[202110.02 | sábado] A las 14:14 (hora de Galiza) 13:14 (en Portugal) cruzamos el puente internacional sobre el Miño. Proyectamos atravesar de norte a sur la Lusitania y aprovechar para ver a Pedrito y pasar unos días con él en Lisboa.
La primera parada, en el puerto de Viana do Castelo. Una tarde muy lluviosa y fría. Aún así, nos bajamos a dar una vuelta por el casco antiguo de la ciudad. Con paraguas, chubasquero, e incluso plumas fino por debajo. El agua nos dio un respiro y nos permitió hacer un recorrido completo. Sólo al final, tras un pequeño y corto aviso, comenzó a arreciar la lluvia hasta tal punto que aún a paso rápido, bajo paraguas, llegamos con los pantalones empapados a la nave. De camino, al lado del parking estaba el edificio de cultura municipal, con un amplio soportal que nos sirvió de descanso, donde se estaba celebrando una convención de juegos de mesa. A través de las cristaleras pudimos ver el ambiente interior.
A última hora de la tarde llegamos a nuestra segunda parda, donde teníamos pensado pasar la noche: Esposende. En una grande y confortable AC municipal. Cenamos las nécoras que habíamos comprado en Tuy. No paró de llover, y mucho, durante toda la noche. Por la ventana de la litera se veía un gran campo de maíz muy agitado por el viento y, a lo lejos al fondo, centelleaban algunas luces en línea.
[202110.03 | domingo] Amaneció muy soleado, sin una nube. Tras el desayuno salimos con las lanzaderas a explorar el municipio. Subimos primero hasta el Castro de São Lourenço, con la capilla al lado del mismo nombre, desde donde pudimos contemplar una bella vista de toda la costa y la desembocadura del río Cávado, cuyo valle recorreríamos en un buen trecho hasta la ciudad de Braga el resto de la tarde. Al bajar de la pequeña colina continuamos la carretera que atraviesa el pueblo y el puente sobre el río para llegar a la zona del náutico y detenernos en el paseo de la playa a contemplar y respirar el océano. Toda la costa Oeste de la península me hace sentir bien. La luz, el olor del agua que baten las olas sobre la fina arena, sobre las rocas…es tan familiar. La mañana estaba plena de sol y de ilusión por un viaje que se planteaba emocionante, porque lo habíamos pensado muchas veces, a través de una tierra que siempre nos acogió tan bien. En esta ocasión podríamos detenernos a disfrutar con detalle, con calma, sin prisas.
De nuevo en la nave, continuamos periplo hasta llegar a la villa del gallo, a Barcelos, donde la leyenda mezcla amor, traición y gastronomía. La ciudad bullía muy animada, como buena tarde de un domingo casi estival. Atracamos la nave en un aparcamiento cómodo, muy cerca del río. Subimos en línea casi recta hasta el Passeio dos Assentos y el Templo do Señor Bom Jesús da Cruz. Allí, en el Jardim da LIberdade se estaba desarrollando un evento ciclista. A lo largo de toda la avenida pegada al jardín, además de los curiosos, había gentes de paseo o bailando, terrazas con olor a cabe, castañeiros botando fume… Desde la Torre Medieval nos adentramos en las calles más antiguas hasta llegar a las ruinas del castillo, sobre el Puente de Barcelos que cruza el Cávado, donde tienen expuestas piedras antiguas en la explanada, en lo que llaman Museo Arqueológico, entre las que se encuentra el cruceiro que cuenta la leyenda del gallo. En todo el recorrido, la imagen del gallo no deja de mostrarse en múltiples facetas. [ver de 360portugal vídeo]
Valle arriba, tras dejar Barcelos, llegamos a Braga, la ciudad más antigua de Portugal. Encontramos un estupendo aparcamiento cerca del centro lo que nos permitió sacar las lanzaderas y en un momento personarnos en las calles mas viejas. Subimos por la Avenida da Liberdade y enseguida nos enrocamos en la Torre del Menagen tras atravesar un estrecho pasadizo. Había mucha gente paseando y en las terrazas. Algunas tiendas, a pesar de ser domingo por la tarde, estaban abiertas. Desde la calle del viejo castillo bajamos hasta el Jardim de Santa Bárbara y recorrimos prácticamente todas las calles de este casco histórico lleno de palacios, conventos, iglesias…[ver de 360portugal vídeo] La ciudad es muy bella, aunque grande y muy transitada, y continuamente no sabes hacia dónde dirigir la mirada. Ya cansados, después de un largo paseo, volvimos a la nave y decidimos recorrer los kilómetros que nos separaban de Guimarães para pasar allí la noche, con la idea de que sería un lugar mas tranquilo. Llegamos con la última luz del día y atracamos en el AC que hay al lado del teleférico, frente a un campamento circense que esa tarde estaba apagado.
