[1110 | martes]

Con el otoño ya avanzado y recluidos en boxes por la pandemia y el mal tiempo, decidimos salir este segundo martes de noviembre que amanece con sol y augura una semana estable. Durante el finde ya lo habíamos estado organizando. Parecía que el pronóstico de la AEMET se confirmaría y que podríamos disfrutar del «veranillo de San Martiño».

Salimos de Puerto Juande a las 10:38 con rumbo a la sierra oeste y a la villa más histórica del norte de Madrid: Torrelaguna. Tardamos una hora exacta en llegar porque antes de abandonar Manzanares paramos en la gasolinera a nivelar el aire de las cuatro ruedas. La nave había estado parada casi un mes.

Vamos a recorrer la sierra mas al norte de casa. Y comenzamos en Torrelaguna, la villa del Cardenal Cisneros y de María de la Cabeza, la santa que se casó con Isidro, el otro santo también muy venerado por estas tierras. Pasamos el resto de la mañana y el gran parte del mediodía recorriendo sus calles, reconociendo en ellas el paso de la historia impregnada de la religiosidad adinerada de Cisneros. Iglesias, conventos, casas solariegas… Compramos pan en Casa Martín, una barra candela de picos que…, bueno, se dejaba comer [Calle Mayor, 66]. Después decidimos subir hasta el Atazar y nos detuvimos en el mirador a comer algo y descansar. Sin salir de la nave, disfrutamos de las vistas, viendo como los turistas y hasta un grupo de colegiales se acercaban para asomarse a la estructura gigantesca de hormigón y hierro. Después del refrigerio, café incluido, estuvimos leyendo un buen rato el libro de Zabaleta. El ambiente acompañaba…

Bajamos a buscar un sitio bueno para pasar la noche antes de que cayera el sol. La primera idea fue subir hasta Patones de Arriba. Pensábamos que al ser un martes cualquiera, estaríamos solos en esta aldea tan venerada por el turismo madrileño. Qué equivocados estábamos!  Todavía faltaba más de un kilómetro para ver las primeras casas y ya las cunetas estaban llenas de coches mal aparcados, y eso que eran ya casi las seis de la tarde. No quisimos arriesgarnos ni complicarnos y dimos la vuelta en la primera oportunidad que tuvimos.

Volvimos entonces al aparcamiento del Pontón de la Oliva. Estaba vacío y muy tranquilo. Parecía el lugar ideal. Y antes de que se oscureciera del todo, nos dimos un paseo rápido hasta las paredes de la presa y recorrimos parte del sendero que sube río arriba por la margen izquierda, viendo las desplomadas vías de escalada que hay en esta vertiente.

 

[1111 | miércoles]

La noche fue muy tranquila y amanecimos con los primeros rayos del sol iluminando una mañana de otoño perfecta. Mientras desayunábamos veíamos sorprendidos a través de la ventana como el aparcamiento se iba llenando de coches, de los que no paraban de bajar escaladores y senderistas. En poco tiempo apenas quedaba sitio para más. Decidimos entonces dejar libre nuestra plaza y alejarnos del lugar. Teníamos pensado hacer el sendero de las presas alrededor del río, pero al ver tanta gente desistimos.

Marchamos rumbo a Torremocha del Jarama. Un pueblo pequeño, muy bonito y bien urbanizado. Cada casa tiene el nombre de su dueña. La pequeña iglesia de San Pedro, con su atrio renacentista, nos llamó la atención. Su construcción románica data del siglo XIII. Recorriendo las calles nos encontramos en la plaza del ayuntamiento un taller ambulante de reparación de lunas de vehículos. Nos pareció una oportunidad muy buena para reparar el pequeño chinazo que tenía el parabrisas de nuestra nave desde hacía unas semanas. Le preguntamos al operario, que resultó ser un joven muy simpático y dispuesto, y enseguida acercamos la IPAR. En menos de 40 minutos, la reparación estaba hecha. No abandonamos Torremocha sin probar el pan de la Artesanía San Isidro [Calle Canal de Isabel II, 10], una hogaza candeal que… bueno, también se dejaba comer.

