[202304.09 | domingo] Salimos de puerto JuanDe pocos minutos después de las seis de la tarde. Durante el día habíamos acelerado los preparativos. Nuestra idea era zarpar el lunes pero a primera hora de la mañana del domingo, Lola y Fernando nos llamaron sugirieron adelantar la partida. Yo estaba en ese momento preparando unas filloas para los chicos: esa misma mañana, Natalia y Marcos se volvían a Cabanas después de pasar unos días con nosotros. Así que, igualmente, el desayuno fue relajado. Después fuimos preparando la nave.
Salimos por el puerto del León y después Ávila. La marea de coches hacía Madrid era infinita. Nosotros, hicimos un viaje tranquilo y despejado por carreteras secundarias hasta la altura de Béjar. Allí entroncamos con la autovía de la Plata, más cómoda y rápida. Llegamos a Cáceres pasadas las diez de la noche. Allí nos esperaban Lola y Fernando.
[202304.10 | lunes] Nos despertó la policía. A pocos minutos de las siete oigo un golpe en la puerta y una voz: «policía, último aviso…». Desperté enseguida y abrí la ventana para confirmar que no se trataba de una broma. Le dije al agente que inmediatamente abandonasemos el lugar. No tardamos ni diez minutos en salir del recinto y atracar la nave en el lateral de la avenida en la que se encontraba el acceso. Habíamos visto la posibilidad al pasar la noche anterior, cuando llegamos. Cómo también habíamos visto entonces que íbamos a pernoctar en un aparcamiento reservado para turismos. El AAC municipal estaba lleno y decidimos quedarnos en este punto, justo al lado, también ocupado en su totalidad por unas diez autocaravanas y una furgo minivan (que fue la única que se salvó del desalojo mañanero).
Ya despiertos decidimos dar un pequeño paseo y acercarnos a la churrería San Blas que estaba muy cerca. Compramos tres porras y tres churros (bastante buenos) y nos fuimos a desayunar a la nave. Teníamos hambre pues la noche anterior no habíamos cenado.
Entramos en Portugal por Marvão. Precioso pueblo fronterizo enclavado en el punto más alto de la Serra de São Mamede, una extensión de casitas blancas, castillo bien conservado y estrechas calles empinadas, perfectamente recogido y conservado todo en su parapeto amurallado. Desde aquí se divisa una excelente panorámica del Alto Alentejo. Tal y como escribió Saramago en su obra Viaje a Portugal, «desde Marvão se ve toda la Tierra», y no pudo estar más acertado al expresar la inmensidad de las vistas que desde este enclave pudimos disfrutar. Este día, para nosotros, la mejor entrada al país luso. Es lunes de Pascua y es fiesta en Portugal. Sin saberlo de antemano lo supusimos al ver el ambiente en las calles y plazas, Google nos lo confirmo.
Seguimos la ruta y, tras echar gasolina en el Intermarche de Portalegre, paramos a comer en un piquenique al pie de la carretera, cerca de Monforte. Estábamos de celebración y estreno de la nueva mesa plegable Lola y Fernando, donde disfrutamos del guiso de costillas con patatas y alcachofas que habían traído. La sobremesa se prolongó un buen rato, con algún pequeño amago de siesta en las confortables nuevas tumbonas por parte de alguno.
Llegamos sobre las ocho de la tarde al AAC de Comporta, tras atravesar un extenso paisaje de pinares y dunas, con la proa enfilando a poniente. Nos instalamos en una de las esquinas del concurrido arenal, al borde le la calle. El mejor espacio del área, teníamos hasta un pequeño árbol que nos proporcionaba cierto verdor y sombra. En ese rincón nos sentimos aislados del resto. Estaba atestado de caravanas. Mientras caía el final de la tarde nos acercamos caminando a la playa. A la vuelta se nos hizo de noche. Comporta es un pueblo de veraneo y lo pudimos comprobar al atravesar algunas de las calles mientras volvíamos al campamento: restaurantes, terrazas, lugares de ocio, la mayoría cerrados esperando el festivo y la temporada alta. El arroz también es importante aquí.