[202110.04 | lunes] La mañana se despertó lluviosa y eso no nos hacía mucha gracia. Teníamos ganas de volver a recorrer las recordadas calles de esta preciosa ciudad Distrajimos el tiempo levantándonos con calma, y desayunado al mismo ritmo, haciendo algunas gestiones de trabajo FLOPS. A eso de las 12 parecía que el cielo se iba abriendo y eso nos animó a salir con las lanzaderas. Queríamos recorrer todos los rincones y subir hasta la colina donde de encuentran el castillo y el palacio de los condes de Braganza. Tuvimos mucha suerte. Pudimos verlo todo, pasear tranquilamente, comprar pan de mijo en la Padaría Das Trinas en la rua João Lopes de Faria, e incluso tomarnos una superboc en una de las terrazas de la praza de São Tiago, donde comenzaron a caer las primeras gotas finas que no nos impidieron llegar finalmente a la nave sin mojarnos. Qué decir de Guimãraes, es una bellísima ciudad [ver de 360portugal vídeo 1 y vídeo 2]. Está todo muy bien cuidado aun cuando el ambiente turístico lo afea un poco desplazando la vida real de una villa que debió tener mucha personalidad. Aquí dicen que se formó el reino de Portugal, cuando Alfonso I se autoproclamó rey.
Poco después de llegar a la nave, comenzó a llover. El agua volvió a respetarnos una vez más por los pelos. Aprovechamos el impás de lluvia para continuar viaje. Teníamos idea de que Porto sería nuestra siguiente parada pero las referencias que íbamos leyendo sobre los robos en las áreas de caravanas y el enorme tráfico que envolvía las afueras de la ciudad nos desanimó bastante. No teníamos muchas ganas de lío y decidimos, sobre la marcha, continuar hacia Espiño o Aveiro. Finalmente fue el AC de esta segunda ciudad la que nos atrajo como un imán. Y resultó ser una buena elección [ver de 360portugal vídeo].
Nada mas llegar encontramos un hueco muy cómodo donde atacar y descansar un poco, antes de salir a cenar. Luis tenía antojo de Leitão y a su caza fuimos. Había localizado un local con muy buena referencia [Zé do Pernil] muy cerca de donde estábamos anclados, así que salimos dando un paseo, atravesando las vías del tren por el pasaje subterráneo de la estación que teníamos muy cerca. Nos sentamos en la mesa contra la fachada, entre ambas puertas, en la misma acera. La cena resultó muy buena y el lugar agradable, yo tomé ternera con queso amanteigado. Muy bueno! Después, continuando nuestro paseo nos regalamos un postre de helado en la gelatería Milano que estaba en la misma avenida del Dr. Lourençi Peixinho, un poco más abajo, a mano derecha. Nos pasamos!, madre mía, la verdad es que no estamos acostumbrados ya a comer tanto y nos pudo el ansia, lo pagaríamos en la cama aquella noche. Mientras, nos dimos un muy agradable paseo llegando a la Praça de Humbergo Delgado y caminando después por la margen contraria del canal, donde hay unas modernas galerías comerciales que, incluso a aquella hora más tarde de las 10 de la noche, estaban abiertas. Había mucho ambiente. Después supimos que el día siguiente era fiesta en Portugal, el 5 de octubre, Día de la República.