Tiramos rumbo a El Berrueco, subiendo un pequeño puertecillo por una carretera de zetas y muchas curvas. Lo bueno del itinerario eran las vistas. Atrás dejábamos el valle del Jarama y de frente enseguida apareció la creta de La Cabrera, Valdemanco y el pico del Lobo… muy al fondo, se intuía la recortada silueta de La Pedriza exterior, con el monte de San Pedro enfrente. En El Vellón utilizamos el aparcamiento del polideportivo como campo base, lo conocíamos de haber estado hace más de 10 años aquí con Marta, en un partido de baloncesto una mañana de invierno aderezada con las primeras folerpas do inverno. Comimos algo y tras el café salimos a dar un paseo por la Senda de la Dehesa. Bucólico y otoñal. Venados y vistas a La Cabrera y con el Atazar al fondo. De vuelta en El Berrueco, recorrimos sus calles aprovechando el Museo de Piedras que tienen instalado en ellas, llegando hasta la iglesia parroquial, en un punto alto desde cuyo atrio se divisa gran parte del embalse del Atazar, ahora sí más cerca.

 

[1112 | jueves]

La mañana se nos complicó un poquillo por mi trabajo. Tuvimos que resolver algunos asuntos sobre todo de FUTUCAM, problemas como siempre con su correo [logramos por fin saber lo que pasaba]. Empezado ya el mediodía, a las 13 horas aproximadamente, pudimos abandonar el campo base y nos fuimos a recorrer los pueblos del valle. Antes de llegar a Cervera de Buitrago, paramos en el Embalse del Villar, en un espacio muy encañonado y bonito. La presa, que vino a resolver el fracaso del Ponton de la Oliva, fue todo un hito constructivo en la época en la que se hizo. De gravedad de planta curva, elevada con bloques de piedra, supuso todo un alarde de tecnología, puesto que fue la primera de este estilo construida en todo el mundo. Fue terminada e inaugurada en 1873 como la presa más alta de España, título que ostentó durante décadas. En Cervera. aparcamos al final del pueblo, donde comienza la bajada al embarcadero. Desde allí, disfrutando de la bella panorámica, nos entretuvimos entre cervezas, patatas y algo de fiambre.

Por la tarde continuamos el periplo: Robledillo de la Jara, Berzosa del Lozolla, Serrada de la Fuente y Paredes de Buitrago. A poco de superar este último vimos un desvío a la Presa de Puentes Viejas, nos acercamos para verla. La recorrimos en uno y otro sentido a golpe de semáforo. El paso es sólo para vehículos y muy estrecho. Volviendo de nuevo a al M-127 seguimos hacia Prádena del Rincón y aquí si que paramos un ratillo a ver la iglesia de Santo Domingo de Silos. Es un pequeño pueblo, más arreglado que los demás de piedra y pizarra. Llenamos las botellas en la fuente de la plaza que hay delante de la iglesia, donde habíamos aparcado. Después continuamos hasta Montejo de la Sierra y como en este pueblo era difícil aparcar y por lo tanto dormir, sin bajarnos siguiera de la nave (miento, Luis bajó un momento a ver si estaba abierta la pastelería en la que hacen los famosos «cojonutos», pero sin éxito. Sólo trabajan los findes).

Nos fuimos entonces a Horcajuelo de la Sierra lo que resultó ser toda una gran idea. Allí, no solo pudimos pernoctar estupendamente en un lugar de privilegio sino también disfrutar de un buen paseo nocturno por esta aldea tan bien restaurada.

 

[1113 | viernes]

Aprovechamos la mañana para recorrer uno de los senderos que de ella parten. La Senda del Molino del Tío Cecilio, nos regaló un paseo muy tranquilo entre esquistos y encinas, rodeando el arroyo de las Cabrillas y esquivando vacas. Cuando volvimos a la nave, preparamos algo de comer. Se estaba muy bien allí, pero teníamos que bajar a otra realidad. En pocas horas aquello comenzaría a llenarse de hordas de madrileños enjaulados que en los tiempos confinados llegan todos los rincones de la Comunidad cuando llegan los días ocio. Decidimos, pues, volver a casa a recogernos y pasar el finde con los hijos.

De vuelta, pasamos de nuevo por Torrelaguna con idea de reciclar la nave en la espléndida área de aseo para autocaravanas que hicieron recientemente en esta villa, con muy buen acierto. Evitábamos así la A-1, volviendo en paralelo por carreteras secundarias que es lo que nos gusta. Además, aprovechamos para probar el pan del otro obrador [Mariano Calleja S.L.] que hay en este pueblo. Al parecer el de más relevancia y, sin embargo, el pan que allí adquirimos era todavía peor que el que compramos el pasado martes. Una enorme hogaza «de aire» que no sabía a nada. Antes de llegar a casa, nos dimos la vuelta por el polígono de La Mina de Colmenar a comprar la carga de una de las botellas de gas que teníamos vacía.

