En los confines del sector intergaláctico «Democracia-4», el capitán Luis pilotaba la Libertad III, una fragata estelar blindada con retórica y motores de plasma. Luis era un hombre de calma férrea, conocido por su habilidad para esquivar asteroides y por llevar siempre el uniforme impecable, incluso en mitad de una lluvia de meteoritos.
Su némesis no era un alienígena, sino el temible Miguel Tellado, comandante de la flota de la «Orden del Monólogo». Tellado recorría la galaxia en un destructor de color gris cemento, lanzando ráfagas de rayos de energía negativa que tenían la extraña propiedad de hacer que cualquiera que los escuchara perdiera las ganas de discutir.
—¡Capitán Luis! —atronó la voz de Tellado por el canal de comunicaciones abierto—. Tus intentos de diálogo son inútiles ante mi despliegue de rayos paralizantes. ¡Ríndete y acepta mi orden del día!
Luis, ajustándose los controles, respondió con media sonrisa:
—Tellado, la galaxia es demasiado grande para que solo se escuche tu frecuencia.
La batalla comenzó cerca de un agujero negro de burocracia. Tellado lanzó una ráfaga de misiles de «interrupción constante», diseñados para bloquear los escudos de la Libertad III. Luis maniobraba con elegancia, pero la superioridad numérica de la flota de Tellado empezaba a acorralarlo.
Justo cuando el destructor de Tellado se preparaba para el disparo final, el radar de Luis detectó una anomalía. No era una nave de guerra, sino un brillo plateado que cruzaba el vacío a una velocidad imposible.
Era el Céfiro Estelar. Marga, la pirata, había cambiado sus velas de seda por paneles fotónicos que absorbían la luz de las supernovas.
—¡Eh, Capitán Luis! —se escuchó la voz de Marga por la radio, acompañada de una risa pirata—. Parece que este tipo tan serio te está dando problemas. ¿Necesitas un poco de… «imprevisibilidad»?
Marga no disparó láseres. Utilizó su famoso «Ancla de Susurros», un artefacto que generaba un campo de silencio absoluto. El destructor de Tellado, que funcionaba gracias a la amplificación de sus propios discursos, se quedó mudo. Los motores de la Orden del Monólogo se detuvieron en seco; sin sonido, no tenían poder.
—¡Esto es un ultraje! ¡Una falta de protocolo estelar! —gritaba Tellado, pero sus palabras flotaban en el vacío sin que nadie las oyera.
Aprovechando la distracción, Luis ejecutó una maniobra de flanco y desactivó los sistemas de armas de Tellado con un pulso de luz coherente.
—Gracias por el apoyo, Marga —dijo Luis, viendo cómo la nave de Tellado se alejaba a la deriva hacia la nebulosa del Olvido—. No sabía que las piratas también patrullaban el espacio profundo.
—Solo busco lo que otros ignoran, Capitán —respondió Marga mientras su nave brillaba con luz de luna—. Y este tal Tellado ocupaba demasiado espacio con tan pocas ideas.
Marga se despidió con un destello y desapareció hacia un cuadrante desconocido. Luis, por su parte, puso rumbo a la base, sabiendo que mientras existieran piratas libres y capitanes decididos, ninguna flota gris podría apagar las estrellas.