[202110.05 | martes] Aunque el día amaneció nublado, no había pronóstico de lluvia y eso nos animó a sacar las lanzaderas y recorrer con ellas las calles de la pequeña «Venecia portuguesa». Primero fuimos a ver el espigón donde se encuentran las salinas y que han convertido en un paseo temático con paneles explicativos en los que se habla del proceso de obtención de este preciado polvo blanco. Después recorrimos las calles mas antiguas de la ciudad, bordeando sus canales, las casitas de colores… Era día festivo y los restaurantes bullían de gente. Nosotros preferimos volver a la nave y comer allí.
Antes de abandonar el AC de Aveiro aseamos la nave, para lo que tuvimos que esperar unos minutos de exceso expedidos por un autocaravanista lento-lento. Después, y de camino ya hacia Coimbra, cometimos el error de entrar mal en la autopista lo que nos supuso un pequeño disgustillo al tener que pagar un coste muy elevado de peaje (para una vez que no nos movemos «sin peajes»). Madre mía., Entramos por lo que se llama una vía T aquí en España (adheridos, en Portugal) sin darnos cuenta y por lo tanto viajamos sin ticket. En fin, una tontería para olvidar lo antes posible, como así hicimos en un principio, si no fuera por el tedioso trámite de tener que buscar después la manera de pagar la cuenta pues la caja automática de la autopista no permitía pagar tal cantidad e dinero. Pero bueno, sólo se trato de un episodio sin importancia que quedaría eclipsado totalmente en menos de 24 horas. Aunque entonces no teníamos ni idea.
Llegamos a Coímbra a última hora y atracamos en un parking muy cómodo al lado del Portugal dos Pequeniños, donde pasaríamos dos noches. Esta bella ciudad, construida en las laderas de una amplia colina al borde del río Mondego, alberga la universidad más antigua de Portugal y una de las mas viejas de Europa [ver de 360portugal vídeo].
[202110.06 | miércoles] El día era perfecto, amaneció totalmente soleado y el pronóstico del tiempo auguraba mucha estabilidad y buenas temperaturas no sólo para este miércoles sino para el resto de la semana. Pedro nos había dicho el día anterior que en Lisboa estaban disfrutando de un veranillo suave en la playa tranquila, con muy poca gente. Nos puso los dientes largos. Teníamos ganas de llegar aunque también teníamos gansa de recorrer, con clama, el trecho que nos separaba, parándonos en algunos delos lugares emblemáticos de nuestro primer viaje juntos por tierras Lusas, hace ya más 36 años. Así que con todo optimismo e ilusión desayunamos esta mañana y partimos con las lanzaderas a descubrir la vieja ciudad que nos esperaba al otro lado del río.
Atravesamos por el Puente peatonal Pedro e Inés y bordeando el Parque da Cidade Manuel Braga (que estaba cerrado por obras) llegamos hasta Largo da Portagem. Allí enfilamos la rúa Ferreira Borges que desemboca en la praça 8 de maio. Desde allí subimos hacia la parte alta de la ciudad donde se encuentra la Universidad. La ciudad prácticamente es una obra. Llena de vallas, escombros, rotos, tierra por el suelo… en fin. Muy sucia. Además muchas casas y solares abandonados. Realmente se hace incómodo visitarla así, sobre todo con las lanzaderas. Aunque éstas resultaban muy útiles para subir las empinadas cuestas. Recorrimos, a pesar de ello, de la incomodidad, los rotos y las escaleras, todo el casco antiguo hasta que el hambre nos hizo una llamada. Nos acercamos al Solar do Bacalhau, un lugar muy bien reseñado por la guía Michellin con idea de ver si podíamos comer allí, pero con las lanzaderas resultaba un poco difícil . Tendríamos que quedarnos fuera, en la calle, que por cierto estaba bastan sucia y ruidosa, y además era una pena no poder disfrutar del interior del local que, según vimos desde la puerta, prometía. El caso es que decidimos entre pequeñas discusiones volver a la nave y dejar las lanzaderas y, si acaso, volver hasta allí de nuevo andando. Pero… como dice el refrán : «el hombre propone y dios dispone». En cuestión de minutos nuestra situación daría un giro de 180 grados y el viaje se rompería por completo, presentándonos un escenario totalmente distinto al que teníamos en mente.
