Hermanos

LÓPEZ LAMAS
Salvo la más pequeña que vino al mundo en la clínica Amado, en el mismo pueblo, todos nacimos en casa (rúa Real 6 -hoy 4-), en la habitación de mis padres, que estaba en el tercer piso. Yo fui la sexta:
1. José Miguel (29/06/1953 – 11/03/2024)
2. Manolo Santiago (29/07/1954)
3. Carlos (04/11/1955 – 27/10/2019)
4. Tomás (13/09/1957)
5. Manuela Natalia (15/04/1959)
6. Margarita (03/02/1962)
7. Marta María (29/071965)
8. Cecilia (10/11/1972)

 

Sobrevivir en una «familia numerosa» nos es fácil, sobre todo cuando estás en los peldaños mas bajos de la escalera y te enfrentas a una genética extrema.

Intento comprender por qué… Más allá de algunos momentos puntuales de juegos infantiles, a menudo hubo crispación, competición, imposición, intromisión, abuso… La supremacía del más grande y/o más fuerte se imponía en el campo de batalla de la mesa a la hora de comer, en el reparto de juguetes, golosinas o dineros, en la conquista de atenciones y beneficios, en la impostura ante determinados comportamientos. Entre gritos, golpes de puertas o el sálvese quién pueda, no había más horizonte que el ombligo de cada uno.

De algún modo, cuando crecí escapé de todo aquello. Además de otras expectativas personales algo también me empujó lejos del control y de la supervisión de mis hermanos mayores que continuamente se entrometían cuestionando mi forma de vida, mis creencias, tratando de imponer su criterio para todo. Lo poco que pude salvar de mi yo original en aquella huida, luchó siempre por mantenerme a flote, a nado entre dos orillas: la de mis raíces y la de la tierra que me adoptó. Dos lugares distantes en geografía que constantemente se entremezclan en un coctel de sentimientos encontrados, a veces difíciles de manejar. Ahhh!… la morriña…, siempre la morriña, también contribuye a entorpecer la estabilidad emocional.

Aún hoy, con la distancia y la serenidad que aportan los años transcurridos, más de 60 desde aquella foto, no comprendo por qué ha tenido que ser así. Por qué la relación con mis hermanos ha sido a menudo una lucha. Una contienda que no puedes eludir aunque desees hacerlo. Y es que a lo largo de la vida hay muchos lugares de confluencia, asuntos familiares que tratar, que te salpican y te llegan, como marejadas, y una y otra vez te encuentras ante ese extra-plomo figurado en el que se desarrollan esos encuentros. Es difícil llegar a algún consenso y mucho menos convivir con empatía. Ante cualquier adversidad cada cual impone su criterio y… «el que quiera, que me siga, y si no libraré la batalla en solitario, porque es así como me habéis dejado». Después, aparecen los reproches…

 

Maly y Marta

Cómplices de juegos de infancia, compañeras de dormitorio, con ellas es con las que he tenido más relación. Dormíamos al lado de la habitación de mis padres, en el tercer piso, en unas camas abatibles que había en la salita («allá» como le llamaba curiosamente mi madre a ese espacio de la casa, quizá porque pasaba mucho tiempo en la cocina). Lo habitual era estar de juerga hasta que mis padres se iban a acostar, entonces nos mandaban callar definitivamente. Antes, jugábamos a las tabas, a aventuras saltando por los sillones, a los campamentos con las almohadas y las sábanas en las camas, contábamos historias… Creo que fue a poco de nacer Cecilia, que Maly y yo bajamos al segundo piso, al de la abuela. Hubo un trasiego de camas y dormitorios entonces. Tomás y Carlos subieron al cuarto, con Miguel y Manolo, y nosotras pasamos a utilizar su habitación, mientras que Marta se quedó en el tercero con la pequeña.

Las Tabas fue uno de nuestros juegos favoritos. Recuerdo botar la pelota de goma contra el suelo de madera de la habitación, con mucho cuidado pues la abuela se enfadaba si la oía y nos mandaba a dormir. Otras noches, quizá porque no había nada interesante en la tele, nos invitaba a su habitación a jugar con ella a las cartas. Entonces abría un bote de patacones y con ellos hacía las cuentas de ganancias. El pasar al piso de abajo, al de la abuela Pilar, nos abrió un mundo nuevas experiencias «alejados» en cierto modo del orden paternal, aquí podíamos organizarnos de otro modo pues ella ni se enteraba. A escondidas veíamos la televisión de su habitación, a través de la cortina de la puerta, esas series de dos rombos prohibidas que tanto le gustaban a la abuela (la Saga de los Forsyte, o la Saga de los Rius) y que estaban totalmente prohibidas para unas mocitas como nosotras. En ocasiones, nos aventurábamos y nos colábamos debajo de su cama para espiar lo que estaba viendo. El sonido hueco del la goma de su bastón contra el suelo, marcaba el paso como el tic-tac del tiempo que ella tardaba en llegar desde el cuarto de baño a su habitación. Lentamente medía el margen que teníamos para recomponernos como unas niñas buenas. Algunas noches, creo que era una o dos al mes, de forma periódica venía el altarcito-capillita de la Sagrada Familia, que se movía de casa en casa, y ella lo colocaba en la salita-comedor al otro lado del pasillo. Entonces, nos mandaba ir a visitarlo antes de acostarnos a rezar un Padre-nuestro y un Avemaría. Cuando me levantaba de noche al baño, en la oscuridad, podía ver a lo lejos el tintineo de la luz de la vela que alumbraba el pequeño monumento religioso. No sé bien como expresarlo pero la escena resultaba a la vez entrañable y tétrica.

Poco tiempo permanecimos en ella, entre dos o tres años aproximadamente, ya que en el 75 abandonamos la casa entera cuando comenzaron las obras de reconstrucción. Nos mudamos entonces todos al edificio de la imprenta. En el segundo piso nos instalamos Maly y yo en una habitación doble y Marta en otra pequeña, al lado, mientras que la abuela Pilar ocupaba la principal. En el tercero, estaban mis padres y mis hermanos.