[199210.30 | viernes] «Esta tarde voy a conocer a mi hijo»… Al menos eso pensaba yo mirando a través de la aquella ventana grande que daba a uno de las patios de la maternidad de La Paz. Acababan de depositarme allí, en una cama a poco más de un metro de ella, con las «correas» puestas sobre mi vientre para monitorizar el latido del corazón del feto. Minutos antes yo había llegado caminando a esa misma habitación, vestida con unas botas altas negras de goma y un camisón hospitalario, abierto por detrás. El resto de mi ropa se había quedado en la sala de ingresos. Todo pasó muy rápido a partir de ese momento, pero a Lucas no lo conocí hasta cuatro días después.
La mañana de aquel viernes de octubre, tan importante para nosotros aunque entonces no lo sabíamos, la comenzamos Luis y yo caminando desde nuestra casa de la calle Esperanza en Lavapiés hasta el ambulatorio de Puerta de Toledo. Teníamos cita a primera hora con el tocólogo que estaba supervisando mi embarazo. Habían pasado ya más de 20 días desde que había salido de cuentas y el parto no se producía. En la consulta. el doctor me dijo que tenía que ir al hospital a que me hicieran unas pruebas porque el retraso era considerable y había que ve cómo estaba el niño [Lo único claro que teníamos entonces es que era un niño. Recuerdo la tarde en que nos enteramos en el transcurso de una ecografía, a los cinco meses aproximadamente, en la clínica San José de la calle Cartagena. El doctor que estaba haciendo la prueba, comenzó a enumerar de corrido las características del feto, no sé si para grabarlo o para que la enfermera tomase nota. Lo cierto es que de pronto oímos «sexo: varón», en medio de toda esa lista de datos, sin pausa, y Luis y yo nos miramos sonriendo. Era una tarde de junio tormentosa, nos pilló la lluvia volviendo a casa caminando, recuerdo que íbamos muy felices porque comenzábamos a ponerle forma a aquello que crecía en mi interior].
El hospital
Desde la glorieta de Toledo subimos en la línea 5 de Metro hasta Alonso Martínez y allí hicimos transbordo con la línea 10, que nos acercó al hospital La Paz. A la entrada de consultas externas de Maternidad mostramos el volante que nos había entregado el médico en el ambulatorio. Nos pasaron a una sala de espera muy grande y alargada, una especie de galería ancha con mucha luz, en la que había un buen número de parturientas sentadas con sus acompañantes. Parecía que la espera iba a durar mucho y preguntamos a las enfermeras. Nos dijeron por lo menos tardarían dos horas en atenderme, que después resultaron ser todavía más, El caso es que decidimos salir a darnos una paseo para entretenernos un poco. Yo me encontraba muy bien, de hecho pensaba en todo momento que, tras la consulta, aquella tarde volveríamos a casa a seguir esperando el momento del parto.
Nos dimos un paseo por el Parque del Norte y bajamos hasta La Vaguada. Allí tomamos un café y comimos un bocadillo o un bollo, no recuerdo bien. Compramos El País de vuelta al hospital. Nos vino muy bien pues así distrajimos el resto del tiempo hasta que me llamaron. Entramos juntos Luis y yo y la doctora que nos atendió mostró cierta preocupación por el hecho de que tuviera tanto «retraso». Me auscultaron y midieron el latido del feto. Tras el examen nos dijo que, aun cuanto no tenía todavía contracciones, creía que el parto podría y debía producirse en las próximas horas o días (empezaba el fin de semana). La doctora pensaba que, en todo caso, de no ser de forma natural habría que provocarlo y no retrasarlo mucho más, ya que el problema parecía estar en que yo no dilataba. Por lo tanto, me dijo, «voy a ordenar tu ingreso para vigilarte de cerca, y si fuera necesario evitar que la gestación se alargase mucho más».
Pensamos que mientras yo ingresaba y me iban preparando Luis tenía tiempo de acercare casa a recoger la «bolsa para el hospital» que teníamos preparada como buenos padres que esperan el parto al final de la gestación. De este modo fue como yo me vi caminando por los pasillos con mis botas de invierno, porque no tenía otro calzado, y el camisón de hospital que me pusieron en la sala de ingresos (entonces no había móviles para recoger tan curiosa instantánea).