Urgencia médica en Coímbra
Fue a la altura de la entrada al puente de Santa Clara cuando mi rueda delantera se metió en un surco de la vía del tranvía, lo que me hizo perder totalmente el equilibro. Tenía un coche a mi izquierda, muy cerca, juntos en paralelo estábamos llegando al semáforo rojo que nos iba a parar, pero en cuestión de segundos siento que todo mi cuerpo con la lanzadera se va contra él y mi instinto de no colisión me llevó a enroscarme en mi vehículo. El resultado fue una brusca caída contra el suelo clavándome el manillar en el bajo vientre. Un fuerte dolor y una quemazón brutal comenzó a llenarme de angustia. Estábamos en medio de la vía, rodeamos de coches y había que salir rápido de allí. Como pude me levanté y arrastré mi cuerpo y mi lanzadera hasta la acera, que estaba a unos tres metros. Una vez allí, a salvo, la dejo caer al suelo y busco un sito donde apoyarme. Luis estaba desencajado, impresionado por lo que acababa de pasar y preocupado por cómo me encontraba. Yo también estaba muy asustada, notaba mucho calor en el bajo vientre y la picazón típica de un derrame de sangre, pero muy fuerte. Tuve miedo de que me hubiese roto alguna víscera o incluso una arteria importante y, durante unos segundos, tuve miedo. Me senté en un bordillo del jardín de aquella acera que bordea el río mientras Luis buscaba un lugar donde poder dejar las lanzaderas, para llevarme lo a antes posible a un hospital. A medida que pasaban los minutos el primer susto se convirtió sólo en preocupación. No me desvanecía y eso me hacía suponer que no debía ser muy grave lo que tenía. Aún así, sentía mucha quemazón y bastante dolor cada vez que movía la pierna derecha. Mientras esperaba reorganicé mis cosas. Comprobé que tenía la cartera en la mochila y busqué una mascarilla para ponérmela.
Luis logró colocar las lanzaderas en la oficina de turismo y se movió como un loco para conseguir un taxi que nos trasladó rápidamente al hospital universitario de Coimbra (el CHUC). Pero toda nuestra prisa se vio enormemente ralentizada al traspasar la puerta de urgencias. Primero una pequeña cola para hacer el registro. Pedí una silla de ruedas para sentarme pues me molestaba mucho estar de pie. Después del papeleo, otra espera en una pequeña sala hasta que una operaria me preguntase qué me había pasado. Cuando abrió la puerta y dijo mi nombre nos hizo pasar a un pequeño cuartucho y, sin ni si quiera mirar cómo estaba la zona afecta, me colocó un identificador de ingreso en la muñeca. Me dijo que iba para dentro y, al ver lo incómoda que estaba medio recostada en aquella silla, pidió que me trajeran una cama. A partir de aquel momento, nos separamos Luis y yo. No teníamos ni idea de lo duro que nos iba a suponer, sobe todo para él, que no supo lo que estaba pasando hasta horas después. La mala suerte había hecho que ese día él se dejase su teléfono en la nave y yo le entregué el mío. De este modo perdimos totalmente la comunicación durante más de 5 interminables horas.
Allí mismo en el pasillo, donde la enfermera me había aparcado con mi silla, colocaron una cama con ruedas a mi lado y le pusieron las sábanas. Después, me subieron a ella vestida y con zapatos y me taparon, aunque yo no quería cubrirme, pero el celador dijo que eran las normas. Inmediatamente me transportó por los pasillos hasta traspasar una puerta con el cartel de Zona de Cirugía. Sin mediar palabra me dejó en un habitación donde había más camas como la mía, con pacientes de todo tipo, apelotonadas unas a otras. En poco menos de 10 minutos, como mi cama molestaba el paso de enfermeros me llevaron a un extremo de la sala y allí me dejaron, al lado de una puerta por la que no dejaban de entrar y salir celadores, auxiliares, enfermeros y médicos. No eran muchos, llegué incluso a contarlos, no eran más de 12 personas trabajando, pero se movían a toda velocidad o se paraban a hablar entre ellos, a veces comentando cuestiones del trabajo, otras haciendo bromas. En ocasiones entraba una enfermera con un paciente y lo sentaba en un sillón que había enfrente de mi cama para extraerle sangre del brazo. Este episodio se repitió más de cinco veces. De algún modo todo ese movimiento llegó a ser mi mejor entretenimiento. En la pared de enfrente tenía un reloj que, cuando me pusieron allí, marcaba las 12 menos 40 aproximadamente. Las manecillas de esa máquina de precisión ocuparían también mi «divertimento», hasta que se convirtieron en una obsesión, cuando vi que marcaban ya cerca de las 3 de la tarde y que todavía nadie se había acercado a preguntarme cómo estaba, cómo me sentía… a ver qué me pasaba.