ALMBUM FOTOS: Viviendo el límite [otoño 2020]

Viviendo el límite (2)

[1116 | lunes]

Seguimos sin salir de la Comunidad y aprovechamos esta primavera otoñal. Después del fin de semana, el lunes despegamos de nuevo, con un objetivo muy diferente, para darnos una inmersión pedricera, pasando la semana en el interior del Parque.

Como la travesía no era muy larga, enseguida nos pusimos en destino. Salimos de Puerto Juande después de desayunar y del aseo, y a media mañana ya estábamos en nuestro nuevo campo base. Lo habíamos utilizado otras veces con la Cali. En el tercer aparcamiento de la pedri es donde mejor se asienta la nave, además es el más limpio y tranquilo. Así que, lo teníamos claro y enseguida aterrizamos la IPAR que por vez primera entraba en el interior de la Pedriza.

Enseguida nos preparamos y subimos hasta el Cancho. Queríamos subir por la Sur Clásica, rapelar por la Delicia Francesa y después escalar esta segunda con la cuerda por arriba. Era un plan que Luis ronda desde hace tiempo. Pero llegamos a cumbre y fragmentamos nuestro plan por la mitad. Lo cierto es que allí arriba, solos, extrañamente solos pues en el Cancho siempre hay cordadas que confluyen (creo que era la primera vez que teníamos la oportunidad de disfrutar de este privilegiado «trono» en solitario. La emoción nos acompañaba, hacía mucho que no escalábamos en la pedri y recordábamos en concreto que habían pasado unos 12 meses desde la última vez que subimos al Cancho (recordamos con morriña a Lola, quien formaba entonces cordada con nosotros). Nos sentamos a contemplar y a disfrutar del entorno, en el altavocito Mark Knopfler musicaba Going Home (oportuna aleatoria musical que parece que siempre alguien maneja…). El momento fue precioso. El tiempo se detuvo…

Y bajamos… continuar con la Delicia Francesa resultaba demasiado arriesgado teniendo en cuenta que sólo contábamos con 2 horas más de sol. Lo dejaríamos para otro día. Teníamos toda la semana por delante. Pasamos la noche solos en aquel lugar y, por la mañana, cuando todavía los rayos del sol no habían entrado en La Pedriza, vimos que un operario se movía por el aparcamiento. Luis bajó de la nave y él se acercó. No quería despertarnos, estaba esperando a que saliéramos para pedirnos que abandonásemos el lugar. Iba a entra la cuadrilla a pintar el aparcamiento, teníamos que trasladarnos a Canto Cochino. Y allí nos fuimos, tuvieron que abrir el espacio para nosotros pues había estado cerrado las últimas semanas. Lo habían estado arreglando.

 

[1117 | martes]

Desayunamos mientras esperábamos a Sonia. Habíamos quedado con ella para escalar en La Tortuga. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Teníamos mucha ilusión por pasar esta jornada con ella. Retomando contacto… Estábamos preparando el material cuando oímos la voz de Patricia, venía con otra amiga de Granito, iban a subir al Cancho de los Brezos y recorrimos el pequeño trecho hasta el río juntos.

Ya en La Tortuga pasamos con Sonia una mañana de sol espléndida. Un regalo. Solos de nuevo, otra rareza pues esta pared suele estar petada de gente. La temperatura era magnífica para escalar. Hicimos un montón de vías cada uno y bajamos cuando la tarde comenzaba a declinar. Pero tuvimos todavía tiempo de tomarnos unas cervecillas al sol, a la popa de la nave. Cuando se marchaba Sonia nos prometimos volver a juntarnos pronto, con José esta vez, montando algún campamento gitano [Bunkervan-Ipar] al pie de las piedras como debe ser.

Nos quedamos a dormir en Canto Cochino y antes de instalar el campamento, es decir preparar la comida-cena y relajarnos, estuvimos probando unas cuantas plazas de aparcamiento, buscando el mejor nivel. Sin mucho éxito! La anécdota de la tarde la protagonizaron la pareja de burros de Guzmán, el guarda del refugio. Se estaban merendando las ramas de los árboles que acababan de plantar en el parking, dejándolos como palos tiesos. Madre mía! qué pena, qué destrozo.