[202304.11 | martes] Escogimos las lanzaderas para recorrer la península de Troia, 17 kilómetros de carretera mas o menos tranquila (los últimos, hechos por pista de bici, mucho más cómodos), que nos llevaron al resort y puerto deportivo que hay en la punta, de donde salen los ferrys a Setúbal, al otro lado de la ría [track de la ruta que hicimos]. Por la banda del Atlántico comienza en este extremo una playa de arena fina y aguas turquesa, de 60 kilómetros de largo que invitan al paseo. En un punto de nuestro camino de retorno nos adentramos a la orilla con las lanzaderas y jugamos un poco con la marea baja, sin llegar a atrevernos a seguir nuestro camino por este singular espacio, pues temíamos que no pudiésemos salir fácilmente en otro punto después. Y es posible que así fuera ya que todo parecía indicar que gran parte de este arenal tiene vetado el acceso libre debido a las urbanizaciones instaladas en los amplios pinares pinares que cobijan la playa. Un lugar «idílico» para el retiro, al menos en esta época del año. Es posible que en verano el ambiente no sea igual.
De regreso a las naves, nos instalamos a la sombra del único árbol del área, idealmente puesto en nuestro espacio, y disfrutamos e un pequeño refrigerio, con sobras de arroz con bacalao de Leganés. El momento de trazar el plan para el resto del día. Tiramos hacia el sur bordeando la costa lo más posible y llegamos a Vila Nova de Santo André donde hicimos compra. En este pueblo hay un área de caravanas que en principio pensábamos utilizar pero no nos convenció: estaba en el aparcamiento de un Intermarché, con la gasolinera y la autovía al lado. Buena para una emergencia y para los servicios pero poco acogedora. Decidimos pues subir hasta el ACC de Santiago do Carcem, ubicada en un entrono mas verde y acogedor, aunque un poco inclinada. Estuvimos muy bien allí, sobre todo muy tranquilos pues salvo dos capuchinas que parecían estar simplemente aparcadas, sin habitantes, no había nadie más.
[202304.12 | miércoles] Tocaba limpieza de la nave y eso hicimos, después de desayunar y antes de abandonar la zona. Nuestro siguiente destino: Vila Nova de Milfontes, la «Princesa do Alentejo», así la llaman. Y no me extraña porque el entorno es precioso: en la desembocadura del río Mira, sus playas enfrentadas a ambos lados, sus casas blancas y sus callejuelas estrechamente adoquinadas y arremolinadas al Forte de São Clemente. Tras dar un pequeño paseo por las calles con mas encanto e intentar sin éxito informarnos en la oficina turística, y tras confirmar -a falta del servicio oficial- en el cuartel de la GNR que no es posible pernoctar en el parking de la playa das Furnas, nos fuimos igualmente allí a pasar el día. Preparamos pasta con langostinos y setas, bajo palio, y disfrutamos de una sobremesa deliciosa. Estaba nublado y hacía un poco de viento sobre todo al otro lado de la duna que separaba la playa de nosotros, pero nos dimos igualmente un paseo por el arenal después de la comida. Yo incluso aproveché a la vuelta para lavarme la cabeza en el exterior. Tras la puesta de sol abandonamos el lugar rumbo al aparcamiento en el pueblo que la GNR nos indicó como viable para para la noche.
[202304.13 | jueves] Al faro no se puede acceder con la autocaravana, así que aprovechamos que habíamos preparado las lanzaderas para hacer una ruta por la costa para acercarnos a la punta. Después dimos un paseo por pistas al norte de la villa. Tuvimos que abandonar porque los bancos de arena en los caminos lo hacían muy penoso [track de la ruta que hicimos]. Ya de vuelta, y antes de anclar las lanzaderas a la nave, nos acercamos hasta una fuente que hay al lado del fuerte a llenar las botellas de agua.
Abandonamos el pueblo cerca del mediodía con rumbo a Zambujera do Mar, población también del municipio de Odemira, donde atracamos en una explanada de tierra que hay a la entrada del pueblo. Hacía muchísimo viento, tanto que tuvimos que girar la nave para poder abrir el portón lateral. Fue la única manera de poder permanecer allí, sin asfixiarnos, y preparar algo de comer. Desde aquella situación en lo alto del pueblo, podíamos ver el océano al fondo. Por la tarde bajamos caminando al pueblo y en preciosa playa en la que finaliza la calle principal, tomamos un sendero cara el sur para recorrer un buen trecho de la ruta vicentina, hasta la Praia do Carvalhal [track de la ruta que hicimos]. Fue un paseo muy bonito por un paisaje lleno e contrastes: océano y ríos de agua dulce que se funden con la salada en las playas, sistemas de rocas conformando bellos acantilados, sistemas dunares con vegetación exuberante, pasos entre pinares y tramos sombríos de acacias de hoja larga.
De regreso decidimos cambiar las naves de sitio para pasar la noche. Detrás de la explanada de arena en la que aterrizamos al mediodía hay un aparcamiento de asfalto muy liso y bien señalizado. Además de ser más limpio, sin tanto polvo, el viento parece que sopla menos en ese lugar.
