Bitácora del Tiempo

Es «el» mar o «la» mar… ¿él o ella? ¿Cómo decirlo?…
Jorge Pena, en su libro Me cago en la mar, lo describe muy bien de esta manera: ‘Sabemos que «mar» es las dos cosas, masculino y femenina. Personalmente suelo usar ambas formas, dependiendo del sentido que quiera darle, pero más habitualmente utilizo el mar. La mar, además de ser más «poética», la empleo sobre todo para referirme al estado de las olas, o en expresiones hechas como hacerse a la mar o mismamente, cagarse e la mar’ .
Siempre lo hemos llamado El Maly porque es un barco, pero el nombre es femenino, de hecho es el apelativo cariñoso con que mi padre llamaba a mi madre (después también a mi hermana). Pedro tendríamos que decir La Maly y denominar así la barca de mi padre. Mi primera nave, en la que enseguida ascendí de grumete a patrona.

Me gusta estar en el muelle. Me gusta el olor a salitre y brea. Fuchicar en las pequeñas barcas amarradas al murallón o a las rampas de acceso al agua. Mi preferida, la que llaman del pescador, porque está al lado del bar del puerto que lleva ese nombre. Es la segunda contando desde el puente de piedra. Baja inmediatamente después del muro de la cofradía de pescadores.

El Maly está fondeado en un «muerto» a escasos 10 metros del borde de la rampa y, es por eso, que paso mucho tiempo en esta parte del muelle.

Siguiendo la línea del malecón, cerca de la vieja fábrica de curtidos hay un tercer acceso de ribera, es la rampa que utiliza Garabana, el viejo carpintero que repara pequeños barcos en su taller, ubicado en el último de los almacenes del puerto (antigua construcción del siglo XVII).

Entre la rampa del carpintero y las escaleras del murallón están adosadas al muro las cabrías (estacas de madera) en la que los marineros cuelgan a secar sus redes. Las más viejas, eran remendadas mil y una veces por ellos mismos o por sus mujeres, sentadas en el suelo y extendiendo el tejido en las superficies más amplias del muelle. Otras se amontonan en pilas enormes, pequeñas colinas a las que trepamos jugando a escondidas de los marineros. Los grandes barcos de pesca se amarran en paralelo en esta parte del muelle. Puedes saltar de uno a otro fácilmente, siempre y cuando no te vea el patrón.

Al final del puerto, casi debajo del puente de hierro, está el pequeño astillero de Bedoya en el que se construyen barcazas de madera para la pesca de, al menos, 20 o 30 metros de eslora. Cuando pasas al lado huele a madera de pino y resina. El suelo está tapizado de serrines y astillas. Los tableros de madera loncheada del tronco están puestos a secar enlazadas, formando pirámides, conservando todavía la corteza del árbol.

Debes cruzar el astillero para acceder a la playa de Sopazos o para subir al puente de hierro, justo encima, para atravesar al Tambre, la playa que está justo enfrente. Su nombre se lo debe a la vieja torre de hierro, ya oxidada, que está en la esquina bordeando de la orilla. Cuando sube la marea su base de hormigón es cubierta en parte por el agua de la ría.

Esta playa del Tambre es uno de mis lugares de recreo de verano. Es el tramo de baño que va desde el final del puente de piedra hasta debajo del puente de hierro. Aquí, como si de una línea fronteriza se tratara, comienza la zona de baño de los «veraneantes». Los del pueblo, no solemos traspasarla, nos mantenemos casi siempre a este lado, frente al puerto.