 

[1118 | miércoles]

La noche no debió ser muy buena para mis cervicales, porque amanecí un poco dolorida. No descansé bien. Supongo que el desnivel del suelo tuvo algo que ver. Pensé que la molestia del cuello y la cabeza iría desapareciendo a lo largo de la mañana, como otras veces. Pero no fue así. Hoy teníamos pensado hacer el proyecto de Peña Horcajo, encadenar la Sur Clásica y la Delicia Francesa. Después de desayunar, preparamos el material y subimos a pie de vía, amenizados como siempre por el altavocito. La mañana estaba soleada y realmente preciosa.

Cuando llegamos empecé a encontrarme un poco mareada. De hecho, me costó ya un poco llegar al pie de vía, sobre todo por el paso agachado que hay antes. Luis me tuvo que ayudar. Estuvimos un rato pensando que hacer. Yo no me sentía del todo bien. Tomé una barrita energética y bebí agua a ver si me reponía un poco. Nos sentamos allí un buen rato y finalmente decidimos abortar el proyecto. Yo no estaba en condiciones. Con pena, nos bajamos. Ya en el coche, un ibuprofeno me ayudó a sentirme un poco mejor. Aún así, seguía teniendo mal cuerpo. Necesitaba tumbarme y descansar un poco.

Era el momento de cambiar de tercio. Buscar un asentamiento más estable. El aparcamiento del fondo no estaba disponible, así que decidimos subir a Navacerrada. Allí, en el parking de la curva en el que ya hemos estado otras veces, podríamos estabilizar la nave. Y así fue, al llegar comimos algo y yo me tumbé en la cama un buen rato a descansar. El resto de la tarde fue reparadora y la noche, todavía más.

 

[1119 | jueves]

Teníamos en mente dos opciones. Ir a escalar a Peñalara o hacer los Siete Picos. A esta ruta yo le tenía muchas ganas pues hacía muchos años que la había realizado, Luis sin embargo la recorrió en solitario con los perros hace un par de veranos mientras yo estaba en Pontedeume con mi madre. Finalmente nos decidimos por los picos y fue todo un acierto.

El día estaba precioso, la luz del sol derramándose sobre los pinos de Valsaín y los de La Fuenfría, evocaba aquellas excursiones de sábado con los niños. Trepamos a cada uno de los picos que nos encontrábamos, más de siete finalmente, supongo que no eran los principales todos. En lo alto soplaba el viento con fuerza, había que protegerse en ocasiones apoyados en la cara sur de las piedras. Recorrimos todas las crestas y bajamos al Collado Ventoso. Desde allí tendríamos que coger la senda que lleva a Majalasna, el pico número 1 de los siete. Pero ya era un poco tarde y, además, el cansancio empezaba ya a avisarnos que era el momento de regresar. Y menos mal que le hicimos caso puesto que cuando llegamos a la nave, ya estábamos un poco al límite de fuerzas y el sol ya se había escondido tras la montaña. El retorno lo hicimos lógicamente por el Camino Schmidt que, curiosamente, disfrutamos en exclusiva. Estaba muy bonito. El arroyo del Telégrafo bajaba con mucha agua y el cauce estaba muy verde (tenía que haberle echo una foto, qué pena!).

Preparamos fabadiña para cenar. Pero…

Esa noche descansamos como lirones.

 

 

[1120 | viernes]

Desayunamos con calma y nos fuimos hasta Cotos. Hoy subiremos a La Teresa a escalar. La mañana estaba un poco fresca, hacía viento y esperábamos que al llegar a la pared allí estaríamos más protegidos. Pero no fue así, al menos de momento… de hecho estuvimos a punto de volvernos sin escalar pues allí no había quien parara. Menos mal que nos quedamos, probando la primera de las vías que hicimos a ver si la cosa mejoraba. Y así fue. Poco a poco el viento fue amainando hasta calmarse del todo. Aprovechamos hasta el último momento, cuando la luz del sol se puso sobre la pared del Zabala. Entonces, ya en sombra, no apetecía continuar. Habíamos hecho todas las vías a la izquierda de La Teresa, incluida ésta también. La verdad es que disfrutamos bastante. Esta pared es lo que tiene, a veces te desespera y otras te hace feliz.

Bajamos y trasladamos la nave de nuevo a nuestro aparcamiento favorito de Navacerrada. La idea es volver a casa al atardecer, para recluirnos de fin de semana. Pero antes, nos preparamos una riquísima tortilla de patatas. La idea no fue nuestra, nos la habían sugerido por la mañana en Cotos, Paloma y unos amigos que encontramos en el parking. Ellos se iban a subir a la cumbre de Peñalara y llevaban una tortilla para comerse allí arriba si el frío se lo permitía. Así que nosotros, al bajar y recordar el episodio, no lo dudamos ni un momento. Con el sol entrando por estribor, situado sobe la creta de Siete Picos, preparamos la comida cervecilla en mano y satisfechos por el día… bueno, en definitiva, por la semana tan estupenda que habíamos vivido.