[202304.14 | viernes] El río Seixe es la frontera natural entre el Alentejo y el Argarve. En su desembocadura está la playa de Odeceixe, un bello paraje que es sin duda obligada visita en nuestro periplo por la costa sudoreste de Portugal. Por la carretera que va desde el pueblo hasta la costa, y por ende hasta la playa, vamos disfrutando ya de la belleza de esta ribera tan particular. El pequeño grupo de casas, un par de hotelitos y restaurantes, adornan de blanco la ladera por la que descendemos hasta el arenal, tras dejar las naves en el aparcamiento obligatorio. Curiosamente sin saberlo, ahora ato cabos, este pequeño y bello paraje con mas densidad de gente que la que nos habíamos ido encontrando días atrás por el Alentejo, era el preludio de lo que nos esperaba a partir de ahora, al adentrarnos en el Algarve. El circuito turístico se hace más evidente a medida que bajamos hacia el cabo San Vicente. Allí llegaríamos por la tarde. Antes, de camino, tratamos de comer bacalao en un restaurante que tenía muy buena pinta (al menos en internet) en la aldea de Pedralva, desviándonos (un par de kilómetros) por un estrecho ramal a la izquierda de la carretera N268 por la que venimos. El lugar estaba completo, había una celebración. Una pena, porque el sitio prometía. Volvimos de nuevo a la nacional y a pocos kilómetros nos sorprendía a la derecha un Parque das Merendas, que resultó ser un cómodo pinar con mesas donde preparó Luis un bacalao con garbanzos que, bueno, al menos nos mató el gusanillo. Un rebaño de cabras que iban de paso se acercó a saludarnos.
Eran cerca de las seis de la tarde cuando llegamos a la tan ansiada esquina del sudoeste peninsular, la parte más occidental del golfo de Cádiz. El cabo de San Vicente nos impresionó, no solo por la espectacular belleza de su posición geográfica sino también, y sobre todo, por la verticalidad de su escarpada costa. Hace mucho viento esta tarde, sobre todo por la vertiente atlántica. La fuerza del mar rompe con ganas sobre las rocas. La luz del atardecer realza todavía más las formas. Después de abandonar la fortaleza del faro, recorrimos las orillas por el sur primero y por el oeste después, descubriendo la variedad geológica y botánica del lugar. Especies raras para esa ubicación geográfica y endémicas en algunos casos alfombran el suelo rocoso en la superficie. Hubimos de caminar con cuidado para el viento no nos tumbase y para no estropear la exuberante vegetación, ya que apenas hay senderos de paso. Aquella noche la pasamos en un ACC privada en Figueira. Aprovechamos para cenar bajo toldo, la noche así lo permitía.
[202304.15 | sábado] Tras asear las naves partimos raudos y con ganas a descubrir -nosotros, pues Fernando y Lola ya habían estado por aquí- el Algarve. La primera parada, el aparcamiento de tierra que hay al lado de la Praia do Camilo, en Lagos. Cuando llegamos había coches, pero no muchos. A lo largo del día aquello se iría llenando y desbordando. Comenzamos el paseo por la Ponta da Piedade, un lugar lleno de bellos acantilados de arenisca, moldeados a su antojo por el mar y las tormentas, formando arcos, grutas y cuevas… un paraje a caballo entre las Medulas y la Praia das Catedrais. El color anaranjado de esta costa contrasta vivamente con el color turquesa del mar. Llegamos hasta la punta del Faro bordeando la cosa y volvimos por la carretera del mismo que precisamente estaba cerrada y en obras esos días. Al llegar a la nave, nos sentamos a su sombra a tomar unas cerves y descansar un poco de la solana. Después, continuamos el recorrido comenzando por bajar a la praia de Camilo y poner pie en agua. Subimos y bajamos varias calas de este tipo, siguiendo el entramado de la pasarela que recorre la costa desde este aparcamiento hasta el pueblo de Lagos, perfectamente acondicionada con altas escaleras de acceso. Apetecía un baño, el agua no estaba muy fría como esperaba, pero mi catarro me disuadía de hacerlo.
Ya de regreso en las naves decidimos largarnos de allí cuanto antes, aquello se había llenado de coches. Buscando un lugar en el que pasar la noche, recalamos en la curiosa y privada ACC de Parchal, frente a Portimão, al otro lado del río Arade. Tras un descanso y aseo, salimos del recinto con idea de atravesar la ría y cenar en algún restaurante de la ciudad. Pero finalmente nos decantamos por un pequeño establecimiento llamado Ú Formiga que estaba muy cerca del área en la que habíamos atracado. Lo cierto es que estábamos un poco cansados para seguir andando aquella tarde y esta fue una muy buena opción. Allí tomamos el bacalao de la casa y no es que estuviese especialmente bueno ni abundante, como era habitual antaño en Portugal, pero fuimos muy bien atendidos por Silva, el propietario, que desplegaba una actividad frenética pero muy bien llevada, para atender el negocio. Era todo un espectáculo vele.
