Bitácora del Tiempo

A cuatro patas sobre el suelo, como suelen finalizar estas situaciones, alzo la mirada hacia la derecha y allí arriba está la Virgen de los Dolores con su puñal clavado, bajando las escaleras del atrio hacia la rúa da Pescdería. Yo, con mi habitual torperza, había salvado los dos últimos peldaños «a mi manera». Me levanté enseguida sacudiendo mis melochadas rodillas y, recomponiendo mi figura, vuelvo a la fila. Mis hermanas y mi padre me miran sonriendo. La procesión sigue su recorrido, que yo retomo sin problema. Los compases del Paso, con su marcha fúnebre, adornan la mañana, extrañamente soleada para ser la de un Viernes Santo.

“Sen ser de todo desleal ó sete de setembro, eu afirmaría que a madrugada do Venres Santo sinala o principal acontecemento do calendario eumés. Sempre que esta noite, errabunda entre as lúas de marzo e as de abril, retorne ós anos da miña vila, pensarei para min: Agora estará soando o Paso en Pontedeume. Sei que responde a un lugar común, pero é nestes lugares compartidos onde suceden as historias que me teñen atarefado corenta anos despois […]. O Paso é a melancólica marsellesa dos meus paisanos, o verdadeiro himno da nación dos eumeses. Unha tradición do tempo dos nosos avós acabou consagrándose como a peza mestra da nosa alma musical: é un espello de notas que nos devolve a imaxe dun rostro romántico, sentimental e soñador. O mellor de nós mesmos, que diría o outro […].» (Ramiro Fonte: Os meus ollos, Vigo, 2003, p. 204-207)

El origen de esta marcha es incierto: desde proceder de la vecina Villa de Ares, o haber sido traída por un familiar de los Bellas del sur de España, hasta ser un fragmento de una obra de Brahms, son muchas las hipótesis que se barajan sin haberse esclarecido definitivamente el misterio. Lo único cierto es que esta melodía triste y sentida se oye resonar en las calles de Pontedeume, generación tras generación, una sola noche cada año, hasta que en la Plaza Real tiene lugar otro de los momentos cumbre de la Semana Santa de este pueblo: El Encuentro.

Desde bien entrada la madrugada, la marcha del paso recorre las empedradas calles de la villa y, actualmente, los barrios más podernos. Resuena en los soportales, entre los viejos caserones de piedra y madera, hoy deshabitados y en ruinas muchos de ellos. Desfilan un grupo cada vez mas numeroso de músicos aficionados, sin curas ni aparato religioso. Sólo la serena melodía se repite una y otra vez hasta la salida del sol, acunando el sueño de los habitantes del pueblo y, según sople el viento, del resto del valle.

Este es sin duda un sonido que emociona a cualquier eumesa. Cada año en esta fecha señalada el recuerdo me lleva siempre a aquel sonido, acompasado por el inconfundible martillar de Las Carracas en lo alto de la torre izquierda de la iglesia parroquial (si, la que está torcida). Un grupo de mozos compite con su fuerza por ser el que bate con más brío el carrusel de martillos que evocan el duelo. Durante las horas de la pasión y hasta la pascua, las campanas enmudecen y, en su lugar, resuena por toda el valle el batir de esta vieja «ametralladora» de madera.

 

 

El encuentro

Aquella mañana de mi caída, como tantas otras de Viernes Santo, mi padre vino a despertarnos temprano a las 7,30 para ir al Encuentro. Es uno de los momentos mas entrañables para muchos de los niños del Pontedeume. Salimos a la calle cuando empieza a clarear y huele a pan de Sinda recién horneado y a churros. Subimos por los soportales a la iglesia parroquial acompasados por el repiquetear de Las Carracas. La poca gente que encontramos en el camino se dirige al mismo lugar. Ya en el atrio están los músicos que amenizaron la madrugada haciendo sonar en bucle inacabable el paso por las calles del pueblo. A las 8,00 entran en la iglesia para acompañar en la salida a las imágenes que van a participar en la teatralización religiosa en la Praza Real. Cuando los veo entrar, los sigo sin dudarlo un momento. Me emociona escuchar la música en el interior del templo.

Después bajamos en procesión acompañando a las imágenes. Nosotros al lado de la Virgen de los Dolores, detrás de ella va la banda. Los pasos se dispersan por diferentes calles y se agazapan cada uno, en cada una de las que accede a la plaza. La Dolorosa, en la rúa de Santiago. frente al local nuevo de la imprenta. El Cristo en la rúa Real, al lado de la farmacia de Leopoldo. La Verónica en la de Santiago pero al lado del portal de Cuqui y San Juan, en la parte alta de la rúa Real.

Tras el sermón del cura, que está subido a un pulpito delante del balcón de Fenor, comienza la representación sabida de memoria por todos. A toque de trompeta, aparece el Cristo en la plaza y se cae hasta tres veces. La Verónica entra en el reciento y se acerca, trazando la diagonal, para enjugarle el rostro al Nazareno. Entonces, se hace la magia y la tela que lleva colgada en sus manos muestra el rostro de Jesús cuando se da la vuelta, para «asombro» de todos los espectadores. Al momento entra San Juan en escena que va a buscar a la Virgen y la acompaña señalando con su incansable brazo alzado y su dedo el lugar en que se encuentra el hijo de María. La escena es narrada por el cura que dirige la ceremonia en todo momento. Al finalizar la representación, subimos en procesión acompañando las imágenes hasta la iglesia, por la rúa Real, la rúa Mancebo y Pescadería. Escuchando los compases del Paso por última vez ese año

Después viene lo mejor: el chocolate con churros…

 

«Con las primeras luces de este día abrileño
han cobrado las calles extraña animación
contrasta la presencia de los semblantes serios
y la clara mañana de rutilando sol. 

Desciende hacia la plaza cortejo silencioso:
el Paso: la figura doliente del Señor
llevando sobre el hombro el  pesado madero
que intenta hacer ligero, con su ayuda, Simón.

El Discípulo Amado y la dulce Verónica,
que enjugará más tarde la faz del Redentor
siguen ansiosamente la ruta de amargura
que recorre angustiada la Madre del Dolor. 

Un clarín hiere el aire, agudo y lastimero,
óyese el destemplado golpear del tambor
y suenan los primeros acordes de una marcha
que tiene, entre nosotros, raíz de tradición.

¡La Marcha del Encuentro! Quedará para siempre
grabada en la memoria del que una vez la oyó;
cuando dos de los nuestros se encuentran por el mundo
les sirve de tarjeta de identificación.

La plaza se ha llenado. Hay un breve silencio.
El drama del Calvario otra vez comenzó».

Miguel LÓPEZ TORRE [abuelo]

MAÑANA DE VIERNES SANTO, Romancero del Eume (1958)