Bitácora del Tiempo

Mi hermano Carlos me puso este mote, y no cuando era niña sino el año pasado antes de irse, en uno de esos alardes humorísticos que él tenía. Era un buen caricaturista (de forma oral, que no gráfica) y con todo cariño acepté la broma. De hecho para mi es una distinción que me enorgullece un poquito, no mucho. Más adelante diré por qué. Quien conoció a la señorita Eulalia posiblemente entienda el detalle. Fue uno de esos personajes que imprimió huella en mi infancia. Por eso, y al hilo de esta broma de mi hermano y en su recuerdo, viajaré a los tiempos de Atocha y a mis inicios en el “arte” de la mecanografía.

Puertas y ventanas de madera blanca, pomos dorados y cristal. Todo muy estanco y pequeño. Olor a cera y a Netol. Cada estancia se abre con un «Ave María» y cada día con un «Salve Bandera».

Entro por la puerta principal, en el centro de la fachada que da a la carretera de A Coruña y tras pasar por un pequeño portalito cuadrado, agarro la barra dorada y abro la puerta blanca con dos cristales grandes, verticales. Inmediatamente a mi izquierda otra puerta da acceso a la Clase del Niño Jesús, que es la de parvulitos. Enfrente la escalera que sube y baja al resto del colegio y, a mi derecha, de espejo a la anterior, esta la de entrada al despacho de la señorita Eulalia.

A ambos extremos de esta fachada del centro hay otras dos puertas que siempre están cerradas por dentro. La de la izquierda comunica con la Clase de San José y la de la derecha corresponde a un estrecho y largo pasillo gris, de acceso a la escalera de subida a la vivienda de las «señoritas» (las religiosas, que no monjas). En esta lúgubre estancia paso muchas horas en mis clases de mecanografía. A lo largo del oscuro pasadizo, contra la pared de la izquierda, según se ve desde la calle, están colocadas tres pequeñas mesas distintas y, encima de ellas, otras tantas máquinas de escribir, también diferentes. Sobre cada una, en la pared clavado, un portalámparas de cerámica blanca con su bombilla de 125, enfilando el haz de luz hacia cada máquina sobre su mesa.

Este aula singular también comunica con el despacho de la señoría Eulalia. La puerta está siempre abierta para que ella pueda seguir el ritmo del teclear de sus «pupilas». — No oigo las máquinas, nos chilla desde su sillón cuando bajamos los brazos un rato para descansar.

 

El despacho

— Ave maría purísima, saludo como es de rigor al entrar en el despacho de la señorita Eulalia por la puerta principal, la primera.
— Sin pecado concebida, responde ella desde su sillón con su voz es chillona y ronca, quebrada por la edad y aderezada con áspero tono nasal característico. Está sentada detrás de su sólida mesa de castaño. Sobre ella, unas carpetas de cartón azul con el anagrama del colegio, una libreta de cuentas, un montoncito de boletines forrados con plástico transparente, el lapicero, el calendario y, en la esquina izquierda, la cruz subida en un pequeño pedestal de mármol blanco. Su sillón también de madera, pero blanco, es grande y alto, con reposabrazos y un buen respaldo.

Al fondo de la pequeña habitación cuadrada, una amplia ventana con rejas romboidales trae el sonido de la calle y los coches de la carretera al interior. En la pared de la derecha, según entras, hay un piano de muro adosado a la pared. Me  recuerda aquellas tardes de verano en que mi tía Natalia ensayaba en ese lugar a un tenor amigo suyo que iba a cantar el Panis Angelicus (con poca fortuna) en la boda de la tía María. Las monjas le habían brindado la oportunidad de utilizarlo, como no podía ser de otra manera. Para ellas era todo un orgullo que la pianista le diera vida a aquel instrumento castigado por el abandono, el paso del tiempo y la humedad.

La señorita Eulalia es la típica mulleriña galega, ancha, de baja estatura… Pero, sentada en tan alto «trono», desde su pequeña «atalaya», impone un poco cuando entras en su despacho. Su pelo blanco, con destellos amarillentos, mantiene incólume el moño trenzado tan característico de las señoritas de Atocha. Viste el uniforme beige-tergal, con la banda azul, y sobre sus hombros una toca azul marino de calceta que envuelve sus hombros y baja casi hasta la cintura, abrigando con soltura la parte superior del cuerpo, brazos incluidos. En sus manos no faltan sus inconfundibles guantes de lana, con las puntas de los dedos al aire, para que no se le queden frías las extremidades sobre la mesa.