[202304.16 | domingo] Tras el desayuno salimos con las lanzaderas y realizamos un bonito recorrido circular por la costa y parte del interior, que comenzó y terminó en la marina de Portimão, a la que habíamos llegado atravesando el río por la Ponte Vella [track de la ruta que hicimos]. Esta costa es muy distinta a la que veníamos recorriendo estos días por la vertiente atlántica de Portugal. Está plagada de playas, ahora de aguas más tranquilas que invitan al baño, con ese sol y esa luz del sur que hace de esta región un verano continuo. Por todo el recorrido se sucedían urbanizaciones y establecimientos hosteleros, mucha gente sobre todo ingleses y turistas de paso. Hubo un pequeño pueblo, Alvor, que me gustó más que los demás de esta ruta porque conserva de algún modo el sabor de pueblo pesquero, con sus pequeñas casas antiguas y su pequeño puerto en el que ahora se abren comedores a la calle y asadores de pescado y marisco. A partir de aquí, tras recorrer desde el faro de la praia da Rocha, la de Os Tres Castelos, la de Vau, la de los Tres Irmãos y la de Trorralba entre otras, orientamos la ruta hacia el norte subiendo por las marismas del Odiaxére. Tuvimos que subirnos a la vía del tren para atravesar por el puente ferroviario el río. Finalmente llegamos a la N125 que nos traería e vuelta a Portimão.
De nuevo en el campamento tocaba descanso, refrigerio y algo de comida. Preparamos un bacallao a dourada de emegerncia abriendo una lata de bacalao con aceite, utilizando patatas paja que teníamos de aperitivo, un poco de cebolla y un par de huevos. La verdad es que no resultó tan mal la cosa. Mas tarde, tras el aseo, salimos de nuevo a probar suerte con la restauración portuguesa. Esta vez a un asador de carnes. También cerca del área de acampada, la Churrasqueira da Lagoa, que igualmente nos decepcionó un poco. Tenemos la sensación por las compras que hacemos en los supermercados y por las recepciones en establecimientos de comidas que la inflación está haciendo estragos en Portugal. Todo está tan caro como en España, superando la diferencia a la baja de la que antes destacaba la economía portuguesa con respecto a la de nuestro país. La escasez de los platos en los restaurantes no es ni por asomo aquella abundancia de presentación de la que, en ocasiones, era difícil dar cuenta.
[202304.17 | lunes] Después de dos noches sin levantar el ancla, era momento de salir de allí y de acercarnos Carvoeiro. Un pintoresco pueblo muy turístico en un enclave costero privilegiado: playas de arena y roca doradas.. Este lugar es el punto de partida de una ruta espectacular, de subidas y bajadas por las laderas de los valles suspendidos que vierten sus aguas saltando un alto escalón de tierra y piedra sobre estrechas playas [track de la ruta que hicimos]. El sendero recorre sin fin la costa. A nosotros nos llevó hasta Benagil a tratar de ver (imposible desde tierra) el famoso algar. Solo pudimos suponerlo desde arriba, desde la baranda de madera que flanquea el paso al borde de la chimenea de la cuerva. En cualquier caso, el paisaje a lo largo de todo el recorrido mostraba sorprendentes estampas, de cuevas y furnas. En una terracita en el pequeño puerto de Benagil tomamos unas cerves con sardinas asadas (grelhadas que dicen por aquí).
Tras la caminata, ya en las furgos, decidimos tirar millas hacia el norte, alejándonos de la costa. Fernando tenía un poco de prisa por volver a casa (ante las citas médicas que le esperaban el viernes) y quería hacer el recorrido por etapas, con tranquilidad. Decidimos que eso nos permitiría además conocer el Alentejo interior y visitar Évora, ciudad patrimonio. Así que buscamos entre ésta y el lugar en el que nos encontrábamos un punto adecuado para pasar la noche. Lo encontramos en Castro Verde, en un amplio aparcamiento ferial al lado de un molino.