Entonces, traté de buscar la mirada de alguna de aquellas personas vestidas de azul para captar su atención levantando mi brazo. Cuando por fin lo consigo, se acerca Claudia (sabía su nombre porque estaba cansada de oír como la llamaban; de hecho era la más activa de la sala) y le digo: «soy Española y no sé como es el procedimiento aquí, pero me gustaría saber cuándo me va a ver un médico». Por su expresión, deduje que ella también de extrañaba de que todavía no me hubiese visto nadie. Le dije que llevaba más de dos horas allí (por si no se había dado cuenta). Se alejó, sin decir nada y se sentó delante del ordenador de la mesa que tenía enfrente y en el que la veía a menudo tecleando. Al rato, se levantó y se acercó al mostrador de los médicos (sabía que eran ellos porque todos llevaban el fonendoscopio colgado del cuello). No eran más de cinco, también los tenía enfrente. .Estaban allí sentados, tecleando sus ordenadores, a veces se levantaban y se iban y volvían o hablaban entre ellos. Claudia, que debía ser enfermera, habló con una de ellas y ambas me miraron. Yo me dije, «vale, ahora me van a atender, se dieron cuenta que estaba aquí abandonada». Pero no fue así, los minutos seguían pasando y Margarita (que así se llamaba la doctora, quizá por ello me miraron) ni se levantó. A la media hora apareció otra doctora por detrás de la cortina que tenía a mi derecha y comienza a examinarme. La acompañaban dos crías de médico vestidas de verde a los que le iba explicando mi situación. De su rápida visita (no duró más de cinco minutos) pude deducir que la cosa no era grave. Yo de algún modo lo intuía, al menos la femoral no me la había roto pues en más de dos horas ya me habría desangrado. La joven doctora me dijo que no parecía tener nada afectado y que creía que solo tenía un fuerte hematoma, pero que me harían un ecografía para descartar cualquier otra cosa. Le dije que si había posibilidad de comunicarle eso a mi marido, que estaría preocupado porque hacía ya casi tres horas que estaba allí dentro. Le extrañó que no tuviese mi teléfono para contactar con él. Dijo, de todas formas, que en la puerta le informarían.
En fin, tardaron otra media hora en trasladar mi cama por los pasillos y dejarme de nuevo aparcada, ahora contra una pared, sin decir nada. Yo desesperada quería a toda costa contactar con Luis pues habían pasado más de 3 horas, casi 4 y él, pensaba yo, «estará muy preocupado sin noticias». Traté de mover un poco mi cama empujándome con la mano contra la pared y retorciendo mi cuello pude ver que al fondo hacia atrás había un guarda de seguridad. Me quedé expectante y cuando miró hacia mí le pedí que se acercara. Le dije lo que me pasaba, que tenía que hablar con mi marido, que llevaba allí dentro 4 horas y él no sabía nada de mí, que necesitaba hablar con él (sabía que la puerta de entrada, porque la vi al pasar en la cama, estaba cerca). Le pedí que si se podía acercar y decirle de mi parte que todo iba bien y que estaba esperando una ecografía de confirmación. Se mostró muy amable y dispuesto a transmitir el mensaje (no sé si no lo hizo porque no encontró a Luis o por falta de motivación).
