Había una vez, en un rincón olvidado del Mar de los Corales, una pirata llamada Marga. No era la típica pirata de pata de palo y parche en el ojo; Marga era conocida como la «Buscadora de Susurros». Su barco, el Céfiro, no tenía cañones de bronce, sino unas velas de seda plateada que no atrapaban el viento, sino la luz de la luna.

Marga no buscaba cofres llenos de doblones de oro. Para ella, el oro pesaba demasiado y brillaba muy poco comparado con lo que realmente le interesaba: los mapas de lo imposible.
Un martes de niebla cerrada, Marga encontró en una taberna de Isla Tortuga un trozo de pergamino que latía como un corazón. El mapa no mostraba islas ni arrecifes, sino el camino hacia el «Tesoro del Tiempo Perdido». Se decía que quien lo encontrara podría recuperar una hora de su vida que creía haber desperdiciado.
—¡Izad las sedas! —gritó Marga a su tripulación, un grupo de marineros que preferían leer las estrellas antes que pelear con espadas.
Navegaron durante siete noches por aguas que se volvían transparentes como el cristal. En el centro del Océano Índigo, el mar se detuvo. No había olas, solo un espejo perfecto. Marga miró por su catalejo y vio, flotando a pocos metros del agua, una pequeña burbuja dorada.
Al acercarse, Marga no sacó su sable. Simplemente extendió la mano. La burbuja explotó suavemente y, de repente, Marga recordó una tarde de su infancia en la que se quedó mirando un atardecer en lugar de estudiar navegación. Siempre se había sentido culpable por «perder el tiempo» aquel día.
En ese instante, la pirata comprendió el secreto: el tiempo «perdido» en ser feliz nunca es tiempo perdido.
Marga regresó a su barco con una sonrisa más brillante que cualquier moneda. No traía oro, pero sus ojos ahora veían el mundo con más calma. Desde aquel día, cuentan las leyendas que si ves un barco con velas plateadas bajo la luna, es Marga, la pirata que no roba tesoros, sino que enseña a los marineros a disfrutar del paisaje.