Viviendo el límite (3)

[1123 | lunes]

Y en el límite continuamos… Esta mañana bordeamos de nuevo la frontera Segoviana, por el puerto de Navacerrada, para llegar a Cotos y desayunar allí. Comenzamos así la semana, aprovechando las últimas horas de buen tiempo, en el límite -también- meteorológico. Y es que para el miércoles se anuncian ya las primeras nieves en Peñalara. Hoy subiremos a La Teresa a despedir la temporada de escalada, en esta placa que tan buenos momentos estivales nos ha regalado este año extraño.

Y extraño fue también el ambiente matinal en el parking de Cotos. Menos mal que nos fuimos a desayunar allí porque, si lo hacemos antes, en casa o incluso en Navacerrada como habíamos pensado en un principio, quizá no pudiésemos aparcar después. Cunado llegamos nos sorprendió que dos terceras partes del recinto del aparcamiento estaba cerrado. Otra obra, pensamos, recordando la pedri. Pero no fue así y poco a poco lo fuimos viendo. Legan las máquinas quitanieves, si no todas, al menos 5 o 6… después, dos coches de guardas forestales… un coche de la Cruz Roja… todos los vehículos se iban introduciendo en la zona restringida. Hasta un helicóptero de bomberos forestales sobrevolaba la zona. Finalmente, el misterio se aclara… se trataba de una «ayusada».

Pasamos una mañana estupenda en La Teresa. La temperatura era muy buena y la luz excelente. Ambos escalamos La Teresa y la que está a su izquierda primero. Después, Luis se animó a probar los dos 6a+ que hay inmediatamente a la izquierda. Como el pasado viernes, disfrutamos hasta que el sol comenzó a esconderse sobre la pared del Zabala. Entonces, bajamos con calma y un poco de hambre. Pero nos trasladaríamos de nuevo hasta Navacerrada para preparar allí la comida: arbolitos con pasta y bonito, claro está, porque era lunes. 

Marta y Tanis nos llaman para decirnos que al día siguiente pensaban subir a las placas del Halcón, que si nos apuntábamos… Decidimos pues bajar a pasar la noche al Tranco para estar mas cerca a la mañana siguiente. Al llegar al pequeño aparcamiento del río, pudimos encajar la nave, pero no nos apeteció mucho quedarnos allí pues pensamos que al día siguiente, con el parking lleno de coches, como se suele poner, iba a ser más difícil sacarla de allí. Así que nos fuimos hasta el aparcamiento que hay a la entrada del Parque, al  lado de la barrera. Allí pasamos la noche.

 

[1124 | martes]

Después de desayunar subimos con la nave hasta los depósitos y tuvimos suerte, la pudimos aparcar en un muy buen sitio, en el apartado que hay al borde de la calle, al dado del camino que sube al Gusarapo. Desde allí fuimos caminando hasta el Halcón, al punto donde habíamos quedado con Marta y Tanis. También estaba Arancha. Pasamos la mañana disfrutando de la adherencia de las vías que están bajo «la techo». Rematamos con La Vía Láctea, una placa larga que nunca habíamos subido, que está a la derecha de Feliz Aniversario. Muy bonita!

Para comer, nos fuimos hasta el aparcamiento que hay en el embalse, con vistas al pueblo y a toda las sierra. Un lugar-restaurante de lujo. Calentamos el pollo con chícharos y tomate, junto con un poco de arroz integral. Teníamos hambre así que lo devoramos con avidez, quedamos llenos. Eso nos sirvió de escusa para darnos un paseo vespertino subiendo por la pista del Chaparral. 

Pasamos la noche de nuevo en el aparcamiento de la barrera. Antes probamos en el que está en el castillo viejo, donde suele haber siempre caravanas, pero no nos convenció mucho. Demasiado cerca del pueblo. El otro es más tranquilo y campestre. Por la mañana subiriamos a casa pues la meteorología nos proyectaba en esta ocasión el próximo destino inevitable. Venían días de muy mal tiempo y frío. 

Las últimas poco más de 24 horas que disfrutamos en la nave y que pusieron fin a este periplo de límites en tres partes, se ciñeron al municipio. Sin salir de Manzanares, recorrimos y vivimos otra forma, si cabe más diminuta, de micro-viajar.