde, después de casi seis horas de actividad, yo había rematado todas las maquetas que tenía pendientes y me encontraba muy satisfecha. Se me había pasado el tiempo volando, muy entretenida, escuchando de fondo la radio y viendo pasar a los turistas y/o senderistas por la ventanilla. Una buena riada de gente.

El relato de su escalada amenizó parte de la cena de esa noche en casa de Lluís. Finalmente no hicieron la vía que llevaban en mente porque estaba a la sombra y, además de frío, la piedra estaba un poco mojada. Tomaron la decisión entonces de hacer otras dos más soleadas: En la Gorra Frigia, la vía del Carles

[202111.14 | domingo] Hoy tocaba volver… con calma pero con rumbo a casa. El lunes por la mañana teníamos que estar en Madrid para acompañar a Marta a su cirugía dentaria. Salimos de La Mogoda a última hora de la mañana, tras despedirnos de Lluís y su madre, con idea de hacer noche de camino. No tomamos la vía directa, como siempre que podemos, nos metimos por alguna que otra carretera secundaria que, en esta ocasión, nos llevó a recorrer El Penedés. La mañana se iba haciendo más soleada a medida que nos alejábamos de la costa mediterránea. Los viñedos teñidos de rojos y ocres, adornaban un paisaje tranquilo, que nos resultó todavía más, tras salir del maremagnun de cruces de vías y autopistas que circunvalan la metrópoli condal. Paramos en un AC que encontramos en la estación de tren de Subirats, en Lavern. Excelente instalación que nos permitió asear la nave con mucha comodidad.

De camino nos dedicamos a los audios de Javier del Pino, de ese mismo fin de semana, lo que nos mantuvo bastante entretenidos. El recorrido era largo. Íbamos improvisando además el trazado a seguir, buscando la mejor carretera dadas las circunstancias de la elevada nocturnidad de estos días de otoño. Comimos en el AC de Fraga, o al menos en un paraje que está entre ésta y el río ya que el acceso al aparcamiento parecía cerrado. En cualquier caso resultó un sitio tranquilo y solitario donde, bajo el cálido ambiente soleado (que habíamos recobrado al volver al resto de la península, donde estos días había estado) preparamos unos huevos y queso para reponer fuerzas.

Elegimos para dormir el AC de Medinaceli. Y no fue mala elección. Nos permitió descubrir no sólo un muy buen sitio de descanso en el camino sino también un pueblo antiguo y precioso que no conocíamos. A pesar del enorme frío de aquella noche, salimos embutidos en plumas a recorrer las calles antes de cenar. Apenas vimos a nadie, parecía una villa abandonada. Y seguro que de eso se trataba. Abandonada, tras la rocambolesca fiesta de la noche anterior, llamada del TORO JUBILO como pudimos saber después. No teníamos ni idea hasta que llegamos a la plaza principal y vimos, extrañados, los restos de botellas, vasos de plástico y otros objetos de basura esparcidos por el suelo. En el centro, un enorme círculo de tierra expandida sobre la calzada, cerrada por un redil de hierro. Sobre ella, restos de maderos quemados. Alzamos la mirada y, en la torre de la iglesia brillaban con luz las palabras TORO JUBILIO. Entonces, Google acudió en nuestra ayuda, nadie más estaba en la plaza ni, al parecer, en el resto del pueblo. Imaginábamos que no hacía ni 24 horas que la plaza bulliría de fiesta y jolgorio, en esta espeluznante fiesta bárbara de abuso animal. Aún así, no sé que resultaba más funesto, si haberse perdido la fiesta o estar en presencia de la basura que había dejado por toda la plaza. A la mañana siguiente, como pudimos comprobar, allí seguía todo aquello tirado. Y tampoco vimos a nadie por las calles. Un pueblo extraño, Mecinaceli, con muchos restaurantes, casas de piedra muy bien restauradas, algún que otro hotel… pero casi vacío. Un lugar para el ocio y el ambiente festivo, sin vida ordinaria. En fin, sin personalidad alguna, engullido por el turisteo y el negocio que en un día de diario fura de temporada, descansa en paz, al igual que puede suceder en otras villas «preciosas» como Santillana del Mar en Cantabria, Pedraza en Segovia, etc.

[202111.15 | lunes] Con mucho frío de buena mañana, nos dimos un paseo por el pueblo. Apenas vimos a nadie, salvo a un grupo del IMSERSO que acababa de bajarse de un autobús y estaban viendo el arco romano de mas de 2000 años de antigüedad. Nos acercamos a la única tienda del pueblo, la panadería. Donde compramos un pan poco afortunado, pero de leña, una milhoja tradicional y mantequilla soriana (con y sin sal). Vaciamos las grises antes de abandonar el AC y pusimos finalmente rumbo a PuertoJuande. El viaje llega a su fin.