La película
Pero los acontecimientos comenzaron a sucederse a toda velocidad. Mientras yo observaba el cielo a través de la ventana al lado de mi cama y pensaba que pronto vería a mi hijo, algún registro extraño debió mostrar el aparato que medía el los latidos de su pequeño corazoncito. Lo vi en la cara de la matrona que en ese momento acababa de entrar en la habitación en la que me encontraba, mirándome y mirando la pequeña pantalla que tenía a mi lado. Tras intercambiar unas palabras con la persona con la que había llegado, no sé si enfermera o médico, el caso es que se acercó y me preguntó si había venido alguien conmigo al hospital. Me dijo que tenían que llevarme rápidamente al quirófano a hacerme una cesárea y que querían comunicárselo al familiar que podía estar esperándome fuera. Yo le respondí que mi marido se había marchado a casa a buscar mis cosas y que seguramente todavía estaba de camino en el taxi (entonces, insisto, ¡no había móviles!).
La charla duró un par de minutos porque enseguida la mujer puso en marcha el protocolo de cesárea urgente, y lo siguiente que recuerdo es el desfile de luces de los techos de los pasillos por los que me llevaban en la camilla a toda prisa, poniéndome y quitándome cosas. Me sentía protagonizando la escena de una película de urgencias médicas. Y así, casi sin darme cuenta, ya estaba entrando el el quirófano. Recuerdo unas ventanas a mi izquierda, un poco lejos, por las que entraba el sol de la tarde, o al menos eso me parecía. Me hablaban, supongo, más para distraerme y tranquilizarme que para otra cosa, y en medio de esa extraña conversación fui quedándome dormida.
Tras el paréntesis de mi inconsciencia, llegó el momento de volver a sentir, y lo primero que recuerdo es una angustia enorme. Sentía que me ahogaba y no era capaz de respirar. Con la boca abierta trataba de tragar aire y no lo lograba. Fueron segundos que me parecieron eternos minutos hasta que por fin pude sentir el aire que entraba por mi garganta. Enfermeras y médicos se movían a mi alrededor. Me hablaban y no recuerdo si contesté o lo que dije. Yo estaba muy adormilada como para darme cuenta de lo que pasaba. Cuando me sacaron del quirófano tengo la imagen de ver la cara de Luis que estaba en un pasillo tras la puerta, mirándome. Se acercó y me tendió la mano pero enseguida me alejaron de allí. A él le dijeron, lo supe después, que yo había perdido mucha sangre, que estaba muy débil y que tenían que llevarme a la rehabilitación cuanto antes.
Aquella, la de rehabilitación, era una sala «horrible» en la que fui recuperando mi consciencia poco a poco. El recuerdo que tengo de las enfermeras que nos atendían, a mí y a toras siete u ocho como yo, y de los cuidados que nos aplicaban, todavía me causa estremecimiento. No sé cuál era el protocolo en ese caso concreto en el que me encontraba, quizá fuera mas grave, pero lo cierto es que en mi segunda cesárea no padecí, ni mucho menos, tanto sufrimiento. No voy a describir los detalles físicos, sólo dejar constancia de la angustia que pasé porque las horas iban pasando y yo no sabía nada de mi hijo. Lles preguntaba a las enfermeras y me decían en un tono frío que estaba todo bien, que no me preocupase. Una de ellas llegó incluso a reñirme porque en algún momento, ya llevaba allí mas de un día, comencé a llorar. A Luis podía verlo a través del cristal de una ventana que había en la pared de enfrente, un poco alejado de mi cama. Alguna vez pudo entrar y estar a mi lado algunos minutos. Un día, para que me tranquilizara, trajo una cámara con la que había grabado imágenes de Lucas en la incubadora y así fue como conocí a mi hijo, a través de la pequeña pantalla en blanco y negro de una cámara de vídeo.
El abrazo
Creo que ya habían pasado tres días cuando me trasladaron a una habitación. Pero yo seguía insistiendo, ahora con más fuerza, en que quería ver a mi hijo. Pedía que me llevaran en una silla de ruedas hasta el hospital infantil donde me decían que él estaba ingresado. Lucas se estaba recuperando de una llegada al mundo que para él resultó ser muy brusca y delicada. Hasta cuatro días tuvo que estar en la incubadora, con luz ultravioleta para corregir la ictericia. Pero lo mas grave es que había tragado meconio y eso requería un tratamiento específico. Cuando por fin lo subieron a mi habitación, la emoción fue enorme, Recordarlo ahora también me hace estremecer, pero en un sentido mucho más positivo y bello. Recuerdo la entrada de la enfermera con él en brazos, recuerdo el momento en que lo puso en mis brazos, recuerdo cómo lo abracé contra mi pecho… y recuerdo que me puse a llorar como una boba… otra vez, pero ahora de emoción.