[202304.18 | martes] Me despertó el fuerte y constante ruido de un motor. Me resultaba familiar y no me equivocaba. Abrí la persiana de la cama y veo que están inflando un globo, una escena que enseguida me recordó a aquella mañana en la campa de Dinan que me vi sorprendida por un despertar similar. Enseguida baje de la cama y fui a ver el proceso. Apenas tuve tiempo para captar la imagen del despegue, pues tenía que vestirme y prepararme un poco antes de salir. Una vez se hubo marchado el aerostático ya no me acosté, esperé el momento del desayuno leyendo las noticias del día en el móvil. A media mañana partimos rumbo a la ciudad romana de Évora, capital do Alentejo. Cuando llegamos hacía calor y recorrimos las viejas calles buscando en todo momento la sombra. A mí particularmente me decepcionó un poco ver lo ajado que estaba todo. Las fachadas de los edificios, salvo los más emblemáticos, poco cuidadas: desconchadas y sucias. Una pena porque la ciudad se merece destacar su belleza con mayor esmero. Hicimos un buen recorrido por todas las calles de intramuros, incluida la universidad. Al finalizar buscamos la sombra del ACC de autocaravanas de la ciudad, un poco alejada de donde habíamos atracado por la mañana cerca del centro, pero no había sitio. Así que decidimos salir a la aventura y, aunque fuese de camino por la carretera, encontrar un lugar apartado donde instalarnos a la fresquita para comer algo. Y lo encontramos en el ACC de Redondo. Atracamos bajo la sombra de los tres árboles e instalamos nuestras mesas. Estábamos solos.
Fernando estaba ya en modo regreso y después de la comida, casi ya las siete de la tarde, se planteaba salir pitando camino de casa. Un poco locura nos parecía a todos, sobre todo pensando que quería incluso pararse a hacer unas compras en algún Pingo Doce de camino. Finalmente le convencimos que podríamos pasar la última noche juntos y que saliesen con la fresquita al día siguiente con las compras ya hechas el día anterior. Teníamos todavía un par de horas para acercarnos a un supermercado que ya habíamos encontrado de camino a Vila Viçosa, donde pensábamos hacer noche. Y este fue el gran descubrimiento del viaje. Esta pequeña ciudad de mármol nos sorprendió por su tranquilidad, su belleza y, sobre todo, por su olor a azar. Atracamos en un amplio y tranquilo parking prácticamente en el centro y salimos a recorrer unas calles en ese momento -para nosotros- inesperadas. Se estaba bien allí. Lejos de las típicas rutas turísticas, este pueblo destaca en primer lugar por ser la última sede que tuvo el ducado de Braganza, cabeza de la familia real portuguesa. El lujoso palacio todavía se puede visitar.
[202304.19 | miércoles] Todavía no había amanecido y de nuevo aporrean desde fuera para despertarnos. En esta ocasión un feriante que quería montar el puesto. Vaya suerte, los miércoles es día de feria en este pueblo y nosotros sin saberlo. En fin, nos trasladamos a la amplia plaza que hay al lado y en la que pudimos igualmente atracar y seguir descansando un poco. Estábamos todavía desayunando cuando Fernando y Lola vinieron a despedirse. Marchaban para casa como era de esperar. En ese preciso instante estábamos todavía asumiendo la noticia que acabábamos de recibir. Nos había llamado la prima Espe para comunicarnos que la tía Mary se había muerto esa noche en Ourense.
Nosotros nos quedamos y dimos un buen pase por Vila Vicosa, tan bonita como la noche en esa mañana de luz y sol. Subimos hasta el castillo y visitamos en el cementerio marmóleo la tumba de Florbela Espanca, la ilustre poetisa que nació en este pueblo a finales del XIX y que constituyó un referente de mujer adelantada a su tiempo, con una vida poco convencional para la época. Durante este paseo matinal nos envolvió su historia y la vivimos en cierto modo, a través de los textos y espacios dedicados a ella por muchos puntos de la villa.
Abandonamos este pueblo precios, muy tranquilo esa mañana, con idea de visitar Estremoz, pensando que nos iba a gustar tanto o más que este puesto que es una población más reclamada turísticamente. Pero como pasa en muchas ocasiones, la popularidad no apunta a lo mejor. Pasamos de la tranquilidad e Vila Vicosa a esta pequeña ciudad ruidosa, llena de gente y tráfico, y ni la mitad de bonita que aquella. Nos dimos un paseo por la parte antigua y comimos un arroz en un pequeño restaurante: Arlequim.
Llegamos a Badajoz a media tarde y atracamos con suerte en una de las pocas plazas que quedaban libres en el AAC de autocaravanas, con vistas el puente de Plamas. Tuvimos tiempo todavía de salir y darnos un buen paseo por el centro antiguo de la ciudad, visitando los lugares en los que Luis había vivido sus primeros siete años de vida.