Pasó otro buen rato hasta que me metieron en una sala oscura donde me hicieron la ecografía de todo el abdomen. La ecógrafa, bastante sosa, no quería responder a mi pregunta al finalizar la prueba, se dio la vuelta, de espaldas, pero a mi insistencia no tuvo mas remedio que decirme un escueto «está todo bien, solo se ve un gran hematoma». La noticia me hizo respirar un poco y volver con mas optimismo a la sala en la que estaba antes, a la que me llevaron igualmente encamada. Una ilusión que duró poco. Allí las cosas se habían complicado. Había más saturación de camas y pacientes. Con lo cual, yo volví a ser invisible. Mientras, como ya no tenía tanto susto en el cuerpo después de la confirmación de la ecografía, lo que a mi me inquietaba era el no poder entablar contacto con Luis. Pedía a enfermeros y médicos que pasaban a mi lado que por favor me permitiesen ir a la entrada a encontrarme con él. Algunos ni me miraban, otros mostraban su palma de la mano para pedirme que esperase. Yo, finalmente, decidí por mi cuenta, levantarme de aquella cama. Ya estaba harta de la postura. Además, tenía el nervio ya en el cuerpo, que me empujaba a salir de allí cuanto antes y buscar a Luis.
Como ya estaba de pie, apoyada en la cama y querían liberar espacio en la sala, me sugirieron que esperase fuera en el pasillo, donde había un montón de pacientes sentados o de pie. No había sillas para todos. Era un espacio cerrado, sin ventilación alguna, muchos tosían y, la verdad, me horrorizaba quedarme allí. La inquietud me hizo salir por el pasillo por el que me habían traído acostada y por el que suponía encontraría la entrada a urgencias. Llegué al fin a la puerta y, tras pedir al vigilante un momento que me dejase pasar para buscar a alguien, me asomé, pero Luis allí no estaba. Le pregunté al guardia si había otro lugar para familiares que esperan y me dijo que no, pero que si buscaba a mi marido es posible que fuese un hombre que le había preguntado cómo conseguir un taxi y que se había ido hace un rato. La impotencia se hizo mayúscula. Yo allí, sola, sin nada mas que mi ropa. No tenía dinero, ni documentación, ni nada… intenté que me dejasen llamar a Luis desde la recepción y aunque insistí y casi lo consigo, finalmente me lo negaron por tratarse de un número de teléfono de otro país. Volví resignada al angosto pasillo de espera. Y así pasaron los minutos. Decidí que a las seis volvería a la entrada a ver si había vuelto Luis. Y cuando el reloj del pasillo marcó esa hora me fu de nuevo a la puerta y me asomé. Enseguida el me vio desde fuera y se acercó. Qué alegría!. Me dejó la mochila, con agua, comida y mascarillas, pero sobre todo con mi teléfono. Ahora ya estaríamos conectados. Todo cambió!
El alta no me la dieron hasta casi hora y media después de que me hicieran la ecografía. A las 6,30 de la tarde abandoné por fin aquel hospital. Muy dolorida sí, pero aliviada. Fuimos caminando despacito hasta la parada de taxi que había a la entrada del recinto hospitalario. El recorrido me parecía inacabable. Después un pequeño atasco y, por fin, el taxista nos dejó en nuestra nave.
Esa noche cenamos en la nave alegrándonos de poder estar juntos y repasando los acontecimientos del día. Esperaríamos a la mañana siguiente para tomar decisiones. Al menos por mi parte estaba decidida a no desperdiciar ni la mas mínima oportunidad de continuar el viaje. A pesar de las magulladuras, pude descansar y dormir. Acostada es la postura más cómoda para soportar esta tremenda herida que me había hecho.
[202110.07 | jueves] Por la mañana, Luis lo tenía claro. Había que volver a casa. Yo no estaba para andar por ahí, tenía que darle el reposo al cuerpo que necesitaba para restablecerse cuanto antes y tenía razón. Me dolía, mas que la herida la pena de tener que poner punto y final a aquel viaje. Estaba psicológicamente tocada. Muy triste!
Regresamos a Madrid por Viseu, Ciudad Rodrigo y Salamanca. El paisaje durante todo el recorrido estaba precioso, sobre todo por el valle del Dao. Paramos en La Guardia a comer y descansar, en el aparcamiento del Pingo Dolce, y aprovechamos para comprar algo de vino.
Llegamos a casa pasadas las 9,30 de la noche. Habíamos hecho la travesía muy despacio ya que Luis tenía que conducir todo el tiempo y los descansos los alargábamos para que yo pudiese tumbarme en la litera.