Al verme entrar levanta la cabeza sin soltar el bolígrafo que sostienen con cierta fruición sus dedos. Me mira por encima de sus gafas y vuelve a su tarea. Continúa escribiendo para rematar el nombre que había dejado a medias en la línea del listado de alumnas de 3º. Cada letra, cada número o palabra que imprime sobre el papel es siempre para ella un trabajo delicado. Su caligrafía, es todo un arte. Ningún grafema se sale de la dimensión establecida. Las líneas se suceden, manteniendo la distancia perfecta entre una y otra. Si la hoja no está cuadriculada, coloca debajo una «falsilla» rayada para que sirva de guía al trasluz. Siempre me maravillaron esos cuadernos escritos con tanto esmero y delicadeza, cada fila y cada columna en su sitio, cada elemento con su color correspondiente. Mucho antes de que Excel invadiese el mundo, aquellas libretas de la señorita Eulalia, establecían ya las bases de una contabilidad ordenada y perfecta.

 

La mecanografía

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Mis clases de mecanografía comienzan a las 6 de la tarde. No recuerdo cuantos meses invertí en este aprendizaje, tedioso y lento. Pero se acumularon muchas horas en las que yo iba pasando de una ficha a otra, con cierto virtuosismo, consiguiendo finalmente doblegar el teclado a mi voluntad. Aun hoy, cuando escribo estas líneas mirando fijamente a la pantalla del ordenador, sigo maravillándome. He de reconocer que aquellas clases, a las que tanto insistió mi padre que fuera, me dieron una habilidad que me ha ayudado mucho a lo largo de mi vida profesional. Aprendí siendo tan niña que ya ni recuerdo que existiese otro modo de escribir con la máquina. Es algo que siento como innato. Los teclados electrónicos de hoy, además, facilitan enormemente las cosas acelerando la velocidad.

Por las tardes las clases son más llevaderas… pero recuerdo una temporada en la que asistí a primera hora de la mañana, a las 8, Después ya me quedaba en el colegio para empezar a las 9 la jornada lectiva. Supongo que fui yo misma la que eligió la hora, me gusta madrugar para hacer mis tareas (aunque quede un poco «repipi» decirlo), me pasa igual con los deberes del cole. A esa hora dejo resueltas mis obligaciones y así puedo disponer de la tarde libre, para ir a judo, jugar a baloncesto o andar en bicicleta. Si, lo sé, siempre he sido «muy organizada». Ya desde pequeñita!… Supongo que ésta es una de las razones por las que me han re-bautizado con este nombre que titula esta entrada.

Lo duro de aquel horario eran las mañanas de invierno, grises, lluviosas y, en el peor de los casos, con tormenta. Para entrar a esa hora tan temprana tengo que llamar al timbre de la casa y una de las «señoritas» jóvenes baja a abrirme la puerta. Entro (en este caso directamente desde la calle) al pasillo donde están las máquinas. Sobre una de las mesillas ya está la ficha que me corresponde realizar ese día. El haz de luz de la bombilla de 125 me envuelve cuando me siento frente a la máquina, oscureciendo aún más el espacio que me rodea y en el que me he quedado totalmente sola. La «señorita» que me abrió la puerta se ha vuelto a sus quehaceres en la casa. De arriba baja algún que otro sonido doméstico.

Entorno a las 8:15, como un reloj, comienzo a escuchar el taconeo a tres bandas (dos pies y un bastón) descendiendo la escalera lentamente. El sonido se detiene en el primer piso. El silencio se hace de nuevo y cruje suavemente alguna puerta. Unos diez minutos después, vuelvo a escuchar el mismo ritmillo sobre los escalones de madera. Se va acercando cada vez más, con igual lentitud. Sumando cada golpe, puedo adivinar lo que tardará en abrirse la puerta que separa la escalera de la estancia en la que me encuentro. Yo sigo con mi particular repenique de las teclas y los tipos, acompasado ahora por el martilleo del bastón que llega.

La ceremonia se repite todas las mañanas siguiendo las mismas pautas, salvo los días de tormenta. Estamos en el noroeste peninsular y los ciclones en invierno se suceden a veces sin interrupción. Tras dejarme sola la «señorita» que me abrió la puerta, no parece moverse ni un alma arriba. En esas madrugadas de «terror», nadie baja antes de las nueve. Yo solita con mi máquina, mi bombilla y mi oscuridad, sostengo el tesón que me llevó hasta allí.

Si, es cierto y todo el mundo lo sabe, la «señorita» Eulalia le tiene un pánico terrible a los truenos y cuando hay tormenta no abandona su habitación. Esos días yo finalizo mi hora de mecanografía, dejo mis copias sobre su mesa y salgo por la puerta que conduce a la entrada principal del colegio, para ir al patio a reunirme con mis compañeras de clase en la fila.